14 de enero de 2008

El Desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut

Escribimos la anterior reseña de un libro de Kurt Vonnegut sencillamente porque estábamos deseando escribir ésta sobre El desayuno de los campeones. Lanzarnos a escribir sobre Matadero 5 o La cruzada de los inocentes era la invitación que necesitábamos para arrojarnos sobre la estantería y recorrer las páginas de esta genial obra del autor estadounidense.

A nadie en su sano juicio le sorprendería este libro. Vonnegut lo escribió para todos lo que no lo están, para todos aquellos que ven en la vida y en la literatura –y básicamente en todo lo que se tercie- un inmenso juego en el que merece la pena divertirse. La costumbre de Vonnegut de escribir introducciones en sus libros, donde explica por qué ha escrito el libro o por qué ha tardado tiempo en sentarse en su mesa de escritura, ayuda a que cualquiera que se adentre sepa con lo que se va a encontrar. Nosotros sencillamente nos rendimos cuando Vonnegut dijo “A mis cincuenta años estoy programado para comportarme como un niño: reírme del himno nacional de mi país, garabatear con un rotulador banderas nazis, culos y muchas otras cosas. Para que se vayan haciendo una idea de la edad mental de las ilustraciones de este libro, he aquí un dibujo del agujero de un culo:

Ante dibujos así, es difícil resistirse, y Ud. sólo puedes hacer dos cosas, temblar de miedo por lo que van a hacer con Ud. o pasarse a su bando. Vamos, como la vida misma. O mejor, porque esta vez sí que tenemos bando y estamos convencidos de que llevamos la razón por delante. Muy por delante. De hecho estamos tan lejos de la razón que ella es para nosotros un puntito en la lejanía. Y el surrealismo es lo único que te queda en la vida. Y las teteras te dicen que te quieren. Y hay siempre una señora dispuesta a darte un beso de tornillo. Y no sabemos por qué, pero nos he mos acordado de Gómez de la Serna disfrazado de negro.

La novela tiene un doble hilo narrativo. Por una parte está el psicótico de Dwayne Hoover, del que Vonnegut dirá ya al comienzo que se va a volver loco hacia el final de la novela y que la culpa de esto va a ser del segundo hilo narrativo, Kilgore Trout, el escritor de ciencia ficción de serie B que aparece siempre en las novelas de Vonnegut –y haciendo comentarios en este blog- y que, en esta ocasión, ha escrito un libro muy peculiar. El libro de Trout está escrito como la carta que Dios manda a la única criatura de este mundo a la que decidió conceder el libre albedrío. Para ella creo las montañas, los ríos, el mar, las infinitas criaturas que hay en la Tierra, al resto de los seres humanos. Dios creó para esta criatura un ser como el humano, capaz de dotarse de una Historia para que su criatura tuviera un pasado. Todo, absolutamente TODO, fue creado para que su criatura se pudiera comportar con el libre albedrío que le diera la gana. Ella era la única que no estaba predestinada por Dios. Y esta criatura surgida del libro de Kilgore Trout se llama Dwayne Hoover. Se pueden imaginar el follón que le va a sobrevenir al bueno de Dwayne cuando lo lea.

Pero realmente en las novelas de Vonnegut el hilo narrativo no importa. En Matadero Cinco éste resaltaba por lo inexistente. Y es probable que meses después de haberlo leído cualquiera haya podido olvidar su final –que no el libro en sí-, pues carece de importancia para todo lo que en él se cuenta. Lo mismo pasa con El desayuno de los campeones. La narración es sólo la excusa de Vonnegut para ponernos frente a un espejo, desnudarnos, golpearnos y que aún así queramos seguir riéndonos con él. No hay invento de la vida moderna, prejuicio adormilado en nuestra mente o miedo atroz que Vonnegut no zarandee y satirice. Está claro que él escribía el humo de nuestras cenizas y ante eso sólo podemos reconocerle lo inevitable: estamos en sus manos desde el mismo momento en que abrimos el libro.

