13 de mayo de 2010

Antonio Ozores, 1928-2010

Ayer, 12 de Mayo de 2010, falleció otro de los grandes actores del cine español. De familia de actores, directores y autores teatrales, Antonio Ozores completó una carrera de luces y sombras que, sin duda, fue reflejo de la historia del cine y de la sociedad española. Sin embargo, ante todo se impuso su facultad cómica y la capacidad para hacer humor absurdo tan propia de él y de uno de sus inseparables amigos: Tip.

Le echaremos de menos, aunque siempre nos quedarán sus entrevistas y sus grandes momentos cinematográficos que calaron en el habla popular. ¿Quién no ha dicho alguna vez: ¡No hija no!?





12 de marzo de 2010

Miguel Delibes, 1920-2010


Fallece Miguel Delibes Setién, autor de Cinco horas con Mario, El camino, Las ratas o Los santos inocentes.

Varios años después de que hubiera fallecido el escritor, murió el hombre.

1 de marzo de 2010

Ubik, de Philip K. Dick

Ya que estamos, pues nos pondremos a escribir del último libro que leí. Se trata de Ubik, una de las mejores novelas de ese autor que ustedes reconocerán por grandes obras de la ciencia ficción como "El hombre en el castillo" o "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" que sirvió como base de ese pestiño de película (lo reconozco, nunca fui capaz de verla sin dormirme) llamada Bladerunner, entre otras. En esta ocasión, el bueno de K. Dick nos perturba con una aventura más allá de la muerte. Y digo nos perturba, porque mientras se lee uno no sabe dónde nos quiere llevar este señor, porque cada capítulo comienza con un anuncio comercial de un producto maravilloso que no sabremos qué es hasta las páginas finales y porque a base de perturbar, nos convertimos en perturbados, si es que antes no lo estábamos.

Sin ánimo de hacer spoiler y como seguro que más de uno tendrá ganas de echarle una ojeada no haré mención a su argumento, pero sí quizás una reflexión acerca de por qué libros como el que estoy comentando hacen que nos olvidemos por un momento de lo que vivimos y hagamos echar la mirada un poco más allá de lo que tenemos enfrente. Probablemente alguien me dirá que para eso es la literatura, y no le faltará razón. Mis queridos convecinos de blog, ávidos lectores y muchísimo más informados que un servidor les podrán hablar maravillas de ese autor africano, serbo-croata, o tal o cual autor clásico y de lo que con sus obras les habrán inspirado. Nunca les faltará razón. Tal o cual libro te puede llevar a vivenciar (si existe tal palabra) experiencias humanas basadas en la realidad. Mucho más complicado, a mi juicio y sin desmerecer al resto de la literatura universal (válgame Odín), es crear universos a partir de premisas que ni tan siquiera pueden ser reproducidas a escala técnica en el momento en el que vivimos. Aquí es donde haré apología de la Ciencia Ficción y esa será la base de mi argumento. Crear unas máquinas que mantengan la vida en suspensión, con la capacidad de poder comunicarse con los individuos que supuestamente han muerto (spoiler), más allá de las Ouijas u otros artefactos que se pueden fabricar en la propia casa de uno, me parece no ya una encomiable osadía, sino un ejercicio de imaginación lo suficientemente importante como para ser tenido en cuenta por aquellos que consideran a la Ciencia Ficción como un género menor o poco serio. Quizás sea porque me gusta mucho el género y en los últimos años he leido bastante de él, pero creo que es el género con el que más me identifico. Que los demás me consideren un friki por leer ese tipo de literatura no es más que el reflejo de la ignorancia de los demás y la cultura mainstream que estigmatiza a las élites intelectuales, entre las que por supuesto no me encuentro ni quiero pertenecer.

11 de febrero de 2010

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee

Existen novelas que, por haber sido llevadas al cine con basante éxito, desaparecen con el tiempo de las estanterías de obras imprescindibles. El mundo editorial las camufla como vetustas novelas de quisco y las termina arrinconando en aborrecibles ediciones de bolsillo con baratas portadas que hacen referencia a la película. Son productos pensados más para la nostalgia del cinéfilo que para el avezado lector. Así es como se abandonó Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

La novela, ganadora del Pullitzer en 1961, es la única obra de su autora. Haper Lee pertenecía al círculo de Truman Capote y, en parte, éste tuvo que ver con el desarrollo de la novela. Pero de eso hablaremos más adelante. Lee, como otros grandes escritores, optó por desaparecer de la vida pública tras el éxito de Matar a un ruiseñor. Sin entrevistas ni nuevos textos de ella, la obra se ha convertido en un clásico de lectura obligada en Estados Unidos. Magistralmente llevada al cine por Robert Mulligan –con Oscar para Gregory Peck como protagonista-, la fuerza del medio cinematográfico ha hecho que se le reconozca al director la valentía por plantear los temas de la película en un momento como el que vivía los Estados Unidos en la década de los 60, olvidándose de la propia autora. En parte, es una novela fagocitada injustamente por la película. Porque si es cierto que en el cine la historia está extraordinariamente llevada, tampoco nos faltará razón si decimos que el libro es uno de los más impresionantes que hemos leído.

