martes, mayo 13, 2008

Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez

Son pocos los escritores que cuentan con la bendición de publicar un único libro y triunfar de lo lindo. Y pocos son los que pueden decir que su gran éxito ha llegado pasado los sesenta años de edad. Menos aún los que pueden añadir la trágica historia de morir pocos meses después de publicar este primer libro. Ya, como final, escasísimos los casos en los que además de todo esto, la obra tiene una enorme calidad. Sí, tristemente, la mayoría de estos primeros pelotazos editoriales encierran un buen trabajo de marketing o todo un talento desbordado y finito que nunca vuelve a repetirse en un segundo libro.

Los girasoles ciegos” reúne cuatro relatos cortos que giran alrededor de la postguerra civil española. Evidentemente, se trata de relatos que se centran en cuatro historias de cuatro derrotados (de hecho, enumera sus relatos por derrotas). Nada como el bando de los muertos, y no de los caídos, para mostrar las más profundas reflexiones. Presentando a personajes más o menos identificables, Méndez da buena cuenta de miles de historias que se sucedieron en los años inmediatos al fin de la Guerra Civil. Es la sencillez con la que los presenta, su absoluto manejo de una realidad dramática, la que hace que comprensible lo irracional. No es poco el mérito de este autor.

La primera derrota es la del capitán Alegría. Un hombre de firmes convicciones que lucha en el bando nacional y que desde su trinchera divisa un Madrid a punto de ser vencido en su resistencia. Justo antes de que ese momento llegue, Alegría traspasa las líneas enemigas y se declara rendido al bando republicano. Las razones que esgrime no son otras que el deseo de no permanecer ni un día más en un ejército que no quiere ganar la guerra sino aniquilar a su adversario. Esta razón de ser le lleva a la incomprensión del bando republicano, que no entiende como un soldado de un ejército vencedor se rinde a uno vencido, y del bando nacional, que tras la conquista de Madrid, juzgará a un desertor, condenándole a una muerte que no termina de aliviar su pena. Será en la segunda derrota en la que cambiará el modelo de relato lineal para introducir una narración directa a través de las páginas de un diario. Un joven huye en 1940 camino de la frontera, junto con su mujer embarazada. Las montañas asturianas dan cuenta del nacimiento de un bebe y la muerte de una madre en lo más profundo y asilado de una cabaña en torno a la que establecerá sus reflexiones más íntimas. Desde el aceptación de su propio hijo hasta la preparación de su muerte. Probablemente sea el relato en el que la Guerra Civil se encuentre presente de un modo más descarnado a pesar de permanecer en un segundo plano.

La tercera derrota se ubicará en lo profundo de una cárcel donde los prisioneros son sometidos a consejos de guerra. Juicios sumarísimos con un mismo destino, la muerte. El coronel al cargo de este sombrío tribunal pregunta siempre, a todos aquellos que van a ser ajusticiados, por un joven prisionero de las cárceles republicanas. Sólo Juan Serna identifica al joven y afirma conocerle. El interés del coronel no es por otro que por su hijo. Muerto por el bando republicano tras ser condenado por cometer distintos delitos. Penas que Juan Serna obvia, transformando al hijo del coronel, un vulgar ladrón y asesino, en un héroe para la nueva patria. Un héroe para el coronel y su esposa. Hecho que permite al soldado republicano prolongar su vida y mostrarnos el día a día de una celda hacinada en una fila de hombres que sólo esperan ser nombrados para subir a un camión con un destino conocido. Por último, en su cuarta derrota, Méndez nos cuenta el transcurrir de una familia en una opresiva condena a muerte que se cumple en vida. Rompiendo con el relato lineal, la historia es narrada por las cartas que un diácono escribe a su confesor y en las que relata su más intenso pecado, cruzadas por los recuerdos del hijo de la familia protagonista, sin perder el transcurso de la acción contada por el autor y que termina confirmando lo que antes nos han contado los otros protagonistas.

