2 de junio de 2008

Hapworth 16, 1924, de J. D. Salinger


There is a marvellous peace in not publishing.… I like to write. I love to write. But I write just for myself and my own pleasure”. J. D. Salinger, The New York Times, 1974.

Hapworth 16, 1924” es la última obra publicada de mi admirado Salinger. Para una ocasión tan excepcional, el excéntrico escritor utilizó una de sus ediciones favoritas. Y es que The New Yorker debe ser una de las pocas cosas en las que confía Salinger, es por ello que no es de extrañar que la eligiese para dar a conocer al mundo una “precuela de Seymour Glass. Revista que se ocupó la integridad de sus páginas con la publicación de este relato extenso a modo de carta que un Seymour de siete años escribe a su familia y en la que disecciona sus gustos literarios y musicales, sus opiniones sobre la religión, la sexualidad, la vida en general y ofrece pistas para el trágico final que este personaje tuvo años antes en “El pez banana”, relato corto que apareció tiempo atrás y que quedaría circunscrito a los “Nueve cuentos”. Hasta la fecha, y según me confirman la mayoría de las fuentes conocidas, este relato extenso no tiene más ediciones en España que aquellas personas que puedan contar con el número del 19 de junio de 1965 de The New Yorker (a un módico precio, por cierto). Sin una traducción al castellano, y sin ningún tipo de permiso del autor para hacer reproducciones, sólo existen circulando por la red un par de versiones piratas en nuestro idioma. Qué quieren que les diga. Pues eso, que ojala tengan suerte y se encuentren con un ejemplar por casualidad (y sin violar la ley de Derechos de Autor, por supuesto) y puedan leerlo, en el confort de su hogar, sólo para ver de quién es y devolverlo a su legítimo dueño: el Sr. Jerome D. Salinger.

¿Qué interés puede tener una carta que un niño de siete años llamado Seymour, y que se encuentra en un campamento de verano junto con su hermano Buddy, le envía a sus padres y hermanos? Seguramente, ninguno. Sin embargo, no se trata de una carta cualquiera y no se trata de un escritor cualquiera. Salinger, que domina el relato corto como pocos lo han hecho en la historia de la literatura, escribe una carta en la que disecciona la vida con una sencillez extraordinaria. Desde las palabras rebuscadas de un niño prodigio que se preocupa por su ortografía y gramática, y que pide ser corregido por su amada bibliotecaria al mismo tiempo que siente el rubor ante la idea de ser descubierto en un error, nos presenta de nuevo a la familia Glass. Intentando huir de su pesimismo habitual, Salinger nos ocupa con el esfuerzo de un crío que trata de demostrar más seguridad de la que le corresponde por su edad. Un esfuerzo que trasluce su enamoramiento de la Sra. Happy. Sin duda toda una revelación que sienta una profunda y conmovedora pasión por una felicidad que nunca podrá tener, pues él es un niño y ella una mujer, adulta y casada. Trágicamente inaccesible.

Un pesimismo que, como decimos, trata de vencer. Pero cuando lo reflexivo vence a lo superficial en esta carta, la verdadera naturaleza de los Glass aflora. Metódico en sus juicios, Seymour nos presentará un Dios respetado pero distante (al que busca y desafía), una familia a la que hace el centro del universo (y de su propia obra), la desesperanza ante la soledad o los estúpidos convencionalismos sociales que nuevamente se esfuerza en ridiculizar. Características de la obra de Salinger, que no podían faltar en este relato de su familia literaria. Del mismo que también recurre a sus habituales golpes al lector con puntillas que harán desear conocer un poco más a estos personajes a los que el escritor marcó con el signo de la maldición. Una prosa fluida, que posee varias velocidades perfectamente delimitadas por la temática de las palabras que el niño va escribiendo, da una nueva muestra de los Glass. Parecería que en lugar de escribirla la estuviese leyendo con distintas intensidades y estados de ánimo. Casi atropellando sus palabras al tiempo en el que arquease una ceja para emitir un juicio sumamente elaborado.