Lee cuenta la historia de Atticus Finch, abogado de la ciudad sureña de Maycomb. Hombre de bien, correcto con todos sus vecinos e de inquebrantables principios morales, Atticus es consciente de la época y el lugar que le ha tocado vivir –la gran depresión-, pero no por ello está dispuesto a renunciar a lo que considera correcto. Tiene dos hijos, el mayor es Jem, y la pequeña se llama Jean Louise, pero todos le dicen Scout. Ella es el alter ego de Harper Lee y quien nos cuenta la historia de su infancia y el caso más importante que llevó su padre durante aquellos años.

A través de estos personajes, y de la sirvienta de color llamada Calpurnia que hace las veces de madre para los dos pequeños, Lee nos desmenuza los conflictos vecinales de una población donde no todo el mundo podía encontrar un trabajo. Atticus se muestra comprensivo con todo aquello que no alcanzan a entender los dos pequeños y muestra su saber estar y consideración para con todos sin renunciar por ello a su firmeza. Es un personaje que, visto a los ojos de Scout, se nos aparece como interesante y esperanzador. Siempre que nos parece reconocerle en algún arquetipo, Atticus termina por mostrarnos un nuevo perfil aún más enigmático que antes y su presencia llena la novela incluso cuando está ausente.

El libro nos cuenta las peripecias de los dos niños, junto con su amigo de los veranos, el intrigante Dill, sobrino de una de las vecinas y personaje que está inspirado en Truman Capote. Esta parte de la novela, que podría parecer insustancial, es realmente dulce y se disfruta por todas partes. Los viejos fantasmas que nuestra infancia nos ha dejado a todos, son recordados y traídos a colación en cada una de las páginas de Scout. Las distintas travesuras de este trío de chavales pasan más allá de la novela de aventuras para dejarnos un mapa claro de los conflictos sociales, económicos y políticos que se respiraban en cualquier pueblo o ciudad durante la gran depresión.

Y así llegamos al punto central de la novela. Dentro de su trabajo de abogado, Atticus se encontrará ante la oportunidad de defender a un hombre de color, un negro al que un hombre blanco de condición baja acusa de haber violado y golpeado a su hija mayor. Harper Lee es capaz de reflejar la tensión social que termina por revestir el pueblo en la cara de todos los personajes. El racismo latente de una sociedad, que aún no había sabido ver a los hijos de los antiguos esclavos como hombres libres e iguales a ellos, marca las relaciones de todo el vecindario y modifica las percepciones de Scout y de su hermano.

El desarrollo de esta trama, ya tan manida por películas de serie B o producciones millonarias, sigue sorprendiéndonos al ritmo que Lee nos va desmenuzando la historia. Por mucho que uno crea que “esto ya lo he visto”, la novela nos sigue sorprendiendo hasta llevarnos a situaciones, como la del juicio, de verdadera crudeza y de una gran tensión.

Un libro que merece mejor trato por parte de las editoriales españolas, una película que merece ser vista aunque sólo tras haber leído el libro. Su paso a la gran pantalla –guión que mereció otro Oscar- no le resta protagonismo a un texto por el que no pasan los años. La película, y el genial Gregory Peck, no desmerecen la altura de la obra de Lee. Tampoco los niños, casting siempre difícil de realizar, aunque el personaje de Dill resulta repelente en la película y emocionante en el libro. Una gran manera de comenzar una nueva serie en Destripando Terrones, la de los Libros que fueron película.

9 de febrero de 2010

Jimmy el Nen, de Donald Westlake



LEY DE MURPHY:
«Si algo puede salir mal, saldrá mal.»

Jimmy The Kid cuenta la historia de un secuestro. El secuestro más bien planeado de la historia… y el peor ejecutado. Kelp ha estado en prisión por un delito menor, y en el aburrimiento de la celda ha visto la luz, el plan perfecto. Ha leído una novela de ladrones y policías. Concretamente, una de Richard Stark, que es uno de los pseudónimos utilizados por Westlake.

En El joven Heist, una novela (que nunca fue escrita) de Richard Stark, una pandilla de delicuentes secuestran a Bobby, un niño de 12 años, hijo de una familia rica. El secuestro sucede durante un viaje en coche, cuando el chófer está llevando al niño de vuelta a casa, y esconden al niño en una granja a las afueras de la ciudad. Exigen un suculento rescate, que el padre de Bobby lanza en una maleta desde un puente de la autopista, siguiendo instrucciones precisas entregadas de una manera anónima y segura consistente en un complicado sistema de llamadas cruzadas desde varias cabinas telefónicas y al teléfono portátil del coche durante el trayecto. Una vez conseguido el dinero, liberar al chaval en el centro de la ciudad a pleno día, desde un coche robado y con la seguridad de que el niño no reconocerá ninguna de las caras de los secuestradores, que han tenido siempre la precaución de esconderlas bajo unas máscaras de Mickey Mouse, especialmente pensadas para no asustar al niño. El plan es perfecto.

