Por Enrique Herrero

En marzo de 1961, Ava Gardner, el general Juan Domingo Perón y el notario Blas Piñar vivían en el mismo edificio en la calle del Doctor Arce número 11, aunque repartidos por tres pisos diferentes como fácilmente se comprenderá, ¿verdad?
La revista «Gaceta ilustrada» quería, indistintamente, reportajes de la Gardner y de Perón. El fotógrafo Luis H. Calderón y yo nos instalamos enfrente de la casa y estuvimos esperando varios días hasta que apareciese nuestra primera presa, que sería Ava Gardner. Una tarde salió de su portal vestida para jugar al tenis. Iba acompañada por Luis Figueroa, entonces conde de Quintanilla, y por su secretario, un tal Mr. Gallagher que había trabajado anteriormente para Tyron Power hasta que éste muriera a consecuencia de un infarto durante el rodaje de «Salomón y la reina de Saba» en un patio de los Estudios Sevilla films, enclavados en la avendia de Pío XII. Ava se dirigía a la lujosa mansión que el millonario Frank Ryan poseía en La Moraleja. Calderón y yo saltamos la valla de la finca y arrastrándonos llegamos hasta cerca de la pista de tenis, camuflados entre las matas pudimos captar, sin ser vistos, cuantas fotos nos dio la gana. Mientras oíamos los gritos, las risas y alguna que otra palabrotona que la bella mujer soltaba si perdía la pelota.

De Serrano al Viejo Madrid
En Serrano se hallaba el bar «Roma» y, más abajo, «Embassy» en la Castellana; eran favoritos a la hora del aperitivo y después en la merienda. En el «Roma» se mezclaban los hombres de negocios que iban a picotear por el Ministerio de Comercio con las «niñas topolino» que se exhibían con más recato que frescura pasando por la calle Serrano. En «Embassy» florecían las señoras enjoyadas y ensombretadas a la hora del té, pero lo sorprendente era que en ese establecimiento durante la II Guerra Mundial salvaron el pellejo muchísimos judíos gracias a Margarita Taylor, su propietaria que llegó a tenerlos escondidos entre las paredes. Allí se alternó el espionaje con el pudding y las pastas. Los salones de té estaban en boga. Mencionaremos dos: «Loto» y «Coto», situados uno, en una esquina de Recoletos, y otro emplazado en un chaflán ajardinado de la Plaza de la Libertad, junto a la bolsa. Los madrileños solían corear: ¿Cuáles son los lugares más cursis de Madrid? Y respondían: «Coto, Loto y Gutiérrez Soto». Don Luis, un conocido arquitecto identificado con el estilo expresionista a finales de los años veinte, en los cincuenta militaba en los cánones más propagados del momento y, por lo tanto, apastelaba sus fachadas y terrazas-jardín en demasía.

En Madrid destacaban, principalmente, «Valentín», que regentaban Félix Fernández, «El Chuleta»; «Mayte», donde su dueña gobernaba en todos los rincones: María-Teresa Aguado, una pasiega muy lista que había llegado de Santander con una mano delante y otra detrás, y que acabó levantando ella sola su mito; «La Bola», propiedad de los hermanos Verdasco en cuyo ámbito brillaba Antonio, el mayor de todos ellos, por su casticismo y alegría, y «El Callejón de la Ternera», donde sobresalía la agradable y gordinflona sonrisa de Manolo Jiménez, que mantuvo siempre como culto la mesa favorita de Ernest Hemingway, conocida como «el rincón de D. Ernesto».
Más popular que Times Square
Otro restaurante de mucho público era «Casa Botín», que llegó a rivalizar con la neoyorquina Times Square dada la afluencia de turistas americanos que lo frecuentaba. Antonio, el dueño, siempre tenía una mesa para sus amigos. El día que llegó George Sanders (el de «Eva al desnudo») cenamos allí con la publicista Lois Weber y me sorprendió que hablara un perfecto español con acento tan porteño, debido a sus años de permanencia en Argentina. Era fácil comprender que «Jockey» y «Horcher» se hallaban en otro plano invulnerable que no participaba del ruido.
La Cervecería de Correos era bien concurrida. Pegada a La Cibeles, la clientela podía dejar aparcados sus coches en la misma puerta; por allí aparecían las modelos de Pedro Rodríguez, con la huesuda Vicky a la cabeza, porque el modisto tenía su taller frente por frente. Era corriente ver a Alfredo Di Stéfano -entonces gran jugador de fútbol en plena forma-, acomodado al final de la barra, junto a la pared, tomándose unas cañas depués de un duro entrenamiento, acompañado entre otros por su gran amigo Cuqui Comas. Un poco más arriba se hallaba el café «Lion de´Or», aposento de una peña literaria a la que pertenecían José María Cossío, Antonio Díez-Cañabate y Sebastián Miranda, entre otros.