La compilación de estos cuatro relatos responde a la intención de mostrar la postguerra española en cuatro actos. En cuatro matices, diferentes, pero con un mismo destino. Aún tratándose, así reza la publicidad y la mayoría de las críticas leídas, de relatos nada guerracivilistas, el peso de los hechos es tan evidente que no escapa. Sin embargo, es en el relato en el que presuntamente la guerra y los años de la postguerra pierden más su presencia, el de la segunda derrota, en el que la irracionalidad de lo vivido se muestra con mayor fuerza. Méndez, del que nunca sabremos si habría repetido un segundo éxito, tiene un perfecto dominio de la prosa. Sin embargo, quizás le falta ritmo a algunos tramos. Del mismo modo en el que presenta unos personajes excesivamente estereotipados. Es cierto que los personajes, más si se trata de un relato corto, de cualquier obra literaria, presentan unas características que les hacen perfectos para protagonizarlas. Pero que todos los protagonistas sean tan extremadamente reflexivos, racionalizando cada uno de sus sentimientos, es un mérito difícil de esconder. Y no es que al final no exista asomo para la venganza, el final buscado, por ejemplo, en el tercer relato, es tan racional que merece pasar a la historia de las grandes venganzas de la humanidad.

Desde la publicación de “Los girasoles ciegos”, el boca a boca y las buenas críticas, acompañaron el respaldo del público. Poco después llegaron los primeros premios literarios que se acumularon hasta obtener, de forma póstuma el premio de la Crítica y Nacional de Narrativa. En la actualidad, José Luis Cuerda tiene pendiente el estreno de una adaptación cinematográfica de estos cuatro relatos.

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domingo, mayo 11, 2008

La Mano de la Buena Fortuna, de Goran Petrovic

¡Sois las cinco personas que conoceré en el infierno! Esta broma, incluida en el capitulo-película de Los Simpson provoca en quien se ría una doble sensación. Por un lado, entenderla es un acto de carcajada segura. Por otra, tras comprobar que nadie en la sala –o casi nadie- se ha reído con ella o ni siquiera la recuerda, la broma se convierte en la constatación de que uno ha leído más de lo que socialmente debería. De que los libros, esos fajos de páginas escritos por alguien, impiden muchas veces relacionarse con las personas, esos fajos de historias que no tienen por qué tener un sentido. Bueno, generalmente no lo tienen.

El acto mismo de la lectura aísla al lector del resto del mundo e impide la comprensión de sus experiencias por parte de los demás. Es un acto tremendamente individualista que provoca la necesidad de compartir con los demás aquellos pensamientos que la lectura nos suscita. Generalmente, la necesidad de transmitir las sensaciones que acuñamos con una lectura se traducen en el impulso de regalar un libro. Provocar o incitar a sentir lo mismo que nosotros sentimos por un libro que leímos, o esperar que la persona reciba las mismas sensaciones que pensamos que nosotros tendríamos de haberlo leído. Por eso mismo existe este blog y tantos otros, por eso mismo existe la serie de Literatura antibelicista, por eso existe esta entrada o la serie que inaugura la misma, la de Autores Balcánicos. Y aunque sigamos pensando que debimos haber hecho justicia histórica y lanzar la serie con Un puente sobre el Drina de Ivo Andric, La Mano de la Buena Fortuna se disfruta tanto que nunca nos sentiremos avergonzados por que sea ella la que abra el camino.

Goran Petrovic es un bibliotecario serbio de 41 años. Su biblioteca no es una biblioteca cualquiera sino que él custodia los libros almacenados en el monasterio de Zica situado en el corazón de Serbia, en la ciudad de Kraljevo. Allí, en ese Monasterio, la Iglesia Ortodoxa serbia estableció su sede principal tras la ruptura de las Iglesias en 1210. Comenzó a construir el lugar Stefan Prvovencani, hijo de Stefan Nemanja, y fue finalizado por su hermano, San Sava. Pero Goran no sólo se dedica a custodiar sus centenarias obras. Acompañado de los rituales ortodoxos, de los lamentos de los ministros de Dios en la tierra, él además ha decidido compartir sus secretos con nosotros. Goran, no se lo cuenten a nadie, es escritor y oculta en su novela un mensaje muy importante que ha de ser transmitido, un gran secreto que quizás pueda destruir el mundo tal y como lo conocemos.

Así visto, Goran podría ser el mejor de los protagonistas. Un guardián de libros con un secreto demoledor que revelar. Sin embargo, el rol de Goran es otro. Goran Petrovic es el autor de este precioso libro titulado La Mano de la Buena Fortuna, por el que ganó el Premio NIN de las letras serbias, la Champions League de todos los premios literarios serbios ya ganado por autores como Milorad Pavic, Aleksandar Tisma o el gran Danilo Kis.

Goran decidió situar como protagonista principal de su libro al propio hecho de leer. La lectura forma parte de la gran aventura de esta novela y en ella reside el secreto de toda la estructura. Hacer de un verbo el protagonista principal y sin igual de una historia conlleva varias decisiones, algunas tan delicadas como la de alcanzar el reto de la metaliteratura llegando a proponer un libro al cargo de actor principal.