Dortmunder, el jefe de la banda de la novela de Westlake, no se parece nada a Parker, el jefe de la banda de la novela de Stark. Para empezar, no confía para nada en el plan: todas las actuaciones que ha hecho con Kelp han terminado en desastre, y no está dispuesto a continuar tentando a la suerte con un tío tan gafe. Pero Kelp está tan convencido de la infalibilidad del plan y es tan tenaz que finalmente consigue que Dortmunder acepte participar, sin ningún entusiasmo y además convencido de que la aventura acabará fatal. En lo que Kelp no se equivoca es en que si Dortmunder acepta, May Dortmunder, su mujer, y Murch y su madre taxista acabarán también por participar. May se tiene que ocupar del crío, Murch y su madre de conducir los coches, Kelp de encontrar la granja abandonada y la víctima, y Dortmunder de adaptar los detalles del plan a las circunstancias. El plan es perfecto.

Sin embargo, es en el momento de ejecutarlo que las cosas se empiezan a torcer. Los secuestradores siguen el plan a la perfección, pero ni Jimmy, ni su padre, ni el chófer, ni el FBI parecen haber leído el libro e insisten en salirse del guión, desbaratando todos los planes descritos en la novela, provocando situaciones divertidísimas frente a la perplejidad de Kelp y la resignación de Dortmunder. Westlake abusa un poco de la mala suerte de los personajes, antihéroes de pies a cabeza todos ellos, sometidos a una versión estricta de la Ley de Murphy y de todos sus corolarios, pero incluso esto resulta divertido en el contexto. Jimmy es un niño superdotado que va a sesiones con su psicoanalista y que detesta las cosas de críos, incluyendo, por ejemplo, las máscaras de Mickey Mouse. El padre de Jimmy es un analista de la bolsa, acostumbrado a negociar y regatear, que se toma el secuestro de manera muy tranquila y profesional. El responsable del FBI constata la enorme profesionalidad de los secuestradores, que no paran de dejar pistas falsas que confunden a los investigadores. Mientas tanto, Murch y su madre discuten sobre la mejor ruta a tomar para evitar los atascos, Kelp repasa los capítulos del libro, Jimmy trata de escapar y Dortmunder, presintiendo el desastre, maldice el momento en que volvió a dirigirle la palabra a Kelp.

El plan era perfecto. Pero… si alguna cosa puede salir mal, saldrá mal.

NOTA: Como una última broma de Murphy, no he encontrado ninguna versión en castellano de este libro. Creo que no existe traducción, así que si les ha gustado mucho la reseña tendrán que buscarlo en inglés o en catalán.

28 de enero de 2010

J. D. Salinger, 1919-2010

De sobra es conocida mi admiración por J.D. Salinger, uno de esos escritores que aún mal envejecido en muchos de sus textos, no esconde su talento a los años que se le puedan echar encima. No así la edad, que ha terminado por ganarle la partida en esa siniestra y compleja lucha que mantenía con la muerte y sus fantasmas.

Descansa en paz, por fin, un escritor.

Fragmento de “Teddy” [leer texto completo], dentro de la colección “Nueve cuentos”.

[…]

-Pero no es cierto que yo les dije cuándo se iban a morir. Es un rumor totalmente falso -dijo Teddy-. Podría haberlo hecho pero sabía que en el fondo no lo querían saber. Lo que quiero decir es que aunque enseñan religión y filosofía y cosas así, siguen teniendo bastante miedo de morir -Teddy, sentado, o reclinado, guardó silencio un minuto.- !Es tan tonto! -dijo-. Lo único que pasa es que cuando uno muere se escapa del cuerpo. Caramba, si todos lo hemos hecho miles y miles de veces. El hecho de que no se acuerden no significa que no haya ocurrido. Es tan tonto.

-Tal vez. Tal vez -dijo Nicholson-. Pero lo lógico sigue siendo que por mucha inteligencia que...

-Es tan tonto -dijo Teddy otra vez-. Por ejemplo, tengo una lección de natación dentro de cinco minutos. Podría bajar a la piscina y encontrarme con que no tiene agua. Podría ser el día en que cambian el agua, por ejemplo. Podría pasar, por ejemplo, que yo caminara hasta el borde, como para mirar el fondo, y que mi hermana viniera y me diera un empujón. Podría fracturarme el cráneo y morir instantáneamente -Teddy miró a Nicholson-. Podría ocurrir -dijo-. Mi hermana solo tiene seis años, y no hace muchas vidas que es ser humano, y no me quiere mucho. Podría pasar, desde luego. -Pero ¿qué tendría de trágico? ¿De qué podría tener miedo? Después de todo, yo no estaría haciendo más que lo que debo hacer, ¿verdad?

