8 de marzo de 2007

El futuro cumple 25 años

[Publicado en ABC, 4 de marzo de 2007]

Por Andrés Ibáñez.

¿Ha visto ya Blade Runner? Entremos entonces de nuevo en la ciudad de Los Ángeles, año 2019. Los Ángeles ya no es un lugar soleado y relajado al borde de playas donde se juega al voleibol, sino un infierno de cielos negros, inacabable lluvia ácida y fuegos que arden en lo alto de torres sombrías. Grandes naves publicitarias anuncian la vida en las colonias, «una dorada tierra de oportunidad», entre imágenes de Coca-Cola. Paneles de vídeo gigante, que no sabemos si son publicidad o una instalación de arte conceptual, muestran a una sonriente geisha comiendo sin parar. Este es el poscapitalismo, la era posindustrial, la «condición posmoderna» en la que las grandes corporaciones se han apoderado del mundo y lo devoran todo. Dos gigantescas pirámides presiden la ciudad de L. Á. Recuerdan a la pirámide del sol de Teotihuacán, y a su terror totalitario y deshumanizador. Las referencias a las antiguas culturas mexicanas están por doquier: el apartamento de Deckard, por ejemplo, tiene una decoración obsesiva que recuerda al templo de Mitla, las cenefas de Tula, los ondeantes dibujos toltecas. La sensación de que cuanto más avanzamos en el tiempo, más atrás llegamos.

Los animales han desaparecido prácticamente de la Tierra, y abundan los animales artificiales. También hay seres humanos artificiales, los Replicantes, que han sido declarados ilegales, y son exterminados por unos asesinos profesionales llamados blade runner (literalmente, «el que maneja el cuchillo», «navajero»). El blade runner Deckard tiene la misión de acabar con cuatro replicantes que han regresado ilegalmente a la Tierra. Pero eso ustedes ya lo sabían.

Llamas en un ojo. Uno de los temas obsesivos de la película son los ojos. Si Un perro andaluz comienza con un ojo «cortado» por las nubes, Blade Runner comienza con un ojo en el que se reflejan las llamas. A los replicantes se les reconoce mediante un test que mide las dilataciones de la pupila, y muchas veces los ojos de los personajes brillan como los de los gatos: los de Rachel, la replicante que no sabe que lo es, los del misterioso policía Gaff, un conocido actor hispano (Edward James Olmos) que se expresa en chino o bien mediante animalitos de origami. ¿Es él también un replicante? La bella Pris (Daryl Hannah) se pinta los ojos de negro. Roy (el monumental Rutger Hauer) se pone unos ojos de juguete. Leon intenta matar a Deckard hundiéndole los dedos en los ojos. Roy matará a Tyrell de la misma forma.

«Si tú supieras las cosas que he visto con tus ojos», le dice Roy a Chew, el diseñador genético de ojos que vive dentro de un congelador. Y más tarde, en el famoso monólogo, poco antes de morir: «He visto cosas que no podrías creer». Porque la Tierra se ha convertido en un lugar oscuro, en una cultura del simulacro, como la casa de Sebastian, un edificio en ruinas vagamente decimonónico lleno de muñecos, maniquíes y «amigos artificiales» entre los cuales vive este ser extraño aquejado con la «enfermedad» de envejecer demasiado deprisa, y los únicos que han tenido verdaderas experiencias, los únicos que han visto cosas memorables, son los replicantes.

Los recuerdos de Deckard, el blade runner, están colocados encima del piano decimonónico en una exposición privada de fotografías. ¿Son reales? Las partituras que están en el piano, mezcladas con las fotos, no son realmente de piano, sino quizá de violín. Deckard tiene un recuerdo, o una visión, de un unicornio blanco corriendo entre los árboles. Sólo aparece en el montaje del director y es la clave secreta de la película. ¿Partituras falsas, recuerdos falsos? ¿No somos lo que recordamos? Deckard sostiene en la mano una fotografía falsa de Rachel de niña, y la imagen se anima de pronto de luz, y se oyen las voces de unos niños. Un escalofrío metafísico. También el cine es vida artificial.