Nos vamos a meter en los recorridos que tanto Kilgore Trout como Dwayne Hoover hacen para llegar a un punto predeterminado que Vonnegut ha escogido para enfrentarlos, para que tengan su encuentro y se justifique la novela. Por el camino iremos conociendo más del pasado y del futuro de ambos personajes así como su situación presente. Vonnegut emplea una técnica narrativa singular. Y es que todos los personajes que conocemos, por muy secundarios que sean para la trama, tienen una personalidad definida y un pasado que nos es presentado siempre por el autor, de la manera más clara y más directa. Esto, revelará Vonnegut en una de las paginas, no es sino una opción de escritor que convierte a cada personaje en persona, en ser humano que no ha de ser utilizado por nadie –esto es, por el escritor- para un fin –el de contar una historia. Brillante Vonnegut nos pone ante una obra de arte cuyo mensaje es precisamente ese: todo el mundo es importante y lo que sobra es la sociedad, el mundo del progreso y la fealdad de una vida malgastada produciendo y produciendo. La lectura, por otra parte, está salpicada de ilustraciones en ocasiones innecesarias en ocasiones imprescindibles. Muchas de ellas son verdaderos poemas postmodernos que hacen que la narración de Vonnegut sea aún más disfrutable.

Las probabilidades de que Vonnegut nos sorprenda en cada párrafo son impresionantes. Sólo el lector que esgrima aburridas corbatas y que se enclaustre en sus concepciones morales por miedo a perder lo que no tiene sentirá que le han engañado. Vonnegut libera al ser que hay en el interior de quien lo lee, le provoca nervios histéricos y le hace reír como todos los días quisiera reír. Puede que debiéramos hacer mención a la estructura de la novela, proponer un interesante análisis sobre por qué debieron haberle dado todos los premios habidos y por haber, así como la presidencia del gobierno de Estados Unidos si se tercia, pero me temo que nos falta voluntad. Nos falta porque la novela se ha leído sólo una vez, y no queremos sentirnos como una pieza más del engranaje cuando repitamos, que repetiremos. Porque queremos que en cada momento de la relectura, Vonnegut siga saliendo de la esquina gritando: “¡te pillé!”. Porque aún hoy perseguimos a los libreros de lo viejo en busca de las últimas ediciones de su obra –hace ya tanto tiempo que son casi inencontrables. Porque leímos Un hombre sin patria en menos de una hora, nada más acabar El Desayuno de los Campeones y riendo abiertamente en público, despertando con nuestras carcajadas a los demás viajeros de aquél autobús Bilbao-Madrid.

Una manera de demostrarnos que arriesgarse en literatura es imprescindible para causar emoción. Tantos libros aburridos, tostones donde sólo la historia no justifica el uso indiscriminado de papel provocan que cuando llegue alguien que arriesga, y que además lo haga con tanta intención, la mente lo agradezca. Quemen todos sus libros, olvídense de lo que hasta ahora han aprendido. Vonnegut les regala 269 páginas en donde nada va a quedar a salvo. Ningún libro volverá a ser el mismo entonces. Entenderán que Kafka no era el bueno, que el bueno era Melville. Que el Manga es aburrido y Forges lleva más razón que el roto. Que los sueldos son bajos porque sus jefes quieren cambiar de coche. Que no hay derecho que obligue a trabajar hasta las 8 de la tarde. Que es mejor salir pitando que salir quemado. Y tantas y tantas cosas que jamás estarán de nuevo en paz consigo mismo ni con el mundo en el que viven. Pero que no les engañen los eslóganes. No estarán más en paz pero sí serán más felices. Porque habrán conocido a Vonnegut, porque ahora sabrán que detrás de cada tendero, de cada barrendero de su calle, de cada conductor de autobús, se encuentra el poeta que les dibuja en las páginas de El Desayuno de los Campeones, el loco que se piensa que él es el único con libre albedrío o el genio marginado que escribe novelas de ciencia ficción. Habrán descubierto que hay gente al lado suyo y que la vida no es manera de tratar a un animal.