[…]
Hablamos de él en:

- “Hapworth 16, 1924

- “Nueve cuentos

No dejen de leer “El corazón de una historia quebrada”, traducido por Javier Marías.

4 de enero de 2010

Lo que queda del día, de James Ivory

Las que le gustan a Øttinger (LQLGAØ)

Todos aquellos que me conocen saben que esta es una de mis películas favoritas. No sólo por su enorme calidad cinematográfica, sino por la cantidad de grandes detalles que encierra. Y para un tipo como yo, que huye del romanticismo más ñoño (y pueril, no de puerco sino de niño de instituto) es de admirar lo magistralmente narrada que está la historia de amor callada entre los dos protagonistas. Impresionante. Pocas historias de amor pueden llegar a un clímax más alto que la escena en la que el ama de llaves trata de arrebatarle la novelilla de amor al mayordomo.

Podría parecer, para aquellos que ya han disfrutado de esta película, que el secreto de la misma está en las interpretaciones de Hopkins y Thompson. Sin embargo se equivocarían si juzgarán la flaqueza de un guión bien armado, una composición de escena excelente y una dirección brillante. Ivory, uno de los directores más relamidos y lentos del cine estadounidenses (aunque la mayoría le cree británico), venía de triunfar con “Regreso a Howards End”, un melodrama al más puro estilo inglés con la misma pareja protagonista y que le dio un buen número de premios y reconocimientos. La candidez de los planos abiertos, la búsqueda de las miradas y la progresividad en el establecimiento de las reglas de la sociedad para relacionarse se ven ampliamente superadas por la que hoy comentamos aquí.

Lo que queda del día” es una obra maestra cuyo argumento no es, aparentemente, más complejo que la narración de la dedicada vida de un mayordomo al servicio de un aristócrata inglés que coquetea con el nazismo en un Reino Unido que aún no tenía demasiado claro su posición en la Segunda Guerra Mundial. Pero no es esta una película de espías, por mucho que Ivory quiera dejar claro las ansias de buena parte de la aristocracia y nobleza británica por alcanzar un pacto de no agresión con la Alemania nazi. Y tampoco, pese a este aparente planteamiento, se trata de una película que trate de enseñarnos el funcionamiento de una casa de la época y el papel que desempeñaba el servicio, como más tarde haría de una manera más o menos interesante Altman con su “Gosford Park”. “Lo que queda del día” es un melodrama. Narra la historia de amor de un Hopkins, el Sr. Stevens (el mayordomo), tremendamente comedido y entregado a su obligación, el trabajo, la única pasión que ha encontrado en su vida, y que ve como su mundo se ve trastocado por la incorporación al servicio de la Sra. Kenton (Emma Thopmson). Una mujer que está deseando empezar a vivir y que desea que en su viaje le acompañe un Hopkins demasiado resguardado en su intimidad.

Nuevamente un pero. Pese a esta descripción del argumento, que lo configuran como una de amor, no van a ver una historia convencional. Aquí el amor se destila en silencios, miradas y gestos. Resulta tan elegante la narración, y tan acertado el trabajo de los actores, que las dos únicas veces en la que los protagonistas tienen contacto, no ya de un modo físico sino puramente carnal, es puramente conmovedor y sin una cama de por medio. Pero a eso iremos más adelante. Pues como aderezo a esta pasión silenciosa e interiorizada le acompaña un segundo drama, el de Lord Darlington (James Fox). Un perfecto complemento con elementos de política internacional, conspiraciones, la visita de un alto dirigente de la Alemania nazi en suelo inglés, un sobrino periodista entrometido intentando enterarse de la suerte que corre Europa, en suma, puro ritmo como contrapunto a la tranquilidad que emana un mayordomo que no se ve alterado más que por aquello que siente se le escapa.

La película cuenta con una estructura clásica que parte de la memoria de un Stevens que se empeña en rememorar los detalles de una época pasada, la que vivió junto a la Sra. Kenton, mientras acude a su encuentro. Una especie de repaso a los errores cometidos y en el que, fiel a su estilo, Ivory opta por unas descripciones detalladas en lo estético y contenidas en las formas interpretativas, tejiendo de esta manera los contrapuntos necesarios para hacer más comprensible a ratos, patético otros muchos, el personaje del mayordomo protagonista. Desde la propia actividad frenética de una casa (un personaje más de la trama) en la que el único que parece estar siempre quieto y en su sitio es él (significando esto que es el mayordomo el que más se mueve), el futuro que le aguarda en la figura de su padre, la envidia en la joven pareja resultante de su ayuda de cámara y una doncella o, de modo mucho más cruel, su antítesis en el amigo de la Sra. Kenton. Elementos que irán configurando a Stevens como un perfecto ejemplo de una clase de hombre, quizás una clase social en sí misma (la escena del interrogatorio por parte de un invitado resulta clarificadora), que ocupaba el lugar que el nacimiento le había dado (como una especie de casta) y que no aspira a más de lo que tiene. Sólo el amor puede alterar sus prioridades pero ni siquiera éste es tan fuerte como para provocar el despertar de esta clase de hombre que se refugia en su obligación como un reflejo del miedo que tiene a perder su propio privilegio, ser el señor de los sirvientes.