La tesis de la novela, que no es una novela de tesis, permite comprobar que leer es un gusto sólo permitido a los más avezados. Se puede leer de corrido, casi sin detenerse en aquellos matices que se escapan porque el escritor los situó justo al lado, para que no nos diéramos cuenta. Y se puede leer como propone Goran Petrovic y prepararse –literalmente- para el viaje que propone la lectura, siendo cuidadosos de dónde ponemos el pié y en qué lugar torcemos la esquina. Previendo el fin del capítulo en la página siguiente o asombrándonos por la interminable secuencia que acabamos de presenciar.

Ese actor principal es un libro titulado Mi legado y escrito por Anastas Branica. Fue un libro escrito con sumo cuidado, con la recolección de todas las palabras adecuadas para cada momento, con la intensidad justa en las importantes decisiones y conocedor de todo cuanto puede emocionar. Goran Petrovic nos cuenta la ardua tarea de la escritura del mismo y la peculiar forma de finiquitarlo poco después del fin de la Gran Guerra. Al tiempo nos traslada a los días más actuales, donde el libro toma otra significación y nos permite conocer a otro tipo de gente. Un libro como este, nos dice Goran, no es el mismo libro siempre, sino que cambia según sean sus lectores unos u otros. Puede unir a las personas, puede separarlas, puede desaparecerlas, enamorarlas. Puede hacerlas creer que ellas son las dueñas del libro, puede emitir un sentimiento de colectividad frente a la propiedad de sí mismo. Un libro, en concreto este Mi legado, escrito por un escritor novel que se ahogó en el Danubio poco después de leer su primera y última crítica literaria, puede tener tantas vidas como lectores. Un libro, es una biblioteca entera. Como esa que sin duda debe custodiar Goran Petrovic en su Kraljevo natal pero que ahora nos deja ver a todos. Jamás un libro cambió tanto los significados de los siguientes.

Este libro que hoy destripamos no sólo es capaz de emocionar. Es, como Mi legado, un libro capaz de unir a las personas unas con otras. Capaz de transmitir esa necesidad de comunicar las emociones que el hecho de la lectura te ha provocado y que, casi puerilmente, el lector lo coloque allá en donde quiera transmitir algo que lleva dentro. Es, en definitiva un legado que una de tantas personas con las que te cruzas me pasó una mañana. Y es, por conclusión, todo eso que te empeñas en transmitir a las personas que gustan por leer.

La Mano de la Buena Fortuna –brillante título, por cierto- es además un libro de tal complicidad literaria con el lector que una mala edición podría haber quebrado ese sentimiento. Sin embargo el editor ha logrado saber transmitir la magia del realismo literario de Petrovic y provocar momentos de ternura entre el libro en sí mismo y el lector. Debemos agradecer, entonces, a la editorial Sexto Piso su tremenda labor. Una editorial, por cierto, digna de ser ojeada de vez en cuando por la peculiaridad de sus títulos. Confieso que muchas de sus propuestas no son de mi agrado, al menos desde el inicio, pero su presentación es tan sugerente que anima a acercarse a la librería a comprobar in situ las cualidades de la novedad del mes. Sólo un reproche que hacer a la parte española de esta editorial hispanomexicana. Publiquen de una vez la otra novela de Petrovic traducida al castellano, Atlas descrito por el cielo, porque no todos podemos hacernos un viajecito a México cada vez que queramos hacernos con un ejemplar. Sin duda en esta obra de Petrovic se esconden lectores muy interesantes de conocer.

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martes, mayo 06, 2008

Invierno en Madrid, de C.J Sansom

Me encuentro en deuda con este blog, puesto que si pude lanzarme a leer Invierno en Madrid es justamente gracias y por gentileza de sus creadores. ¡Y no sólo esto! Encima han tenido la gran amabilidad de invitarme a participar en él. Así que, cuanto menos, tenía que hacer llegar mi opinión sobre este best-seller para completar la reseña que publicó Ottinger antes de la aparición de la versión en español de esta novela.

Terminé con él hace unos días, y tengo que decir que lo he devorado, a pesar de que no se trata precisamente de un libro corto.

A mí lo que me pasa con los best-seller es que no consigo deshacerme de la sensación de que el escritor está más pendiente de que me guste que de lo que venía a decir. Pero a pesar de esto, tengo que reconocer que he leído y, es más, disfrutado un montón de best sellers, entre ellos este.

