20 de agosto de 2007

La suerte de Jim, de Kingsley Amis


Si alguien estudiara la pérfida relación entre el azar y la buena literatura -¡qué tema para una Tesis!- debería acercarse a ver mi caso. Últimamente me encuentro ante la visión de que mi criterio de elección cuando entro en una librería es nefasto. Aquellos libros que escojo premeditadamente resultan un fracaso y, sin embargo, aquellos que elijo casi por casualidad, como aparecidos por obra y arte de alguna deidad literaria, resultan brillantes e imprescindibles al extremo. Casi estoy pensando en trazar una línea imaginaria en mi librería habitual, escoger 10 libros al azar y tirarlos por los aires; los que caigan a la izquierda se vienen conmigo, lo de la derecha se quedan en la librería. Ya comenté la impresionante visión que dejó en mí el libro Carnaval de James Thurber, el humor del mismo contrastaba con la estupidez de nuestro primer encuentro. Otro tanto me ha pasado con La suerte de Jim de Kingsley Amis. Es que últimamente parece que la buena literatura me escoge a mi mismo y no al revés.

Este no es un libro que hubiera elegido de haberlo visto la primera vez. La verdad es que mi -des-conocimiento sobre el autor sólo residía en dos cosas fundamentales pero que a la postre resultaron tan inútiles como el editor de Lucía Etxebarría, a saber; que K. Amis había escrito algún libro de la serie de James Bond y que, sin relación causal alguna, había tenido un hijo, también escritor, llamado Martin Amis que, quizá por mayor cercanía generacional, era al que conocía de oídas, que no de lecturas. A través de su hijo también conocía que el viejo Kingsley comenzó siendo muy comunista –rojo, pero muy rojo, rojo, de los de Stalin y demás- pero que, escandalizado por la invasión soviética de Hungría en 1956 hizo un giro radical y se pasó directamente a la derecha. Este hecho, según Martin, no fue óbice para que papá Kingsley siguiera siendo un stalinista con su hijo y le torpedease su vida hasta el punto de que éste escribiera Koba, el temible, una biografía de Stalin en la que éste es su padre y su padre es a su vez Stalin. O quizá no lo comprendí muy bien, pero lo mismo da.

Me encontré con el libro en la sección inadecuada de la librería, cerca de los títulos sobre la Ley de Murphy, las obras maestras de Gomaespuma y una tal Ironside que no quería hacer Aquagym –fuese lo que fuese eso. Estaba claro que el libro era una reedición pues exceptuando a Osho nadie saca libros después de muerto. La breve sinopsis de la contraportada no atraía en absoluto pero había prisa y necesitaba tomar decisiones. Puestos a equivocarse por lo menos leer algo de un inglés, así que pagué el precio que me pidieron por él y carretera y manta. O mejor, bañador y piscina matritense.

La estructura de la novela es bien sencilla pero, al tiempo, me recuerda a esas típicas novelas inglesas que nos hacían leer en clase de inglés. Una composición del mundo bastante clásica, de aquellos quienes viven tranquilos, sin apenas preocupaciones. Reconozco que me empecé a aburrir al principio, según pasan las pistas que te van a hacer entrar en el mundo novelesco de Jim, pero me agarré a la experiencia de libros como el del soldado Iván Chonkin que empezaban igual y terminaban con una catarsis digna de ser conocida. A las pocas páginas empecé a demostrarme que estaba en lo cierto. El protagonista es Jim, un profesor adjunto al departamento de Historia de una Universidad de medio pelo de una ciudad inglesa de medio pelo. Es un ser ruin a más no poder, da clases de Historia Medieval –algo que detesta con todas sus fuerzas- sólo porque le pagan por ello cuando se supone que debería sentir pasión por su trabajo. Vive atrapado entre el bostezo más absoluto que le produce su jefe, el director de departamento, y la sensación de que está abocado a ser presa de matrimonio de una manipuladora sentimental de primer orden. Es consciente de que, de ir bien las cosas, estará metido en este círculo vicioso que detesta y del que no tiene fuerza ni voluntad para salir. Y la única solución posible sería que le despidieran a final de año –fecha que se acerca irremisiblemente- lo que le produce aún más terror al verse volviendo a casa sin trabajo y con la única posibilidad de enseñar en un instituto más aburrida Historia.