Magníficas las descripciones y momentos que contiene esta película. Como la escenificación de la dualidad poder en el mundo de los señores y de los sirvientes: sensacional la escena del comedor del servicio en la que el mayordomo se permite juzgar la moralidad de su comunidad y erigirse en una especie de juez, mientras que, posteriormente, y al ser interrogado sobre política por un presuntuoso invitado, se quedará en blanco, no por no tener una respuesta sino porque no le corresponde tenerla. Pero no vamos a insistir en muchas más excepto en las dos principales que corresponden a la historia principal.

Si esta película hubiese tenido dos actores protagonistas extraordinariamente atractivos este romance sería uno de los más recordados del cine. Sin embargo, gracias al buen tino del casting y el respeto por la novela de Kazuo Ishiguro, los dos actores seleccionados tenían, a priori, tan poca pinta de hacer una romántica (pese a venir ambos de una) que no sólo contribuye a dotar de credibilidad la película, sino que además deja (esto gracias al talento de los mismos) explotar dos interpretaciones memorables. Emma Thompson es difícil que esté mal en alguna. Una de mis actrices favoritas, siempre correcta y dedicada, logra en esta que les recomiendo, una de sus mejores interpretaciones en un papel lleno de corsés con los que roza constantemente sin llegar a despenderse de ellos. Pero sin duda, sin ninguna duda, Hopkins está inconmensurable. No se puede realizar una interpretación mejor que esta. El poco espacio que le deja un personaje tan rígido como Stevens, en el que los gestos son limitadísimos incluso en sus pequeños tics, es suplido con maestría a través de su mirada. Unos ojos que lo dicen todo. Insisto, difícil encontrar una interpretación mejor que esta.

Y es que “Lo que queda del día” se hace grande gracias a las interpretaciones de sus dos protagonistas y a la perfecta disposición de cada una de sus escenas. Decíamos al principio que las dos escenas carnales, en las que no hay cama, resultan tan conmovedoras que entran dentro de la clasificación de “Gran Cine”. Sin duda, la más recordada es el encuentro entre el mayordomo y el ama de llaves, cuando ella trata de arrebatarle el libro que él lee mientras Hopkins recorre con su mirada el alma de su amada y siente, a través de ese mínimo contacto, como ella rompe su barrera y le invade en su intimidad para siempre (les aseguro que la escena no es tan ñoña como esta descripción). Y la segunda gran escena de este tipo es… mejor la ven y la disfrutan. No vamos a destripar el final de esta relación. Pero no pierdan detalle.

Disfrútenla si no la han visto. Y si ya lo han hecho, háganlo de nuevo.

21 de diciembre de 2009

In the Loop, de Armando Iannucci

[Publicado originariamente en El Señor Kurtz]

La tendencia actual de la política internacional está claramente marcada por una necesidad o impulso irrefrenable a legislarlo todo. Sí, es cierto que el término legislar no es estrictamente correcto, pero la temática de lo internacional está resultando tan compleja que, si pensamos en el establecimiento de un supuesto gobierno global sus competencias legislativas abarcarían cualquiera de esos asuntos sobre los que líderes y técnicos se reúnen tan concienzuda y públicamente. Los partidos políticos, el agua, la gestión medioambiental, la administración pública… actualmente todo es susceptible de ser racionalizado desde el ámbito internacional.

Si continuamos con esta lógica, escribir una serie de entradas sobre Cine y Relaciones Internacionales resultaría extremadamente vacuo precisamente por el excesivo contenido de ésta. La lógica de la clasificación consiste en depositar en contenedores fácilmente reconocibles las cosas o sujetos a ordenar con el objetivo de que sean fácilmente encontrados para su uso. Siguiendo así, muchas habrían de ser las películas que pasaran por las páginas de esta serie, desde las redes de prostitución hasta las mismísimas chaladuras de cuatro informáticos.

Sin embargo, si existe un tema clásico en el mundo de las Relaciones Internacionales, ése es la Guerra. Cientos de hojas se han escrito sobre la misma. Da igual de qué guerra se hable, siempre que se trate de una entre naciones o Estados. Y aun cuanto se ha dicho de todo, siempre hay cosas sorprendentemente interesantes a contar sobre ella. Como esta película.

In the Loop –algo así como “En el bucle”- es una película sobre la guerra. No nos enseñará terribles escenas de soldados mutilados y muertos de miedo justo antes de desembarcar. Pero nos enseñará por qué se desembarca y qué tipos de personajes lo deciden. El cartel la vende como la ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú de nuestros tiempos. Sin embargo se sale del cine más con la sensación de haber visto Yes, Minister en pantalla gigante, con más tacos y hablando de la política del siglo XXI.

