6 de febrero de 2008

Las Benévolas, de Jonathan Littell

Hay montañas inalcanzables. Hay sueños que pervierten la tranquilidad del montañero retándolo a salir a la mañana siguiente. Hay mares de hielo que retan al hombre –y a la mujer- con ser surcados a pié. Hay Quintas Avenidas esperando a los héroes del descubrimiento de nuevos mundos. Y luego, para los que no son escaladores, está En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Se desprende de esto que hay una gran dosis de reto, esfuerzo y tenacidad en acabar la profusa obra del autor francés. Existe, en toda lectura de grandes –por su tamaño- obras, un componente de logro que hace que aquél que las termine sienta en su foro interno que ha conseguido un gran éxito vital. La mayoría de las veces, al reto en sí de la obra hay que sumar la distancia temporal que nos separa entre el momento en que se escribió la obra maestra y el momento en que se está leyendo. No cabe duda de que atreverse con la lectura de La Regenta, ahora que sus valores sociales quizás hayan cambiado, no es lo mismo que atreverse con Tu rostro mañana.

Pero hay obras que sus características le confieren un plus de peligrosidad. Son grandes, tremendamente grandes. Son actuales, de rabiosa actualidad que dirían nuestros periodistas de hoy. Pero también son un poco aburridas. Dentro de este grupo podemos encontrar Los pilares de la Tierra, de Ken Follet –y su continuación, me temo-; cualquiera de Vázquez-Figueroa; El señor de los anillos, de Tolkien –sí, los tres tomos; y –lo siento por Ottinger que aún no la ha acabado- Las Benévolas, de Johnatan Littell.

Confesemos que acudimos a la llamada del bestseller casi en cuanto salió a la venta. La mercadotecnia de la literatura tiene estas cosas, y cuando se escucha con tanta insistencia hablar bien del libro a unos más que respetables críticos –Jorge Semprún lo ha llegado a definir como “el acontecimiento del siglo” (sic)- los miedos se caen al suelo y se juntan con los liliputienses restos de lo que un día fue el primer tomo de Tolkien. Corrimos innecesariamente por las últimas páginas de una muy buena obra ya destripada aquí para poder engancharnos a esta historia de la Segunda Guerra Mundial que nos cuenta su protagonista, Max Aue, oficial de la SS y perteneciente al servicio de información.

Como si ante un juez poco benevolente –nunca mejor adjetivo- nos encontráramos, nos defendemos de las acusaciones de haber escogido mal esta vez alegando que ya sólo la historia del tipo que lo ha escrito gustaba. La misma trampa mercadotécnica nos había contado que el novelón de 979 páginas fue escrito por Johnatan Littell, estadounidense criado en Francia y residente en Barcelona, durante un solo fin de semana. Mito que, poco a poco se va desmitificando. Junto a esto, que hacía parecer a Littell como un tipo raro al que apetecía conocer, la concesión de dos importantes premios franceses a la obra –fue escrita en originalmente francés-, tales como el Goncourt y el Grand Prix de la Academia Francesa, la hacían muy tentadora de leer. Todo apuntaba a que se iba a disfrutar de la ascensión a esta montaña. Incluso la pedantería del título de la obra llamaba la atención. Pero resultó que al llegar arriba sólo nos encontramos con la vista de un basurero.

Como ya hemos dicho, Littell nos pone en los ojos de un oficial nazi, culto, de familia más o menos acomodada, bien relacionado y que tras haber finalizado la guerra logra escapar. Estamos ante sus confesiones, ante la necesidad que siente de contar por escrito todo lo que un día hizo, ya fuera bueno o malo. El prólogo del libro es literalmente un serrucho contra la moral surgida de las cenizas del Reich. Littell sabe cómo tocar esa fibra sensible en el lector que provoca cierta ira a la vez que establece una comprensión. La tesis que expone en esas 30 primeras páginas –a saber, que nadie fue más o menos culpable del Holocausto, pues todos en realidad estaban alineados dentro del sistema nazi-, por muy contestada que pueda ser, es dinamita para los principios morales con los que contamos y tiene una poderosa receta de verdad. Sin embargo ahí acaba todo. Desde la página 30 a la 979 el libro ya no levanta la cabeza. Y son muchas páginas dando cabezazos.

