1 de septiembre de 2007

Concursante, de Rodrigo Cortés

En un inicio habitual, demasiado abuso de esta fórmula, de las historias que empiezan por el final para ser contadas desde el principio, arranca “El concursante”, una película atípica en su forma dentro del cine español. La dirección de Rodrigo Cortés se plantea, como ya hemos dicho, en un feedback con saltos a lo “Ciudadano Kane”, eso sí, actualizado en una fórmula videoclip publicitario con mucho ritmo, y a veces poco sentido (a semejanza del formato de un concurso televisivo). Todo un despliegue técnico y de continuidad que tiene como excusa la historia de un afortunado concursante que obtiene unos premios valorados en 500 millones de las antiguas pesetas. ¿El truco? Que no es dinero líquido sino propiedades tales como una casa, un yate, una avioneta, coches… Toda una fortuna que en realidad no lo es, porque ni saben pilotar la avioneta ni tienen dinero para pagar el amarre del barco. Además, claro está, de los costes de los seguros de los coches o de la visita de hacienda, que somos todos y más si tienes un aumento de 500 millones en tu patrimonio. Por tanto, un montón de infortunios y de los caros. Así que sólo se plantea una solución, deshacerse de todos los bienes a la mayor brevedad posible.

Una comedia negra con un Leonardo Sbaraglia (Martín Circo Martín, todo un nombre de tres pistas) como víctima de este embrollo. Omnipresente, el actor argentino está a la altura de un personaje que nos servirá como conejillo de indias para una magistral clase de economía. Y no es que se moleste en darla el mismo, que interpreta a un profesor de Historia de la Economía (que termina por caer inevitablemente en las garras del tópico modelo profesoral de “El club de los poetas muertos”), sino porque toda la película está orientada a ello: a la revelación de los grandes secretos de la economía (con la excusa de un concurso de televisión) y la manera de vencerlos. No será fácil pero tiene de su lado a Edmundo (Chete Lera), un personaje en la línea de un Gandalf con toques a lo Quintero (la escena en su despacho es sumamente descriptiva), y a la curiosidad del espectador, que termina por querer averiguar la solución a tan enorme desafío con tanta ansia que si pudiera, tomaría nota entre bramido y bramido, asentimiento y asentimiento, de las explicaciones que se van dando del sistema financiero y bancario.

Aunque la película empieza por el tejado, con el consiguiente trabajo del espectador (que tendrá que recomponer su esquema mental de planteamiento - nudo - desenlace), las anotaciones a cámara del protagonista, apostillando la historia que él mismo narra en off, pronto nos situamos. Y ese momento en el que nos ajustamos el cojín del sofá [guiño, guiño – Teddy Bautista – guiño, guiño] llega justo a tiempo para el segundo tercio de la película, en el que más flojea el guión pese copar la mayor parte del argumento. Una flojera, en honor a la verdad, que se salva por esa estética de radio fórmula a la que sólo le falta la cortinilla de estrellas pero que, lejos de desentonar, se ajusta perfectamente al desarrollo. Un planteamiento cuya resolución se precipita cumpliendo con la máxima que dice que este tipo de películas no saben terminarse. Sin desvelar el final, y a pesar de esta prontitud por salvar el trámite de las escenas que llegan antes de los títulos de créditos, todo concluye como debe, como debe dentro de la lógica explicada, negra realidad. Y es que si algo debemos agradecerle a Cortés es la dosis de humor negro que nos sirve en el “Concursante”, aunque podía habernos sabido a más si Edmundo hubiese llevado un bastón en su mano derecha.


Ser millonario, es caro”, no lo olviden.

1 comentario:

  1. Una comedia que tiene tantos puntos flojos como altos. Creo que falla un poco en la estructura del relato pero la intención es buena. Saludos!

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