Es una película brillante de principio a fin que no deja respirar al espectador en ningún momento. Posee esas dosis de genialidad en la mezcla de humor y política que acaba con cualquier argumento en su contra. Su director, Armando Iannucci, da a la cinta un aire de documental con el estilo de cámara en mano y de persecución del personaje que provoca tensión en el espectador y convierte a dicho estilo en una parte más del elemento narrativo. Los planos se mueven aceleradamente transmitiendo una sensación de importancia y de trascendencia a cada momento.

El proyecto de la película es la continuación de una serie de televisión británica, de la BBC por supuesto. Thick of it comenzó sus emisiones en 2005 y, además de una futura adaptación estadounidense, cosechó grandes críticas. La serie surgió como una respuesta a la antes mencionada Yes, Minister y varios de sus personajes-actores repiten en el largometraje. El protagonista es Malcom Tucker, Director de Comunicaciones del Primer Ministro británico. El hombre que decide qué sale en los medios por parte de cada miembro del gobierno inglés, el vasallo de confianza del Primer Ministro y, en el fondo, quien maneja los hilos de ese mecanismo anteriormente conocido como gobierno británico. Interpretado por un excelente Peter Capaldi –uno de los que repite de la serie-, el Sr. Director de Comunicaciones parece preso del síndrome de Tourette por la cantidad de oprobios que suelta a cada paso. De hecho, repasando mentalmente la película, sólo se intuye que no pronuncia taco alguno en la segunda escena, justo hasta que escucha por la radio a Simon Foster, Ministro de Desarrollo Internacional, apoyando veladamente una guerra que aún no ha sido declarada y sobre la que el gobierno, es decir Tucker, no quiere mostrar una postura clara.

Interpretado por el correcto Tom Hollander, el Ministro es preso de su incapacidad para responder a los medios de comunicación de su país de una manera acertada. Cabría preguntarse qué clase de político es tan incapaz de gestionar respuestas sencillas a preguntas fáciles si no hubiera cientos y cientos de ejemplos documentados en cada país. Las relaciones de Simon Foster con la prensa dinamitan el discurso público del 10 de Dwoning Street y precipitan la sucesión de acontecimientos al otro lado del Atlántico.

El otro escenario que se muestra es el de unos Estados Unidos atrapados entre dos Secretarios de Estado y un General. Por un lado, el Secretario de Estado Linton Barrick, un maníaco asesino con relaciones con el lobby armamentístico que utiliza como sujetapapeles una granada de mano cargada con anilla. Su política, y la de su equipo, consiste en sostener la necesidad de una guerra que aparentemente es militarmente inabarcable y políticamente inasumible. Por el otro bando, el del no a la guerra, se sitúan la Secretaria de Estado Karen Clarke, con su equipo adjunto, y el General George Miller, quien nos devuelve después de Los Soprano al genial James Gandolfini.

Las luchas internas en el Gobierno de Estados Unidos hacen que parezca que exclusivamente ellos se toman en serio la posibilidad de no acudir a la guerra, sin embargo la película va dando muestras de que sólo son posturas que, aunque aparentemente irreconciliables, son maleables, y que los intereses personales de cada uno de los personajes están muy por encima de las decisiones políticas. Más aún si la carrera profesional no estaba más que comenzando a andar.

No se podría hacer una crítica de esta película sin hablar de otro de los actores que repite de la serie. Se trata del cómico británico Chris Addison que, interpretando al técnico de comunicación política Toby Wrigth, recién llegado al Ministerio de Desarrollo Internacional, destrozará cualquier plan para mantener el camino de la guerra alejado de la prensa.

La película muestra una política marcada por los egos de los personajes. Pequeñas afrentas son solucionadas a golpe y porrazo de declaraciones políticas y amenazas de fin de carrera como si en el patio del colegio se estuviera. Todo rodeado de un humor negro y brutal, sostenido por el inconmensurable Peter Capaldi. El juego de hilos que, como en el estupendo cartel promocional, conectan el eje norteamericano-británico permite que la comedia de situación sobre política se disfrute a la vez que despierte sentimientos de vergüenza ajena. Los personajes, políticos y técnicos de las dos administraciones, son claramente esperpentos de lo que se supone en la realidad. Sin embargo en cada uno de ellos podemos encontrar al pequeño dictador –o grande, según el caso- que llevan dentro y que, al fin y al cabo, terminan por manipular los consensos de política internacional inclinando la espada de Damocles hacia uno u otro lado. Es la política de la víscera arrastrada por el interés, que mueve a los supuestos organismos bien intencionados y manipula las conciencias de Occidente. Porque las de sus siervos las dio por perdidas en el momento que sintieron el frío acero del cañón de la Justicia Internacional en el calor de su nuca.