Las relaciones sociales que tiene giran entorno a la vida universitaria y, en concreto, a su jefe. Cualquier doctorando podrá descifrar en el director del departamento de historia al que pertenece a Jim las claves para identificar a distintos profesores universitarios de todas las épocas. Gente que no se escucha más que a sí mismo, que piensan que sus conocimientos son lo más interesante que existe en el mundo y que, por eso, han de difundirlo con todas sus fuerzas y con el mejor gusto posible, además de obligar a todo el que se encuentra por el camino a hacer lo que ellos consideran correcto. Jim, fiel a su mezquindad, es incapaz de hacerle callar y se conforma escupiendo insultos por lo bajinis de camino a la tediosa charla para “obtener al final del todo un saldo positivo a su favor”. Saldrá jodido de todas las conversaciones, pero al menos le queda el recurso moral de saber que antes ha sido él quien ha insultado. También en este ambiente se mueve su chica, de la que Jim sólo sabe a ciencia cierta que no sabe si es exactamente su chica. Acaba de intentar suicidarse por culpa de un ex-novio y Jim queda atrapado dentro un chantaje sentimental de primer orden, pensando que si fuera capaz de reunir fuerzas y dejarla, ella volvería a tratar de matarse. Todo hace indicar que le tiene cogido por los sentimientos de culpabilidad, lo que le conduce a una relación en la que no quiere estar pero de la que no puede salir, y él lo sabe. Jim sólo quiere pasar inadvertido y que le dejen en paz con su vida, cosa harto complicada pues cuando logra deshacerse de su jefe y evita las citas con la torpedera sentimental tiene que hacer frente a un estudiante resabidillo, de hombría mayor que la suya y que domina mucho mejor la jerga medieval de lo que él será capaz jamás. Su sentimiento de inferioridad va camino de superar records, por irónico que esto parezca.

La buena vida de Jim irá transcurriendo por distintas situaciones en las que su no saber estar a la altura de la situación social que se le presenta provocará un continuo declive en su carrera profesional al tiempo que una clara sombra de aniquilamiento sentimental. Pero es divertido ver cómo un mezquino se hunde y, aunque el pobre de Jim nos cae bien, todos pensamos que lo que tiene se lo merece por ser tan capaz de convencerse a si mismo de que las cosas podrían ir aún peor. Para que Jim nos pueda caer tan bien Kingsley lo enfrenta a dos personajes, el del hijo del director del departamento, pintor y pedante a partes desiguales, y el de su novia, joven londinense de aires altivos, que acompaña la pedantería de su pareja de una manera brillante. Ambos caen tan mal “que no se entiende cómo se pueden soportar el uno al otro”. Pero la vida da muchas vueltas y, como dice el título del libro, Jim tiene suerte y gracias a ella tenemos historia que disfrutar con la carcajada en el aire. No se me pongan a leerla en el metro que yo lo pasé muy mal riendo como un imbécil en mitad del túnel.

Pero Amis no sólo creó con esta novela una historieta de humor británico, sino que la manera de contarla, la creación de la atmósfera precisa con pocas palabras, el uso de la ironía por el mismo narrador y, por qué no decirlo, la mala leche del mismo, es un elemento más a disfrutar. No se pueden perder la escena de la salida del baile, propia de un relato de misterio del gran Chesterton, o la delirante escena de la conferencia sobre la “Vieja Inglaterra”, casi uno puede sentir que la catarsis está próxima sólo con la descripción de la escena. Se nota que Amis fue uno de los importantes escritores de mediados del XX en Inglaterra. Además, logra eso que es tan difícil de hacer, la creación del humor visual con un lenguaje literario de importancia provoca la tensión en el lector, como aquél que espera el final del chiste riéndose de todo lo que le van contando. Cada poco que se profundiza en tal o cual personaje, Amis nos hace entender que las situaciones cómicas recién pasadas eran más divertidas aún si caben. Es como aprender a reírse del chiste leído hace veinte minutos. Lo disfrutas dos veces, la vez que lo entiendes y la que profundizas sobre él.

Con todo esto no me extraña que sea la novela más importante de un Amis que, por extraño que parezca, se pasó luego a la ciencia ficción –la literatura distópica le tiene en gran estima- y a la escritura de guiones televisivos y cinematográficos junto con las novelas de James Bond. La relevancia del personaje de Jim fue tal en la vida de Amis que, cuando éste dio el mencionado giro desde el stalinismo hacia la derecha inflexible en lugar de poner el intermitente lo hizo publicando sus motivaciones bajo el título de Why lucky Jim turned right (Por qué el afortunado Jim se convirtió a la derecha). Pero este es otro libro y, por tanto, otra historia.

4 comentarios:

  1. Lo que más impresiona de todo esto, Situacionista, es que la historia,los personajes, a juzgar por lo que nos cuentas de ellos, son la vida misma... Has conseguido despertar mi curiosidad, tomo nota para una próxima lectura. Sobre todo considerando el matiz humorístico que le da el autor, según dices. Que no está una ahora para muchos dramas... Aunque en el fondo, la historia y los personajes, no dejan de ser trágicos. Un saludo.

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  2. Lee, Raquel, y verás como de trágica la historia no tiene nada... el ser miserable, ruín y, sobre todas las cosas, aburrido está al orden del día. Más que triste, cotidiano.

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  3. Sí, eso es lo que se deduce de tu post. De ahí que comentara que historia y personajes son la vida misma. Lo leeré seguro, lo dejo pendiente para cuando termine Le Beau Inconnue. Otra cosa que se me ocurre es que esta novela puede tener tirón cinematográfico, quizás haya algún director interesado en ella...
    Un saludo.

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