Se trata, como indicaba la reseña ya publicada, de una novela de amor y de espías. Yo diría que de amor, sí, pero que los espías son un poco de pacotilla. Y justamente este es el encanto que tiene, porque los personajes son comprensibles, no como en la mayoría de novelas del género.

En 1940 Harry Brett es un profesor de español en Inglaterra y es reclutado por los servicios secretos para ir a Madrid y cumplir una misión. No se puede negar a ir, pero lo cierto es que no tiene ganas ningunas. Harry estuvo en Madrid en 1931 con su amigo comunista Bernie, que más tarde se hizo brigadista y fue dado por muerto durante la Guerra Civil. Los recuerdos que le trae Madrid son tristes, teñidos de pérdida. Los días de República vividos con Bernie, y después la desesperación de su segunda visita a Madrid: la búsqueda infructuosa tras desaparecer su amigo.

Pensó que tenía que deshacer la maleta, pero dejó que su mente regresara a 1931, a su primera visita a Madrid. Él y Bernie, ambos de veinte años, habían acabado cerca de la estación de Atocha un día de julio con sus mochilas a la espalda. Recordó que, al salir de la estación y dejar atrás el olor a hollín que la impregnaba, había visto bajo la luz radiante del sol la bandera roja, amarilla y morada de la República ondear en el ministerio de la acera de enfrente, contra un cielo azul cobalto tan brillante que lo había obligado a cerrar los ojos.

En 1940 su llegada es muy distinta. Se tiene que encontrar casualmente con Sandy Forsyth, excompañero del colegio y actualmente empresario acomodado, simpatizante del régimen franquista, y averiguar qué hay de cierto en los rumores que hablan del descubrimiento de una mina de oro cerca de Madrid. Gran Bretaña está manteniendo un duro bloqueo y todas sus artimañas diplomáticas para evitar que España entre en la Guerra, y el acceso del gobierno a grandes cantidades de oro podría hacer que Franco decidiera respaldar a Hitler.

Esta misión de aprendiz de espía resulta arriesgada pero aparentemente sencilla. Sin embargo, el reencuentro con Barbara, la novia del brigadista desaparecido, y conocer a Sofía, hija de un republicano muerto tras la Guerra Civil, llevará a Harry a conocer el Madrid que hay más allá de la embajada británica y el barrio en el que vive Sandy. Un Madrid que vive hundido en la miseria, el miedo y la represión.

La miseria de post-guerra, que nos contaron los abuelos, los campos de prisioneros, la iglesia represora, vengativa y mezquina, la débil resistencia, velada y atemorizada, apenas susurrada, incluso los diplomáticos británicos haciendo descaradamente el juego a los sectores monárquicos del régimen,… tengo la sensación de que el retrato del momento está muy logrado.

En la plaza del pueblo había unos grandes carteles de Franco en todas las agrietadas y despintadas paredes, con los brazos confiadamente cruzados mientras su mofletudo rostro miraba el infinito con una sonrisa en los labios. ¡HASTA EL FUTURO! Harry respiró hondo. Vio que los carteles cubrían otros más antiguos cuyos bordes destrozados asomaban por debajo. Reconoció la mitad inferior del viejo lema ¡NO PASARAN! Pero habían pasado.

Seguro que mis buenos amigos matritenses van a disfrutar aún más que yo de este libro. Creo que encontrarán en él un Madrid que fue, y que en parte, seguramente, sigue siendo. Supongo que Madrid también tenía derecho a su “Sombra del viento”.

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viernes, mayo 02, 2008

Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal

Por Eva.

Estoy a medio leer Invierno en Madrid, pero aprovecho un viaje en tren a Córdoba y a Madrid para leer este libro. El criterio de elección es pobre: creo que se ajusta el balance peso/horas de lectura para el viaje que realizo. ¡Y me equivoqué de muy poco!

La foto del autor en la solapa del libro me impresiona. Tiene el rostro envejecido y severo, las manos fuertes con dedos gruesos. Aspira intensamente, un poco desesperadamente, un cigarrillo y mira fijamente algún punto que está a la izquierda de la cámara. Pienso en que me resulta extraño ver las manos de un escritor.

Leo en la misma solapa que murió a los 83 años, ya senil. Se cayó del quinto piso del hospital en el que se encontraba mientras daba de comer a las palomas. Me parece un detalle acojonante, no sé muy bien por qué. Empiezo el libro casi con nervios. Tengo la sensación de que Hrabal tiene mucho que contarme.

