José Luis López Vázquez, 1922-2009

noviembre 02, 2009


Fallece José Luis López Vázquez (1922-2009),
un gran actor de una inmensa generación de actores españoles.

Desde aquí, este pequeño homenaje a quien nos hizo reir, llorar y tantas otras cosas.

el_situacionista, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.

Nuevamente en obras

octubre 11, 2009
Pues eso, nuevamente en obras

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

octubre 05, 2009
[Publicado originariamente en El Señor Kurtz]

Cae la lluvia tropical y torrencial. Jamás has visto llover así. Se supone que deberías estar afuera, haciendo todo lo que se supone que se hace aquí. Pero lejos de convencerte a ti mismo de que desperdicias un tiempo valioso colocas la silla para acompañar a esa lluvia. Te rodeas del Relec, coges el ajedrez de viaje -como el pescador que lleva la caña, por si se tercia-, la libreta para apuntar, la cámara de fotos -no sea que hoy pase por allí el lagarto de todos los días presto para posar un poco. Y por supuesto: el libro. Jamás leer te llevó tanta preparación ni tanto equipaje. Estarás de vacaciones, pero la tensión emocional no te la quita nadie.

Y te sumerges. Esta vez, quién lo iba a decir, precisamente él, precisamente este libro, no te lleva a una situación muy lejana. Hace mucho tiempo que lo tenías, mucho que lo compraste, incluso lo has regalado varias veces y recomendado cientos de miles, pero jamás pensaste que estarías aquí mismo leyendo lo que estás viendo.

Kapuscinski es muchas veces poco riguroso con la Historia. Sus libros están escritos a la manera de reportajes periodísticos clásicos y, si de pasada toca un tema que tú conoces bien, puedes advertir cierta laxitud en sus aseveraciones políticas, cierta dejadez por reflejar los hechos tal y como fueron. Sin embargo, lo dejamos pasar encantados de la vida. El valor de sus libros no se refleja en su rigurosidad científica, ni en sus descubrimientos. Sus libros son valiosos porque están llenos de humanidad, de personas que se pasean por las páginas siendo ellos mismos sin necesidad de que nadie las interprete, verdadero periodismo antropológico. Son como esos compañeros de nuestra infancia, algo más mayores que nosotros, más maduros, y por tanto más seguros de sí mismos. Pero sin la arrogancia que valoriza la ignorancia. Son como son, y no te piden que los comprendas.

Ébano es un libro de reportajes que tienen como protagonista principal a la región de África Subsahariana. Son 29 artículos que Kapuscinski va a escribir durante sus corresponsalías para un periódico polaco. Podemos encontrar artículos algo más ensimismados sobre el autor, y otros más preocupados por saber captar la esencia del personaje que describen, pero siempre nos trasladarán un pequeño aprendizaje sobre cómo podemos situarnos para comprender al diferente. Aunque muchas veces el diferente puedas ser tú mismo.

Hay imágenes que se quedan clavadas en la retina del lector. Las palabras incrustadas en el cerebelo provocando que se rinda la voluntad ante la imagen de un joven Kapuscinski subido en un bidón de gasolina junto con su compañero de viaje, tratando de aguantar las sacudidas de una cobra que, debajo, trata de sobrevivir y matar a su vez. Podemos ver cómo se tambalea afectado por la malaria, preocupado porque su médico lo quiera enviar de vuelta a Polonia en lo que sería su primer reportaje en el continente. Asustado por si a su jefe le da por anular la corresponsalía por el mero hecho de que su primer reportero hubiera enfermado de gravedad.

Podemos sentir un pánico que Ryszard aparentemente no sufre, cuando leemos cómo es despojado en Monrovia de ese manto de protección que cubre a todo occidental que atraviesa una frontera africana: el pasaporte. Sin él, el europeo se siente golpeado, sin argumento que demuestre la necesidad de ser arrancado de cuajo de situaciones de inseguridad relativa. No digamos ya si en lugar de europeo es estadounidense. Las fronteras son el reino de los privilegiados; siempre que tengas el papel adecuado. Y sin embargo terminamos por sentir aún más pánico cuando nos describe el tamaño de las cucarachas de aquella habitación en donde pernoctará despierto.