No estamos hablando de que el libro sea malo. Estamos hablando del problema que tiene Littell a la hora de escribir. El autor nos parece que es un hombre muy aplicado y que se ha documentado bien, casi diríamos que excesivamente bien. Sin embargo no está escribiendo un libro de historia, y los datos, la información que él se presta a otorgarnos, interrumpen el relato y estropea cualquier atisbo de diversión durante cientos de páginas. Desde aquí, sin llegar a sentirse unos conocedores de la historia del nazismo, hemos podido comprobar que Littell se empeña por demostrar que ha leído LTI de Klemperer, Modernidad y Holocausto, de Bauman, Eichmann en Jerusalén, de Hanna Arendt o incluso la denostada biografía El secreto de Hitler, de Lothar Machtan. Y no vamos a decir que plagiara a esos libros, sino que fusiló las teorías que en todos ellos se muestran de una manera más que vulgar. Pareciera que no ha tomado muchas decisiones de escritor –es decir, que no ha cortado fragmentos fatuos. Además de esto, Littell se empeña por mostrarnos lo leído que es, y durante muchas páginas no ceja en su empeño de hacer referencias literarias a diestro y siniestro, enseñándonos qué libros ha leído o, sencillamente, justificando la extraña personalidad del oficial Aue a través de las lecturas que evoca el relato. Lermontov, Flaubert, Burroughs, son muchos los nombres que Littell desgrana a través de sus páginas y no, sentimos decirlo así de claro, pero las perversiones de Aue no quedan en absoluto apuntadas con decir cuánto le influyeron este o aquel autor.

Con todo, el libro tiene sus puntos a favor. El principal, por polémico –aunque ya advierto que la polémica no es más que una construcción social realizada por seres fácilmente escandalizables-, es el hecho de que durante la gran mayoría del relato uno puede sentirse identificado con el verdugo, con ese cruel oficial de la SS que protagoniza la historia. Su personalidad, monstruosa y humana a la vez, nos convierte en lectores de puro instinto maternal que se apiadan de él para volver a reprender sus acciones inmediatamente. El personaje nos tiene que caer mal –que lo hace-, pero también ha de mostrarse cercano a nosotros a fuerza de mostrar sentimientos de piedad ante los actos criminales que cometen sus compañeros, a fuerza de resistirse a participar de unos horrendos hechos que, aún así, considera necesarios para la consecución de sus ideales, por empecinarse en dar de comer a los presos, sea cual sea su motivación última. Sin embargo, aunque la moralidad del personaje sea la verdadera protagonista y su lucha nos provoque, Littell fracasa en muchos aspectos de la construcción literaria del mismo. Los arquetipos sacuden la figura de Max Aue convirtiéndolo en un sádico de ojos rojos cuando se deja llevar por sus sentimientos, un pervertido sexual obsesionado con la defecación, un clasista y un burócrata del patíbulo.

Si algo hay más cruel que ser un asesino, es ser un asesino burócrata. La burocracia es otro de los personajes de esta novela. Un sinfín de formularios y compromisos entre diversas administraciones son necesarios para matar a tal cantidad de gente y en esto Littell sí acierta. El protagonista, por su formación en derecho, se verá inmerso en la administración del crimen y, por lo tanto, los problemas principales le surgirán del intento de coordinación entre las distintas administraciones para lograr que los intereses del pueblo alemán se cumplan. Littell nos retrata un Reich sobrecargado de responsables de sección, inmersos en peleas intestinales en donde las víctimas tan sólo son un escalón para lograr éxitos y, en raras ocasiones, un enemigo al que odiar. Una visión muy provocativa.