Buddy, considerado el alter ego de Salinger, centrará buena parte del contenido de esta misiva. Idolatrado por Seymour, tranquilizará a sus padres con una terrible mentira sobre el futuro de su hermano pequeño. Buddy llegará a convertirse en un gran escritor que envejecerá en un mundo que siempre imaginó. Una visión que relata a sus padres fruto de sus extraordinarias cualidades y que, sin embargo, se revela como falsa. Puede que Salinger trate de introducir el albedrío como una variable real en sus relatos, pues sabemos del final de Buddy gracias a “Teddy”. Conociendo al neoyorquino, parecería raro que tomase la bondad de mentir a sus personajes sobre su propio destino. Sería como si Unamuno le hubiese perdonado la vida finalmente a Augusto. Una licencia impropia de su estilo, franco y directo. Por lo que esta visión de un futuro ideal, en el que la realidad pesimista y cruel, que el propio Buddy nos contará en “Teddy” a modo de casualidades, se impone a cualquier lógica. No sé en qué modo encajará esta afirmación con la lógica del pensamiento oriental, a la que Salinger es tan aficionado, pero lo cierto es que siente una enorme debilidad por empujar a sus personajes hacia la tragedia, hacia la vida. Del mismo modo que llegará el inevitable fin de Seymour en “Un día perfecto para el pez banana”, y al que en “Hapwoth 16, 1924” se anticipa en el accidente que el pequeño relatará y en el que dejará entrever su incierto destino.

En suma, este relato que presentamos, es una pieza más en la complicada estructura que Salinger ha desarrollado en su obra literaria y que es fácilmente comparable con la propia vida. Sólo en las últimas páginas de esta carta, cederá algunas amables palabras a sus escritores destacados, no sé si se tratará se sus favoritos. Al igual que hiciera Cervantes en uno de los primeros capítulos de “El quijote”, Salinger compone su propia lista de autores y obras que merecen, no ser salvadas de la hoguera como en el caso del castellano, sino enviadas al campamento para ser leídas por Seymour y Buddy. Así, el propio “Quijote” es solicitado como la obra de “un genio mas allá de cualquier comparación fácil o barata”. Además, confiesa su admiración por Jean Austen, Tolstoy, “La plegaría de Gayatri” de autor anónimo, las obra completas de Dickens (“Mi Dios, ¡yo te saludo, Charles Dickens”, proclama), las hermanas Brönte, William Rowan Hamilton o Proust. Una lista que no tiene desperdicio y que encadena, de forma arbitraría afirma, al tiempo en el que disecciona, un poco más, sus martilleantes pensamientos.

3 comentarios:

  1. Magnifico mini ensayo.
    Si leyeron LEVANTAD CARPINTEROS LA VIGA MAESTRA entenderán a la perfección que el tema no importa, en esa novela, por ejemplo, 6 personas permanecen dentro de un coche detenido sin que ocurra nada y sin embargo el ritmo narrativo a lo largo de esas 40 y tantas páginas es endiabladamente rápido.

    He montado una editorial hace muy poco, somos muy modestos, de hecho sólo hemos publicado una novela, eso sí de un autor novel, y está mal que yo lo diga, una obra maestra. Mi pregunta ahora es, ¿Alguien sabe como contactar con Salinger y negociar los derechos al castellano?

    un saludo. www.pielagoeditorial.es

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  2. Perdone, pero no entiendo a que se refiere con " pues sabemos del final de Buddy gracias a “Teddy”. ". Aunque creo haber leído con detenimiento, no acierto a ver nada en "Teddy" que desmienta a Buddy como escritor de éxito.

    ¿Sería tan amable de aclarármelo?

    Saludos,
    Junior

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  3. gracias por las pistas (sobre todo la de la traducción al castellano). Saludos

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