Un pero, bastante grave, para la editorial Anagrama y para la persona que ha editado a Kapuscinski en España, es que hay algunos artículos -creo recordar que dos- que están doblemente reproducidos. En Ébano y en el divertidísimo La guerra del fútbol, Kapuscinski nos cuenta su día a día en Lagos, la capital de Nigeria. El relato de los personajes del barrio se disfruta y los hace cercanos y presentes a cualquiera que haya decidido entregarse a la narración. Estamos hablando de la dueña del bar, que sirve cerveza casera caliente. De los ladrones que siempre acuden a su piso cuando él no está, y que le agradecen el no llamar a la policía no entrando cuando él sí que está. Y otros tantos.

En este mismo artículo, Kapuscinski nos enseña que, aún a pesar de la voluntad, un blanco en África es siempre un blanco en África, y que mientras exista la posibilidad de tener aire acondicionado en una barriada de Lagos cualquiera, las diferencias siempre estarán ahí. Al fin y al cabo, como bien dice en las primeras páginas de Ébano, los africanos y las africanas tienen una vida que es un "martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos".

No es que nos hubiésemos ido...

septiembre 19, 2009
Tras unas semanas de vacaciones, y tras otra de cambios en la plantilla, volvemos para seguir destripando libros, películas, discos… esperemos que nos sigan acompañando.



Alta fidelidad, de Nick Hornby

julio 22, 2009
Nick Honrby es uno de esos escritores con los que aún mantengo una deuda enorme. En realidad no soy el único. Todos aquellos quienes durante el final de los años 90 y el comienzo del siglo han pasado –o están pasando- el paso de la juventud –la veintena- a la madurez –pongamos que a partir de la treintena- son deudores de sus novelas, de sus historias. Ellas contribuyen a una mejor transición y a la carcajada inteligente –más que a la risa- de uno mismo. Lo cual es muy sano, ya les advierto.

La deuda que el_situacionista tiene con este autor británico es que nunca reseñó debidamente un libro suyo. Cierto es que dos de sus obras fueron reseñadas en un ejercicio de aquellos, tipo pastiche, que practicábamos antes en el blog. Pero aunque estuviera tan bien acompañado en la entrada por Thurber y por Carroll, Hornby se merecía un espacio mucho más grande. Fever Pitch era suficientemente entretenido como para que alguna vez me anime a leer la traducción –Fiebre en las gradas- y En picado nunca será lo suficientemente bien reseñada por este que suscribe, pues la mezcla de diversión, humor negro y realismo crudo y dulce excede enormemente mis capacidades. Eso sí, al menos lo regalo –e invito a regalarlo- cada vez que puedo. Es una apuesta segura.

Pero vayamos a lo que nos ocupa; Alta fidelidad. La mayoría ya conoce el título por la estupenda película del genial Stephen Frears, en la que el papel protagonista recae en manos de John Cusack y que consagró a Jack Black como uno de los cómicos norteamericanos de la década. El guión cinematográfico es sorprendentemente fiel al libro, y eso dice mucho de una novela. Nick Hornby mezcla los clásicos temas de la crisis de los 30 –amor, compromiso, fracaso profesional, quiebra de las ilusiones juveniles- a ritmo de soul, rock y algo de blues. Y carajo qué divertido es.