Había que oír y ver el estruendo que levantaba el célebre «Chiquito» (Antonio Díez de Gainza), descamisado hasta la cintura en invierno, dándole al puño de su apabullante moto Harley-Davidson, con la que se recorría la Gran Vía en un santiamén, al tiempo que era saludado por los «guardias de la porra», antes llamados cariñosamente «guindillas», mientras los peatones le observaban asombrados. «Chiquito» aparcaba la moto en la acera, tal como hacen ahora los mensajeros aunque él lo hacía con más estilo, y se metía en «Chicote» o en «El Abra», saludando al personal y preguntando si habían visto a Antonio Rey, otro de los grandes protagonistas, tanto de día como de noche, de aquel Madrid que estaba para morirse de gusto.
Después se preparaban para «hacer la noche». En el ínterin, los teléfonos de los asiduos chirriaban sin cesar. Las disposiciones vigentes, afortunadamente, no podían controlar el trasiego misterioso lleno de sorpresas que se avecinaba.
(Continuará...)
Muy curiosa esta crónica, me hace pensar porque habla de personas influeyentes que vivían la sensación de dominio, de ser los únicos y de pertenecer a una élite para la que el franquismo era un coto exótico y bárbaro en el que sentirse arropados. Me hace pensar.
ResponderEliminarBesos
La verdad, aquello de lo que habla el autor siempre me resulta extraordinariamente frívolo. Gentes madrileñas y de fuera divirtiéndose en un Madrid azotado por el fascismo más ramplón. No deja de ser Historia de una ciudad a la que amo. Lugares que, aún hoy, son frecuentados por todo el que quiera y que llenan en parte mi alma matritense.
ResponderEliminarSi me tengo que quedar con una anécdota de aquel Madrid perdido de la posguerra me quedo con la visita de Hemingway a la casa de Pío Baroja cuando el premio nobel le fue concedido al norteamericano. Éste, sentado al lado de la cama de un enfermo Baroja, humildemente le dijo "el premio se lo debían haber dado a Ud.". A lo que Baroja contestó "lárguese de aquí, borracho". Baroja murió a los pocos días.
Gentes que venían a divertirse a un Madrid fascista como se compran ahora casas en Namibia o se iban antes de expedición a la selva.
Que les entretenga su puta madre.
En realidad la historieta que nos cuenta el autor sobre ese Madrid idílico, de fiestas, glamour, toreros persiguiendo a mitos del cine, cataores alternado con el Welles… y demás, no deja de reflejar que a esa ciudad del fascismo persecutorio de mitad de 1950 a 1960 (la posguerra quedaba ya un poco lejos) aspiraba a coger algo de brillo en esa farándula que venía, no sólo a entretenerse, sino a dejar sus dineros. Especialmente si tenemos en cuenta que este despliegue de Hollywood en suelo patrio no deja de coincidir con la entrada en oficial en la órbita de los EEUU, que se culminó con la visita a suelo patrio de Eisenhower, en su reconocimiento a Franco por su persecución del comunismo y dándole como regalo su particular Plan Marshall. Concesiones de crédito, inicio de la integración en algunos organismos… cuestiones sobre las que podríamos decir mucho, sobre todo en lo relativo al acostumbrado respaldo de EEUU a dictaduras favorables.
ResponderEliminarMe temo que el establecimiento en Madrid del modelo de vida más retratado (y de los estudios para seguir haciéndolo) del mundo era cosa más compleja que la mera adquisición de una vivienda en Namibia, como hace ahora la Jolie.
Como anécdora, existió un intento previo fue el de Evita, en su visita a finales de 1940, cuando intentó, además de conseguir una alianza entre dictadores (dejando una buena cantidad de dólares) dar un cierto esplendor al Madrid de la posguerra. Cosa que no consiguió en España pero que logró con bastante éxito en el Paris de la Posguerra Mundial.
que tiene de magnético, que un tio se haya tomado una copa en un bar, o haya meado en un arbol, para que muchas personas,tiempo despues vayan en peregrinacion, al sitio...a ver el lugar donde un tio estuvo, o meo, o le dio un retortijón,... es una cosa que siempre me pregunto.... y lo dice uno que ha estado en monmatre buscando la tumba de morrison....
ResponderEliminarNo se si veo aquella época como reflejo del caudillismo, me explico, y como mera anécdota. "Chicote" servía más de lugar de reunión para los perseguidos por el régimen, sitio en el cual podía comprarse prensa del exilio y algunas medicinas que eran inaccesibles para el resto de españoles, etc. Sólo es un botón de la muestra insisto.
ResponderEliminarY por otro lado coincido con Ottinger en que quizás sin el glamour dejado por el farandulerismo en general,Madrid, en posguerra, hubiera sido aún más gris.