15 de diciembre de 2009

Burlando a la Parca, de Josh Bazell

Hay enfermedades que no se curan ni yéndose uno de viaje. No me gusta volar. No es que le tenga miedo, es simplemente que le he cogido manía al estarme horas esperando a unos señores que cobran lo que no está escrito por llevar un autobús con alas. Las compañías aéreas son simples enemigas de mi persona que, de una manera u otra, me persiguen y me atormentan allá a donde voy. Que si ahora hacemos los asientos más pequeños. Que si quiere un vaso de agua lo tiene que pagar como si fuera oro. Que si espera que te espera. Que si el piloto está borracho en el bar del aeropuerto. Que si ¿Quién le ha dicho a Ud. que tiene derecho a eso?. Y un largo etcétera.

Por tanto, cada vez que cojo un avión lo hago porque literalmente no tengo otra opción. Y mi resistencia a ir a esas tumbas con aire acondicionado en que se han convertido los aeropuertos sería aún mayor que la de Mister T en el Equipo A si no fuera porque es precisamente en los aeropuertos en donde puedo dar rienda suelta a mi enfermedad. Quizás Uds. se piensen que mi enfermedad es la paranoia o la manía persecutoria, pero no, están del todo equivocados.

Mi enfermedad se manifiesta segundos antes de cruzar esos interminables controles de seguridad. Vonnegut decía que, tras el aumento de los cacheos por culpa del inventor de la zapatilla explosiva, el día que a un terrorista le diera por inventar unos pantalones-bomba los que cogemos aviones estaríamos literalmente jodidos. Pues bien, en ese terreno loco del consumismo que es el Duty Free, en donde jovenzuelas horteras con pendientes de aro se vuelven locas comprando berskas al mismo tiempo que ejecutivos pasados de rosca compran botellas de vodka de dos en dos, yo me convierto en otro. Aún no me ha dado por gastarme el dinero que no tengo en ropa con el logotipo de Ferrari, y la fase de comprarme Toblerone gigantes ya se me pasó. Por tanto, el único vicio que se me desata en esas zonas del inframundo sin ley es el de los libros.

Un aeropuerto, y más si es un aeropuerto de habla inglesa, resulta un estupendo lugar de entretenimiento para un bibliófilo perdido como yo. Allí podrá mirar colecciones enteras de libros que jamás serán publicados en España. Novedades que aún no han sido leídas en el metro de Madrid o Barcelona. Curiosidades que uno compraría en el mega-almacén de internet si no existieran estos pequeños oasis de literatura en inglés. Allí se puede comprobar que los editores ingleses y norteamericanos están a años luz de cualquier buen editor español si se los juzga por lo atractivo de sus portadas.

Y fue, naturalmente, en un aeropuerto –aunque esta vez en uno nacional- como me reencontré con este libro, Burlando a la parca. Lo había visto cuando Anagrama lo lanzó hará unos meses, pero fue en el detenimiento del aeropuerto cuando mi acompañante me reparó en él. Apuntado –o mejor dicho, fotografiado con la cámara del móvil para no tener que escribir ni nombre ni autor- el libro quedó citado para mi próximo encuentro con la librería habitual. Al fin y al cabo, si se puede comprar al lado de casa, mejor no cargo con él ¿no?

El autor es el desconocido Josh Bazell. Doctor en medicina y licenciado en literatura inglesa, es el vivo ejemplo de lo bueno que puede resultar mezclar dos estudios aparentemente tan alejados. No sé cómo diagnosticará pacientes del hospital en el que trabaja, pero la receta que le ha salido con Burlando a la Parca se convierte por sí sola en una gran novela. De esas que cuando aún no se ha acabado ya se está recomendando.

Como se puede intuir por el título, amén de la estupenda portada original –e incluso de la horrorosa modificación que realizaron los editores de Anagrama-, la cosa va de esquivar a la muerte. El relato lo narra en primera persona su protagonista: Peter Brown, doctor del Manhattan Catholic Hospital de Nueva York. Cuenta la historia de su corta vida, aún es joven, y por lo que leemos ejerció serias candidaturas para acortarla aún más.

Criado por sus abuelos de familia cómoda, inmigrantes de la post-Segunda Guerra Mundial, el doctor Peter Brown ejerce la medicina general en un hospital donde todo, absolutamente todo, es un caos. Sin alterarse casi por nada, o dándolo todo por perdido, Brown se encarga de coordinar los diagnósticos que su compañero del otro turno ha dejado hilvanados en una manera tal que más parece preocupado por curar a los pacientes que por salvarle el culo al Hospital. Práctica esta última que Bazell nos confirma como más habitual en un país en donde la denuncia por error médico está a la orden del día.