Nos situamos en una tienda de discos, al norte de Londres. No una tienda de música cualquiera, no. De discos, de vinilos que tratan de sobrevivir en la época de esplendor del CD. En el momento donde aún convivían con nosotros los cassettes y, por tanto las cintas grabadas. Su dueño es un treintañero llamado Rob Fleming, quien montó la tienda como salida profesional tras abandonar la universidad y debido a su amor –hasta límites rayanos en la secta- por los vinilos y la buena música. Rob malvive como puede mientras sostiene una relación especial con su novia, Laura, una abogada de éxito pero que tampoco asume muy bien esta pequeña crisis de edad. Hasta que Laura lo abandona. Eso sucede al comienzo del libro. De hecho, el comienzo del libro es una carta de Rob a Laura que marcará el discurrir de gran parte de la novela.

En este primer capítulo, Rob muestra todo su resentimiento a Laura por haberle abandonado. Y, como lo primero en el rencor es restar importancia, Rob hace una lista con las cinco rupturas más importantes de su vida. Entre las que, lógicamente, no está Laura. Estas cinco chicas han marcado, con sus diferentes formas de romper, la vida de Rob de algún modo u otro. Le han transformado hasta lo que es hoy y, según su manera de verlo, le han abocado al fracaso que es hoy.

Rob se siente en el momento más dulce de su vida. Se ha vuelto a quedar soltero y aunque echa de menos a Laura, perdón, echa de menos tener a alguien, sabe positivamente que la mujer que revolucione su vida está a punto de aparecer. Además, la tienda de discos va francamente mal, pero tampoco tiene duda de que pronto habrá un golpe de suerte. Y él es un tipo inteligente que sabe de lo que habla, es un experto en música y gracias a sus conocimientos logrará salvar su vida. Hasta que se da cuenta de que no conoce a ningún grupo de música actual. Que hace tiempo que perdió el interés por la música que hacen los jóvenes y eso, inevitablemente, le coloca al otro lado. No en el de las personas mayores, claro está. Pero sí en un lugar medio a la deriva que, al no estar relleno de éxito profesional y personal tipo Mtv, ni le llena ni le vacía. Aunque puestos a sentirse medio lleno o medio vacío, Rob se encuentra completamente hueco.

Hueco pero no solo. Este Don Quijote de la música tiene dos lugartenientes que le acompañan por su tránsito a la acepción de su fracaso. Dick es un tipo tímido, que le tiene un cariño extremo a Rob, pero que sería incapaz de demostrárselo físicamente. Barry –sin duda mi preferido- es un tipo mezquino, que desprecia a quienes no saben de música y que siempre tiene el hacha preparada para cortarle la cabeza a la autoestima de Rob en cuanto se atreva a asomar. Y también la de Dick. Y esta vez no me refiero a la autoestima. Ambos trabajan para Rob en la tienda de discos. Su vida es aún más fracasada que la del Caballero Rob y quizás por eso se sienten tan unidos a la tienda y a él. Y juntos, los tres, se pasan las horas del día haciendo listas Top 5 o Top 10 de todas las cosas inimaginables. Las 5 canciones que sonarían en mi funeral, Los 5 mejores libros de la historia, Las 5 mejores caras A de la historia de la música

Y con estos andamios se construye el paso al resto de su vida. Rob ha de solucionar todo lo urgente que le acucia –la compañía íntima, la compañía no íntima, la supervivencia de la tienda, soportar a Barry- mientras trata de discernir qué es lo verdaderamente importante en su vida.

De un frikismo irremediable, pero sirviendo también como antídoto a este frikismo, Alta fidelidad es bien divertido y gamberro, candidato a clásico de una generación. Es una novela realmente original en cuanto a su modo de narrar aquello que pasa y por supuesto en cuanto a su discurrir divertido. Aunque se haya visto la película, su lectura debería ser obligatoria para poder pasar de los 29 a los 30.

The musical is back, por Baz Luhrmann

julio 05, 2009
Han pasado ya unos meses desde que este número musical fuese estrenado en riguroso directo en la 81 gala de los Oscar. Pero como en este blog hemos rescatado algunos de los mejores videos de la historia de la música, cortos e incluso la presentación de unos dibujos animados, por qué no rescatar este montaje al más puro estilo Hollywood (sí, también al más puro estilo Broadway).