Roy cita unos versos ante el fabricante de ojos: «Los llameantes ángeles cayeron, ardiendo con los fuegos de Orc». Pertenecen a América, una profecía, de William Blake. Orc, el Terror, representa la serpiente que estaba enredada en el árbol, que en el poema dice también: «Todo lo que vive es sagrado, la vida se deleita en la vida». El mal y el bien, la vida y el artificio, se confunden en el entrelazado serpentino. Una de las replicantes, Zhora, trabaja con serpientes y tiene ella misma escamas en la piel. Cuando Deckard la asesina, muere atravesando paredes y paredes de cristal, en una imposible sucesión de escaparates llenos de maniquíes.

Tyrell, el creador de la mente de los replicantes, es «el hacedor» (the maker). La pirámide donde vive se parece a la de Teotihuacán, pero también a la que aparece en los billetes de dólar. «Eres el hijo pródigo», le dice Tyrell a Roy. Próximo a la muerte, Roy se atraviesa un clavo en la mano para sentir, aunque sea dolor, porque la vida que le han regalado le ha hecho adicto a la experiencia que los seres humanos ya no sienten. Un clavo en la mano, el hijo pródigo, el hijo. El hacedor, el hijo, la serpiente. Toda vida es sagrada, hasta la falsa. ¿Es esto la «sobrenaturaleza» de que hablaba Lezama Lima? Para los gnósticos, Cristo y la serpiente eran uno. El hijo pródigo mata al hacedor porque es un dios imperfecto que le ha dado una vida imperfecta. Tyrell no es Dios, es el demiurgo.

Nostalgia de la luz. No es cierto que Blade Runner sea una película sombría: está llena de luz y de la nostalgia de la luz. La luz no está dentro de las casas, sino fuera, en los focos publicitarios o policiales que barren obsesivamente suelos y paredes. El aire de las estancias oscuras se ilumina misteriosamente, como si fuera submarino y estuviera lleno de plancton. Pero esa materia extraña que parece llenar el aire es precisamente luz. ¿Cómo somos capaces de verla? Es luz deconstruida. No nos ayuda a ver, sino que se deja ver por nosotros.

Rachel le pregunta a Deckard si se ha hecho el test alguna vez. Sus pupilas se iluminan de dorado y de rosa, como las del búho artificial de Tyrell. Se suelta el pelo. Comienza a sonar en un saxo una maravillosa melodía de Vangelis. Deckard y Rachel se besan. ¿Está Deckard haciéndole el amor a una máquina? Al final de la película, Deckard encuentra en la puerta de su apartamento un animalito de los que hace Gaff. Se trata de un unicornio de papel de plata, y Deckard sonríe, porque sabe que si la policía conoce sus sueños y sus recuerdos (del mismo modo que él conocía los sueños y recuerdos de Rachel) es porque no son verdaderos sueños y él, por tanto, es un replicante. No entiendo por qué se dice que en la versión del director no hay un final feliz. Sí lo hay. Deckard descubre que él también es una máquina, pero sabe que siente amor por Rachel y Rachel siente amor por él. Toda vida es sagrada, dice Orc, el ángel serpiente, toda vida se deleita en la vida. ¿Qué importa ser una máquina, si se es capaz de sentir amor?

3 comentarios:

  1. El conflicto existencial de Roy es, para mí, el centro de Blade Runner. Cuando frente a Tyrell deja entrever detrás de su furia su profunda angustia es algo que me conmueve cada vez que veo esa película.
    Ufff... han pasado 25 años, pero la peli sigue teniendo la fuerza y la carga poética que tuvo cuando se estrenó.

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  2. Esto si que es un destripe total, per o a la vez, magnífico.. ¿qué es más humano? una máquina que no sabe lo que es pero lo busca... o un humano que ni se lo plantea?

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