Pero Brown esconde algo más tras de sí. En realidad Peter no se llama Peter, se llama Pietro, Pietro Brnwa y está escondido bajo esta nueva identidad bajo el Programa de Protección de Testigos. Es que Pietro, sepan, antes de ser médico titulado era asesino a sueldo de la mafia neoyorquina. Increíble pero cierto, el pasado de Pietro le condujo casi sin quererlo a eliminar personajes del negocio que se pasaban de la raya y que eran señalados por su jefe y sin embargo amigo: David Locano. Sí, sí, ya sé. Uds. no hubieran caído en las manos de la mafia, en un negocio que consiste en liquidar gente. Pero, créanme, tras leer el relato de Pietro, les aseguro que hubieran caído. No se crean de todas maneras que Brnwa mata gente sin más remordimiento. El único condicionante para hacer su trabajo se lo impone él: ha de ser gente que no sea inocente.

La combinación de estas dos vidas, la pasada y mafiosa, y la presente y médica, se unen cuando en esta mañana en la que Peter nos lleva por todos sus pacientes se encuentra con un antiguo camarada: Eddy Squillante. El listillo de Eddy está en el hospital por culpa de un cáncer de estómago y descubre con facilidad a Pietro, aka Zarpa de Oso, proponiéndole un trato: si le mantiene con vida no le delatará. Sin embargo, si fallece en la operación que tiene programada para el día de hoy, uno de sus chicos avisará a Locano, quien ha puesto precio a su cabeza tras su cambio de bando.

El libro está narrado en dos hilos bien definidos. Por una parte esta mañana de ronda hospitalaria en presente en donde Peter se nos muestra como un excelente médico, pasado de rosca con las drogas y con unos métodos más bien heterodoxos. Caer en la comparación con el televisivo Doctor House es no darse cuenta de la profundidad del personaje de Brown y encasillarlo en un arquetipo sólo porque comparten un par de rasgos. Peter Brown es un buen médico, sí, pero también tiene dosis de cinismo que hacen que las escenas del hospital salgan disparadas de las páginas y terminen por inundar cualquier rincón de la habitación donde se lee.

Por la otra parte, hablamos de Pietro Brnwa, el sicario de la mafia. Peter nos va contando la historia en pasado de Pietro, el por qué se metió en los negocios y por qué ahora ellos lo buscan con tanto ahínco. De nuevo podría pensarse en un típico relato de la mafia televisiva, el clásico asunto del soplón, pero nada más alejado de la realidad. Pietro es un buen chico, al menos con cierta tensión moral acolchada del cinismo propio del personaje, y si ha llegado a ser lo que es simplemente se debe al azar y a las decisiones ambiguas. En comparación con el relato de la mañana en el hospital, la historia de Pietro en la mafia engancha menos. Sin embargo esto es sólo debido al ritmo independiente que esta parte de la novela va adquiriendo pues pausa a pausa, el relato se termina por escupir al lector a la cara y llenarlo de la tensió propia de este tipo de asuntos.

De pocas novelas se dice esto, y menos aún si son tan nuevas, pero Burlando a la Parca se muestra como una novela imprescindible para aquellos quienes disfrutamos con libros de marcada tensión narrativa y que no tengan miedo de ir hacia donde otros no irían. Todos los detalles médicos se disfrutan enormemente -incluso las anécdotas tales como el por qué los enanitos de Blancanieves silbaban- debido a su claridad y su justificación narrativa. Y qué decir sobre los detalles particulares de la mafia y las peleas más que, casi al final, este donante de sangre que suscribe tuvo que dejar de leer un par de veces y respirar hondo debido a la inesperada carnicería que se estaba formando. Sin duda, fue un gran acierto el de poner aeropuertos donde hay librerías.

8 de diciembre de 2009

The greatest hits, de Nina Simone

Nina Simone es sinónimo de clase. Pura elegancia al cantar. Su tono de voz difícilmente clasificable y a caballo entre una las grandes divas del jazz y el desagarro de los espirituales, la hace inconfundible. Si sólo cantase podríamos afirmar que estamos ante una de las grandes intérpretes, pero su faceta de compositora y su inolvidable figura aporreando el piano hacen que adquiera una dimensión que la clasifica muy alto dentro de las grandes divas de la historia de la música. Este que presentamos hoy es sólo un recopilatorio de los muchos que hay en el mercado y que recoge la mayor parte de los éxitos de una Simone que, escuchados todos juntos y seguidos, no hace sino acumular himnos y canciones inmortales. Unas veces gracias a la publicidad de un coche que resucita un “Ain’t got no – I got life” aparentemente olvidado como vehículo de reivindicación (extraída de “Hair”) o de un perfume que consagra su elegancia a través de los acordes de “I put a spell on you”. Pero más allá de la poderosa publicidad, Nina Simone siempre quedará en el recuerdo con el prototipo del soul que supone “My baby just care for me”, la canción protesta como “Mississippi goddam” (dentro su actividad en la lucha por los derechos civiles), con la impresionante “I feeling good” (que ha soportado diversas versiones en los últimos años), o la poderosa e hipnótica “Sinnerman” que sedujo a dos Thomas Crown… y cómo no, “Ne me quite pas”, que compartirá eternamente con Edith Piaff (y con Jacques Brel, autor de la canción).