Tras unos años en los que los grandes estudios han vuelto a apostar por los musicales, los Oscar se rinden y recuperan una costumbre que tenían un tanto abandonada en sus últimas ediciones, la de colocar espectaculares números musicales para animar las transiciones de la entrega de premios. “The musical is back” es un montaje realizado por Baz Luhrmann, el creador de la admirada u odiada “Moulin rouge!”, y protagonizado por una Beyonce que, simplemente, debería ser elevada a los altares, y un Hugh Jackman, el hombre vivo más sexy del planeta que si bien puede hacer de hombre rudo como Lobezno o Van Helsing, no le llama el ritmo. Completan el número los insoportables siameses de “High school musical” y la pareja de “Mamma mia!”.

Como curiosidad, Lurman, después de ver el resultado pensó en hacer un musical con Jackman y Beyonce como protagonistas. Habrá que esperar. Mientras tanto disfruten de esta pequeña maravilla musical.

El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein

junio 30, 2009
[Nota aclaratoria: Después de casi un año de lectura de este libro, procedo a la breve crónica de aquellos aspectos que aún recuerdo del mismo, no sin la ayuda de algún vistazo para copiar y pegar un par de chistes.]

Se presenta este libro como una obra muy modesta que se limita a recoger algunos de los chistes mas conocidos protagonizados por judíos mientras se desgrana la historia de Europa a lo largo del siglo XX. Evidentemente, la combinación de judíos y la historia de Europa en el siglo XX nos mostrará las cloacas de la Humanidad de forma inevitable. Pues aún cuando el objetivo de este libro no es otro que el humor, no puede evitar pasar por el Genocidio o las purgas soviéticas. Como decimos, en Europa, el siglo XX, la cloaca de la Humanidad.

Un personaje modesto, Isaac Jacob Blumenfeld, nos llevará de la mano a través de una vida cargada de anécdotas y de humor judío. Un estilo de humor hecho desde la más profunda de las amarguras que han padecido a lo largo de la historia y que no hace sino mostrar la mejor cara del espíritu de supervivencia. Sencillo, lleno de matices y totalmente descarnado en cualquier boca que no sepa recitar la Torá (el Pentateuco). Por eso nos hace tanta gracia escuchar de su propia voz todo tipo de chistes y chascarrillos sobre lo avaro, lo respetuoso con la ley de Dios o la enorme habilidad para el comercio de los judíos. Nos reímos y decimos, sí, es verdad, estos judíos….

Quizás por ello en lugar de sentir interés alguno por la historia que este polaco, austriaco, alemán o ruso, depende del momento de la historia en la que se encuentre, nuestro verdadero interés está en la búsqueda del próximo chiste. Cómo hará para encajar uno más. Despreciando, en gran medida, el verdadero interés de este libro que intenta, en cierto modo, contar algunas de las persecuciones que durante todo el siglo XX vivieron los judíos. Y es lo malo de esta obra, que no llega a ninguno de los dos extremos. Ni termina siendo un libro de historia ligero, en el que se presenten una serie de hechos históricos de una manera novelada en la que el lector tenga un seguimiento constante de ver a dónde te lleva la acción pese a conocer de sobra el destino. Y tampoco es un gran libro de humor. Es decir, no se trata de un libro cómico en exceso. Sí, la historia es amable, el tono es entrañable y los detalles más dramáticos se dejan al recuerdo del lector, pero no termina de entrar en el terreno del humor para convertirse en una historia desternillante que nos enganche. Son más bien golpes de una narración demasiado larga para un monólogo de los viejos club de comedia estadounidense.