Se trata de una novela muy breve, casi un cuento largo, pero relleno de personajes entrañables y divertidísimos. Un hipnotizador que intenta parar a los tanques alemanes cuando entran en el pueblo: ¡dad la vuelta y regresad!; un factor de estación mujeriego, pícaro y vividor que estampó todos los sellos de la estación en el trasero de la telegrafista, haciendo que se abriera una investigación; el jefe de estación que sólo se lleva bien con sus palomas y que cuando se enfada grita desde el segundo piso para no tener que decir las cosas a la cara.

En 1945 Milos es aprendiz de factor de estación. Casi toda la acción del libro se desarrolla en una pequeña estación de tren en Checoslovaquia, alrededor del aparato de telégrafo, las agujas y las vías, los semáforos estropeados y el palomar del jefe de estación.

Milos se reincorpora al trabajo en la estación después de los meses en los que se ha estado recuperando de su intento de suicidio. Se cortó las venas porque aquella noche en la que se tenía que convertir en un hombre, escondido con Masa debajo de la manta del estudio fotográfico de su tío, dio un nuevo sentido al cartel de la entrada de la tienda de revelado: en cinco minutos, listo.

Los trenes rigurosamente vigilados son los que circulan llevando soldados y armamento alemanes, hacia el frente, o de regreso a casa. De este a oeste, por las vías 2, 4, 6, 8, 10 y de oeste a este por las vías 1, 3, 5, 7, 9.

Los alemanes eran unos locos. Yo también estaba un poco loco, pero a mi propia costa, en cambio los alemanes estaban siempre locos a costa de los demás.

Ninguno de los trabajadores del ferrocarril siente demasiada simpatía por los alemanes, pero la resistencia tiene muchas formas, incluso para Milos. La del joven ilusionado e ingenuo, la del mordaz vigilante de trenes, la del hombre que arriesga su vida.

Cómo se lo hace Hrabal para mezclar en tan pocas páginas tanta ternura, ironía mordaz y un drama tan grande, no me lo preguntéis a mí, porque todavía no lo entiendo. Corred a buscar el libro, porque merece la pena.

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lunes, abril 28, 2008

Brooklyn Follies, de Paul Auster

Una y mil veces repetido, Brooklin Follies prometía ser el encuentro del auténtico Auster con los lectores que tanto le reprochaban sus anteriores novelas. Así me lo compré yo, así se lo di a la gente y así me ha ido:

La verdad es que Auster siempre me ha perecido un autor para desengrasar. Después de ciertos libros te sientes agotado. El esfuerzo por lograr acabar y entender ese libro que uno tiene entre manos agota al más pintado, que termina necesitando la asistencia del Sr. Auster para recorrer un camino por el que ya se ha pasado. Porque no hay nada más parecido a un libro de Auster que otro libro de Auster.

El caso es que habiendo terminado ya hacía un tiempo la novela de Littell, con las consabidas consecuencias, los libros que aparecieron a continuación no dejaron de remitirse al voluminoso bodrio sobre la 2ª Guerra Mundial. Esperando a los bárbaros pasó inmediatamente a continuación por las manos del que esto escribe, y un Coetzee tan poco inspirado como terco en su propósito de parecer muy reflexivo no fue la mejor elección. Littell consiguió arruinarme la lectura del Nobel africano. Tras él, sólo el libro de un cuentista catalán logró rehabilitar el hábito de la lectura. Sin embargo, la brevedad de los maravillosos cuentos de Calders –de los que daremos cuenta- me impidieron terminar de sanar.

Cambiamos de registro y nos metimos con ensayos, libros de viajes y hasta el cómic. Pero la verdad es que nada de aquello lograba hacernos olvidar el intento frustrado de ese escritor mediocre. A situaciones urgentes, medidas desesperadas y, aunque había jurado y perjurado tras la lectura de El libro de las ilusiones que me pasaría más de un año sin tocar nada de Auster, corrí a la librería y cogí con las dos manos Brooklin Follies. A ver si funcionaba.

Los libros de Auster, me temo, son para mí como aquéllas novelillas de misterio, en donde se sabe quién es el asesino justo en el primer capítulo, que lee mi madre tras finiquitar aquéllos títulos que la regalo insistentemente. “Hijo, déjame un poco de descanso y luego sigo con el próximo”. Pues eso. Auster es el lugar de descanso del guerrero.