13 comentarios:

  1. Está en mi mesilla de noche y estoy muerta de miedo. Entre otras cosas porque la portada es lo más horroroso que se ha hecho jamás en el diseño editorial (por lo menos en la edición que tengo yo). Argh!!!! Sobreviviré a esta lectura? Estoy deseando comprobarlo.

    Besos.

    ResponderEliminar
  2. eva, si tienes la edición de Anagrama que yo tengo entonces aparecerá un Nikc Nolte nada fotogénico -¿cuándo Nick Nolte ha sido fotogénico- y un Bruce Willis relamido. Es un fotograma de la desastrosa adaptación cinematográfica del libro de Vonnegut. Cuando lo leas te vas a preguntar "¿Como carajo se lleva esto al cine?"

    ResponderEliminar
  3. ¡Tienes la edición de Vintage! No te quejes, que la de Anagrama es muuuuuuuucho más fea. Las de Vintage al menos son estridentemente químicas.

    ResponderEliminar
  4. Impresionante crítica del libro. Apuntado en la lista de libros que se supone me tienes que pasar algún día, cuando vuelvias del exilio y terminemos con Las benévolas...

    ResponderEliminar
  5. Joder, es que lo de Las Benévolas tarda lo suyo. Con un poco de suerte las termino antes de volver del exilio. ¡Qué capítulos más cabrones que no se acaban nunca!

    ResponderEliminar
  6. Situacionista, como siempre dando en el clavo con tus comentarios, demostrando que Vonnegut tuvo una conciencia clara de que nada tenía sentido y de la inutilidad de buscarlo; siendo más provechoso sentarse, observar y reir ante la estupidez humana y la de uno mismo.

    Por cierto, a medida que iba leyendo echaba en falta una cita, la mejor de Vonnegut, pero al final he leído con alivio que la incluías (no fallas nunca, Situacionista!) y es que "Life is no Way to Treat an Animal" resume perfectamente la actitud ante la vida y ante la literatura de este genio.

    P.D: Eva tiene miedo de la portada, y los encorbatados contables temerán este libro, pero yo que soy un renegado temo, y sobremanera, a Las Benévolas. Ya ven, yo soy así.

    ResponderEliminar
  7. Ya, Kilgore, pero es que tú has leído a Pynchon.

    Pd. Tengo localizados otros dos de Vonnegut. No te digo dónde que corres más que yo.

    ResponderEliminar
  8. Aghhh! Al menos dime cuáles son para saber qué me voy a perder.

    Saludos desde Tralfamadore.

    ResponderEliminar
  9. Guau, qué bien. Estoy a punto de embarcarme en un trabajo sobre El francotirador... que doy por hecho que conocéis de sobra. Poesía; esa era la palabra para uno de los momentos para mí claves de ese libro, en el que el protagonista, aún niño, se percata de la culpa con la que va a tener que vivir a partir de ese momento:

    "Y entonces me morí.
    Pero no me morí."

    Voy a seguir leyendo por aquí...

    ResponderEliminar
  10. Lui Lu, muchas gracias por tu comentario. Los admiradores de Vonnegut nunca estaremos solos.

    Un abrazo y esperamos verte por aquí.

    ResponderEliminar
  11. Hola,
    dices cosas muy ciertas en tu revisión del libro de Vonnegut.
    Con tu permiso, linko tu post en
    http://lleixes.blogspot.com/search/label/Kurt%20Vonnegut

    Un saludo.

    David.

    ResponderEliminar
  12. Encantados de recibirte, David.

    Tienes todo el permiso para reseñar nuestra entrada sobre El Desayuno de los Campeones o cualquier otra que encuentres de tu interés.

    Un abrazo, y esperamos verte de nuevo por aquí.

    ResponderEliminar