Dos judíos de dos pueblos cercanos que ponen a discutir sobre cuál de sus rabinos respectivos tiene relaciones más estrechas con Dios y, por lo tanto, es más capaz de hacer milagros. “Por supuesto que es el nuestro”, dice el primero, “El pasado sabbat nuestro rabí se encaminó a la sinagoga, pero de repente empezó a llover a cántaros. No es nuestro rabí no tuviera paraguas, pero ya que el sábado no se debe hacer nada: ¿cómo lo iba a abrir? Miró al cielo, Jehová lo entendió enseguida y se hizo el milagro: por un lado, lluvia, por el otro, lluvia, y en el medio, ¡un pasillo seco hasta el propio templo! A ver, ¿qué me dices sobre esto?”.
Pues escucha lo que voy a contar: el sabbat pasado nuestro rabí regresaba a casa después de rezar. En el camino se encontró un billete de cien dólares. ¿Cómo recogerlo, si es un pecado tocar dinero? Mira al cielo, Jehová se dio cuenta y se hizo el milagro: por un lado, sabbat, por otro lado, sabbat, y en el medio, no me lo vas a creer, ¡era jueves!”.

Pulp, de Charles Bukowski

junio 02, 2009
Inevitablemente. Las experiencias que uno tiene registrando la librería de un amigo cuando éste ha ido al baño terminan por marcar tu visión de ciertos autores. Sin duda, ver juntos en la misma estantería a Vargas-Llosa, Ruiz Zafón y –al genial- Chesterton te hace preguntarte qué clase de amigo tienes hasta el punto de caer en el ensimismamiento y no darte cuenta de que ha vuelto del lavabo, te está viendo cotillear en su colección de libros y sabe que le estás juzgando por ella.

-¿Se puede saber qué estás haciendo?- es su reacción más habitual –lo que revela que ya me ha pasado más de una vez. Y ante esta evidente falta de educación y modales no cabe la negación, así que se toma el camino más español que se conoce -la huída hacia delante- y se contraataca con un rápido y veloz -¿Cómo puedes tener tanta literatura de kiosco junto a tan buen libro? Otra vez te has librado y escuchas el clásico –Es que estos me los regalaron y…- En fin, no es excusa. Cada uno es culpable de los libros que le regalan. Dudo mucho que mis correligionarios me ofrecieran como halago un ejemplar de la tuercelíneas Etxebarría. Y si lo hicieran escucharían tras las risas un –Vale, vale… ¿dónde está el de verdad?-.

Pero obviemos lo que de clasista tiene esta anécdota y la falta de educación de esta afición tan mía por escrutar las estanterías ajenas –confieso una adicción rayana en la obsesión que consiste en diseccionar cualquier foto que alguien cuelgue en Internet, ya sean blogs o facebooks, para ver qué títulos reconozco, así como también confieso que pierdo el interés por esa fotografía en cuanto encuentro un número indeterminado pero suficiente de libros que no me gustan. Olvidemos, por tanto, los calificativos que podemos ponerle a esta afición para analizar aquella estantería que una vez encontré a mi paso. Tan importante como los títulos y autores que conoces son los títulos y autores que no conoces. Y por culpar de obviar esto último, los autores que no conozco, y centrarme en los autores que sí conocía –y con los que tenía un conflicto abierto y personal-, me perdí durante años los libros de un tal Charles Bukowski.

Constantemente el nombre de este autor aparecía en las estanterías y labios de quienes compartían sus días y sus noches con libros de Vázquez-Figueroa o Ken Follett, que son como el César Vidal y la Carmen Posadas de la novela de aventura. De manera que me resultaba imposible discernir qué hacer con Bukowski. ¿Lo clasificaba de literatura de kiosco o me arriesgaba a adentrarme en una novela de él? Podrán decirme que no es tan grave empezar una novela sin estar seguro de si te gustará, pero cuando uno tiene la bandeja de entrada tan absolutamente cargada de títulos que esperan impacientes, el fracaso de una elección se mide por el nivel de carcajadas que aún te esperan en la estantería de siguientes.

Pero un buen día a uno le da por aventurarse y resultó que no siempre los cálculos razonables pueden llevar razón. Al menos en literatura. Y al final nos acercamos a nuestra primera novela de Bukowski que, por cierto, fue la última que escribió: Pulp.