Finalmente, la narrativa de Littell no acompaña. Tantas páginas no serían un problema en el caso de que Littell las hubiera sabido llenar de algo más que hechos un poco intranscendentes. Si hubiera logrado mantener la extrema tensión de las primeras 30 páginas estamos seguros de que la crítica sería otra, pero no es así. El libro cae en el tedio más absoluto con los giros y recontragiros de la historia. Muchos pasajes, como la relación de Aue con Rebatet y Brasillach en París resultan poco menos que inverosímiles, y otros tantos, como las conversaciones con Eichmann o Speer resultan caricaturescos. Los personajes secundarios terminan por hacernos reír cuando deberían transmitirnos sentimientos contrarios –grave es el caso del protector de Aue, sacado de las películas de James Bond o del propio Inspector Gadget-. Los hechos contados por Aue llegan a resultar más que aburridos, sobran páginas y páginas –o capítulos casi enteros, como Aire­- hasta el punto de que el mismo Littell se da cuenta de ello y termina abruptamente con los pasajes hacia la mitad del libro para poder encaminarse a la resolución de la novela. Por encima de la buena conclusión de los capítulos, Littell desea fervientemente demostrar que la vida en la guerra es cuestión de casualidad, pero la realidad es que tantas casualidades y coincidencias juntas no las hubiera firmado ni el mismísimo Paul Auster –dueño y señor del reino de la bienaventuranza literaria-. Por último –y lo vuelvo a sentir por Ottinger que está sumergido de lleno- el final de la novela es peor aún que si hubiera acabado con puntos suspensivos. Es obvio que Littell se da cuenta del volumen de hojas mecanografiadas y pretende pasar revista, cerrar todos o casi todos los círculos concéntricos de la novela de un plumazo en las últimas 50 páginas, lo que resultaría casi cómico si no hubiera costado tanto esfuerzo en llegar hasta ahí.

No cabe duda de que Littell pretendió escribir el Guerra y Paz del siglo XXI, pero lo que le ha salido es producto del momento creativo en el que vivimos hoy día, con autores más preocupados por demostrar que por escribir, con editoriales obsesionadas con la venta masiva a toda costa y con críticos literarios ávidos de tener una presencia mediática para poder expresar su indignación. Si Las Benévolas es el Guerra y Paz del siglo XXI, a nosotros que nos manden de regreso al XIX.


Actualización a 31 de Marzo de 2008


Otra visión sobre "Las Benévolas" también en Destripando Terrones

Colaboración de Eva.

12 comentarios:

  1. Acertadísima reflexión sobre un libro que sorprende en sus primeros compases, incluso fascina, y que no deja de decepcionar página tras página en un repetitivo uso y abuso de imágenes que terminan por aburrir. El personaje apesta un poco, y ya lo comentamos en su día, por la inusitada perfección con la que parte para convertirse en el protagonista de una novela “épica”. Culto, refinado, con un sentido estético ajustado a los parámetros de la Modernidad, reflexivo, homosexual (fundamental este detalle), curiosidad científica para acompaña al lector en el descubrimiento de hechos desagradables…

    La prosa es interesante, Litell conoce la técnica, pero eso no es suficiente para casi 1000 páginas en una novela histórica que pretender sacudirse los complejos para contar lo que realmente le apetece. Y en ese intento, se le va tanto la mano que termina resultando primordial, para el autor, detalles intrascendentes para el peso de los acontecimientos históricos. ¿Qué me importa a mi que en su internado le sodomizarán mientras él se imaginaba que en realidad era su novia penetrada por él mismo? ¿Qué me puede interesar cuando podía estar profundizando en el comportamiento de los SS en el campo de batalla?

    Seguiremos comentando el libro a medida que podamos terminar de destripárselo a Eva.

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  2. La versión catalana tiene 1200 páginas, y yo creo que el ordenador de Littell no tenía la tecla de salto de línea. Como puede despachar dos meses en el mismo párrafo??

    El prólogo me dejó sentada en la silla sin ánimo de levantarme, abstraída de la realidad en un bar esperando. Había comprado el libro porque tenía una hora de espera. Elegí ese porque había oído hablar bien de él (llegué a leer "El clásico del sigo XXI" en el blog de un crítico al que respeto).

    De momento no me parece tan tan malo como lo pintas. Aunque si, como dices, no cambia de ritmo un poco lo más seguro no lo termine.