Y me había jurado no leer más de él durante un año porque con El libro de las ilusiones me terminó por desesperar. Según leía ese libro, me daba la impresión de que el autor estadounidense estaba haciéndome un refrito de las anteriores novelas. Siempre una experiencia con la muerte, siempre unos límites ajenos al protagonista que impiden que las cosas se sucedan con normalidad, siempre inesperados encuentros y, como decía mi profesor de Estadística en la Universidad, siempre un poquito de sexo. En el caso de Auster un folleteo triste y humillante. Pensaba que ya había leído el libro, pero no. Resulta que no era un refrito de novelas pasadas… ¡lo era de las futuras! En El libro de las ilusiones Auster nos cuenta exactamente la que sería años después su segunda película como director, la reciente La vida interior de Martin Frost. Pero también te insinúa el del último libro suyo publicado en castellano Viajes por el Scriptorium. Un espectáculo este señor. Vale que siempre nos cuente lo mismo, y que eso mismo sea exactamente lo que le sucedió a él durante su vida. Vale que sea el Rey de las casualidades, poniendo a los personajes en las situaciones más estrafalarias para que todo, de repente, se finiquite con una sucesión de casualidades determinante. Pero todo lector tiene un límite.

Llevamos un rato hablando y aún ni una palabra de Brooklin Follies. Bueno, ¿cómo lo diría? Aficionado Auster como es a colocar señales en sus libros, a que la casualidad te adelante acontecimientos futuros, diremos que lo fui leyendo en el autobús. Perdido en su lectura llegué a la parada y me apoyé en un árbol cercano para continuar leyendo. En ese momento, un sublime acto austeriano tuvo lugar y con su libro como protagonista principal. En ese momento, un pájaro que estaba encima de mí me cagó en el último párrafo de la página 35. Justo en el hueco en blanco que el final de la línea deja antes de llegar al 35. No era una casualidad. Era una señal de lo que iba a ser el libro: una mierda.

Debí de hacer caso al pájaro y cerrarlo en la misma parada, con la cagada dentro y sin el mayor de los escrúpulos. Pero no, decidí limpiar mi, por lo demás, pulcro ejemplar y continuar con su lectura. En menos de una semana quedó finiquitado y sí, sirvió para desengrasar. Que me lleven por una historia sin interés, sin opción moral ninguna y alejado de las rutas literarias más básicas. Que me lleven a un lugar donde la trama va a quedar irremisiblemente finiquitada en la mente del lector al poquito de comenzar. Que haya experiencias cercanas a la muerte, límites ajenos al protagonista, inesperados encuentros, sexo triste y humillante, casualidades increíbles. Como cuando te encuentras a tu vecina la cotilla entrando o saliendo de casa cada vez que bajas tú las escaleras. Sí, vaya casualidad. Que te lleven a todo eso viene bien. Has leído algo tan evidente que tu mente se ha despejado y ahora está deseosa de algo bueno. La vecina del quinto te sigue atrayendo, pero necesitas a la cotilla de vez en cuando para pensar que todas las mujeres son bellas cuando la juventud y el dobladillo de la falda aún no las han maltratado. Ya no quedan más benévolas que te marquen cada escena. Ahora te vuelve a gustar leer y estás contentísimo por todos esos libros aún sin leer que te aguardan en la repisa de tu casa. Hoy, el método de lectura vuelve a cobrar sentido porque te apetece. Hoy, se habrán acabado los autores que te traicionan y que te hacen perder el tiempo.

A decir verdad, la estrategia funcionó a las mil maravillas y la novela –ya lo adelanto- de Rafael Reig, La fórmula omega, fue brillante. Menos mal que no nos la cagada del Littell no llegó hasta aquí, porque eso sí que no lo hubiera perdonado jamás.

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lunes, abril 21, 2008

El Prado de Fernando



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miércoles, abril 16, 2008

Aria, de Pjotr Sapegin

Pjotr Sapegin realizó este corto de animación en una revisión muy especial del clásico de Puccini "Madame Butterfly". Siento que en algunos tramos sufra pequeños parones. No he encontrado una versión mejor.

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martes, abril 15, 2008

35 años de la muerte de Nino Bravo



Hace ya 35 años de su desaparición en un accidente de tráfico cuando viajaba de Valencia a Madrid, y hoy, como tributo a su voz, quisiera rendir homenaje a Nino Bravo con esta canción "Puerta del amor", cuyo videoclip está rodado en El Retiro. Va por ti, Nino