El título, ya por sí mismo, gusta. Las pulp eran revistas populares que contenían muchas historias dentro de sí mismas y cuyo mayor equivalente en la España de nuestros días -¡vive dios cuánto tiempo llevaba queriendo escribir esta expresión!- tendrían su equivalente en los fanzines. Pero además el argumento con el que Bukowski comienza la novela provocó que sintiera ganas de sentarme a leer.

Nos situamos en la piel de un detective de Hollywood, más bien el único superviviente del verdadero Hollywood, llamado Nick Belane. Su negocio de detectives no va bien. Su vida amorosa no va bien. Su acierto en las carreras no va bien. Y para colmo la botella se ha acabado. Le van a echar del despacho por no pagar el alquiler y con ello se pondría fin a su trabajo. Un detective sin despacho no es un detective. Consigue evitar el desahucio con una brillante técnica que le lleva dando resultado muchos años: patada en los huevos al casero. Sin embargo sabe que esta técnica pronto perderá su eficacia –el vital elemento sorpresa se ha perdido- y es por eso que Nick anda preocupado. Por eso y porque la botella sigue estando vacía. Es entonces cuando aparece una nueva cliente. Ella, recomendada por un misterioso hombre, le hace un encargo realmente extraño. Habrá de buscar a Louis-Ferdinand Celine, escritor francés aparentemente muerto en París el 1 de Julio de 1961. Y digo aparentemente porque existen razones de peso para pensar que Louis-Ferdinand consiguió seguir con vida. Y es que la nueva cliente no es otra que la Sra. Muerte en carne y hueso.

La única pista a seguir será una librería en donde Celine se ha dejado ver últimamente y a la que Belane se acercará para escuchar cómo el autor francés se queja de Faulkner y afirma que Thomas Mann le aburre hasta la extenuación. Mientras Belane trata de avanzar en la investigación, la cual inevitablemente le conduce hasta la barra de cualquier bar, otros casos comienzan a aparecer en la agenda de este detective privado. Un marido rico y celoso piensa que su nueva y joven mujer se la está pegando con otro. Un tanatopractor que desea quitarse de en medio a una escultural mujer que lo persigue y lo domina. Y ese misterioso señor que le recomienda por toda la ciudad como un detective de confianza también tiene para él un caso, el más extraño de todos, encontrar al Gorrión Rojo.

Todos los casos se van entrecruzando de la manera más desordenada. Belane sólo trata de dar con la clave que los desenmarañe de una vez todos y cada uno de ellos y sin duda ésta habrá de estar en el culo de una botella. Mientras se pasea por todos los bares de la ciudad encontrando pelea, se escapa de caseros furiosos, vecinos psicópatas o cobradores con profundas raíces literarias –no obstante se llaman Dante y Fante-, Belane no hace absolutamente nada. Como si fuera un Bartleby de los barrios sucios, Belane no es capaz de avanzar en ninguno de los casos y sólo se queda sentado frente a la botella mientras se asegura a sí mismo que la solución a todo está a punto de llegar. Aunque en el fondo no es un Bartleby ya que dentro de él late un ímpetu por ponerse a actuar ya, ya mismo, lo que pasa es que la botella pesa más que la voluntad. Cuando por fin termina por actuar, sin duda para conseguir más dinero para bebida o para pagar más apuestas, Belane no hace más que enmarañar más el asunto. No es cómico por cuanto todo apunta a una conspiración de final trágico, pero lo podría ser.

Un libro de fácil lectura, de esos que se puede encajar entre dos lecturas más exigentes para desengrasar pero que sin embargo ofrece más de lo que aparenta. Como Belane, Pulp es una novela que engaña. Bajo su aparente género negro y sucio late una valerosa despedida del mundo de los vivos de su autor –Bukowski incluso se llega a describir dentro del ataúd a sí mismo- y una reflexión sobre la vida y la muerte que me encantaría poder explicar en estas líneas, pero es que se ha acabado la botella.