    Y, por cierto, me parece una ofensa que pongas en el mismo grupo Los pilares de la tierra y El señor de los anillos. Todo tiene un límite, y aquí te has pasado. ;)

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  3. ottinger, acertadísimo comentario. De cualquier forma me encantaría que dedicases tiempo a una nueva reseña del libro en este blog. Seguro que sería interesante comparalas.
    eva, termínatelo. Para poder hablar mal de un libro hay que terminárselo porque alguno tiene hasta un final brillante. Mira 1984, de Orwell, que es un autentico truño -literariamente hablando- hasta que pasas de la mitad. En cualquier caso, si lo acabas te animo a mandarnos tu acertada crítica del mismo. Si comparar dos críticas sería interesante, añadir una tercera sería -y encima tuya- seria aún mejor.

    PD. Siento lo de mi ofensa. Es cierto, nunca debí compararlos con Vázquez-Figueroa.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Huyo como del diablo de los libros demasiado aclamados. Este me lo parecía y, a pesar de todo, he estado a punto de sucumbir. Afortunadamente, después de leer esta estupenda crítica, voy a poder utilizar el tiempo que hubiera gastado en esta novela con otros libros de los que estoy más seguro.

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  6. Eugenio; nos alegramos de veras de poder salvar víctimas de Las Benévolas.

    Un saludo, nos alegra verte por aquí.

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  7. Completamente de acuerdo con todo. En las páginas finales hay un momentazo que si hubiera tenido al Littell éste delante le habría zurrado.

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  8. La verdad es que no sabía qué pensar de "Las benévolas", porque había leído cosas tan buenas sobre el libro (dejando de lado la publicidad comercial, claro); sólo a Savater le he oído disentir, al calificar el libro como "monumento de aerofagia"... Me parece buena idea lo de publicar varias críticas, a ver si así los indecisos nos decidimos; aunque después de leer tu entrada, yo por ahora me inclino, más que por el NS/NC, por no leer el libro. Quizá me haga una camiseta con el lema "Sobreviví a Las benévolas gracias a el_situacionista".

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  9. cc buxter, hazme una de esas camisetas y me la tunearé adecuadamente.

    Situacionista, de momento estoy siguiendo con él, porque no ha llegado a hartarme, pero yo hace tiempo que decidí que para poder hablar mal de un libro no hace falta terminárselo. Estaríamos bien si tuvieramos que creer que todos los libros son presuntamente buenos.

    Contad con mi crítica cuando lo termine.

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  10. kutxi, es cierto, al Littell lo hubiéramos ahogado con nuestras propias manos en más de una página. Bienvenido al blog. Esperamos verte mucho por aquí.

    c.c.buxter, ¿Savater coincide conmigo? Espérate que reviso mi crítica y hago una loa a este formidable clásico del siglo XXI que es Las Benévolas. ¡Faltaría más! Lo próximo sería que Prada me diera también la razón, como a los tontos [guiño, guiño, Luis María Anson, guiño, guiño]. Veremos qué se hace con las críticas por triplicado. Y de las camisetas, te paso los royalties para ver cómo te va. Un saludo.

    eva, sólo decía que hay libros cuyos finales mejoran la historia. Pocos, cierto, pero haberlos haylos. Te digo lo mismo que a c.c. buxter con los royalties... que si me cobran canon por mirar los puentes de Bilbao, yo lo cobro por llevar la marca situacionista en la camiseta. Ya lo decía Calvin a Hobbes: "La libertad significa que puedo elegir qué logotipo quiero lucir en mi camiseta".

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  11. Déjame que haga un estudio de mercado y negociamos lo de los royalties.

    Por cierto: Prada, Espido Freire, Sánchez Dragó, ahora Savater... Tienes que hacer una entrada sobre los escritores españoles vivos a los que no desprecias, porque veo que repartes a uno y otro lado de forma casi paritaria.

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  12. c.c.buxter; es que me nombra Ud. a unos personajes... Si me tengo que poner a hacer una entrada sobre a qué autores en castellano vivos leo... nos quedamos solos los bloggeros.

    Pero tú no desesperes, que seguirán saliendo autores que despiertan mis fobias más intestinales. [Vamos, que me cago en ellos].

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