27 de septiembre de 2008

Paul Newman,

83 años no son suficientes para disfrutar de un actor como este. Si el rostro del cine es Cary Grant, Paul Newman es la mirada del cine. Sin duda, uno de los mejores actores de Hollywood, compaginó su vida profesional con una muy discreta personal, llena de altibajos, y un sentido de la realidad poco común en el firmamento al que pertenecía. Newman hizo de vaquero, de tahúr, caballero, conquistador, ladrón de poca monta, jefe de la mafia, detective… todo aquello que pudiera interesarle, en el cine o en el teatro, que no tenía mayor problema en dominar cualquier género y espacio.

Al final de esta entrada hemos seleccionado a modo homenaje la escena final de una de sus mejores películas, “Dos hombres y un destino”, en la que compartía cartel con Robert Redford.


La victoria de la derrota”, por Guillermo Altares

[Leído en El País, 27 de septiembre de 2008]

Hay actores a los que recordaremos por sus personajes y hay actores a los que recordaremos por su persona, hay actores a los que echaremos de menos en la ficción y actores a los que echaremos de menos en la realidad. Paul Newman, una de las últimas leyendas de Hollywood que falleció el viernes a los 83 años, aunque la noticia se conoció hace unas horas, nos faltará en el cine y en los botes de salsa de tomate, en la vida pública estadounidense y en unas películas cada vez más descafeinadas. “Una botella de bourbon, sin vaso, sin hielo”, exclamaba Eddie Felson en El Buscavidas (Robert Rossen, 1961) mientras se enfrentaba al Gordo de Minesota en una partida “con la que llevaba años soñando mientras estaba en la carretera”. Felson fue uno de los muchos perdedores a los que Newman dio vida en la pantalla, tipos simpáticos y rotos, siempre dispuestos a tomar la decisión equivocada (¿acaso, al final, hay otra forma de acertar?) y, lo que es más importante, a conseguir que los espectadores le sigan hacia ninguna parte.

No es tan duro como parece”, dice Robert Redford en El golpe sobre el despiadado gangster al que pretenden desplumar. "Nosotros tampoco", replica Newman. “Si me diese el dinero que se gasta en que no le robemos, no le robaría”, asegura otro de sus personajes más famosos, Butch Cassidy, en Dos hombres y un destino, el memorable western crepuscular de George Roy Hill en el que compartía también cartel con Redford. Fue candidato al Oscar en diez ocasiones y lo ganó en 1987 por El color del dinero, la continuación de El Buscavidas, dirigida por Martín Scorsese.

Recibió la estatuilla otras dos veces, pero ambas honoríficas: por el conjunto de su carrera y su trabajo solidario. Pero Newman era más grande que la Academia. Se formó en el Actor's Studio en una generación a la que también pertenecieron Marlon Brando y James Dean. Comenzó a trabajar en los años cincuenta y no paró hasta que el cáncer comenzó a ser más fuerte que su propia leyenda. Tiene muchas películas prescindibles (¿quién no las tendría después de haber rodado más de 60 filmes en medio siglo de carrera?), pero nos ha dejado un puñado de títulos y de personajes que permanecerán porque, sabemos, que al final siempre vence la derrota. Además de las citadas, será muy difícil que nos olvidemos de La gata sobre el tejado de zinc, El largo y cálido verano, El premio, Harper, investigador privado, Fort Apache, Ausencia de Malicia o Camino a la perdición.

Pero sólo por haber sido capaz de crear a Eddie Nelson en El buscavidas, por haber dado vida a ese impetuoso y autodestructivo jugador de billar, cuyo principal enemigo es él mismo, merece un lugar en nuestro imaginario colectivo, algo que sólo ocurre cuando el cine es tan auténtico como la realidad. Por eso, pero también nos acordaremos de él por sus infames salsas de tomate.

Newman declaró que una de las cosas de las que sentía más orgulloso en su vida (además de su matrimonio de 50 años con Joanne Wordward y de los coches de carreras) era que Nixon, el presidente del Watergate, le hubiese incluido en su lista por peligroso liberal. Donó cerca de 175 millones de dólares a todo tipo de causas solidarias con los beneficios que le producían sus salsas y tuvo el detalle de nunca callarse una opinión incómoda. Gracias.




24 de septiembre de 2008

Vacuidad sobre ETA del 'artista' Rosales

Carlos Boyero

Había muchas y lógicas expectativas hacia Tiro en la cabeza. Por la autoría de Jaime Rosales, un director muy personal que había logrado con lenguaje arriesgado sembrar enigma y atmósfera malsana en la desasosegante Las horas del día y transmitir emoción y sentimientos en carne viva hablando de gente herida en La soledad. Que este experimentador con talento disfrutara del reconocimiento de la crítica y del selectivo festival de Cannes era muy coherente debido al amor que profesan ambos gremios al cine vocacionalmente distinto (para entendernos: eso que denominan enfáticamente como propuestas radicales, miradas oblicuas y rigor creativo), pero que la gente del cine español, los que no se dedican a teorizar sino que conocen las múltiples dificultades para que una película salga hermosa, reconocieran con sus múltiples premios el valor de la atípica La soledad le otorgaba legitimidad suplementaria al cine de un señor que parece no albergar humanas dudas sobre su intocable condición de artista.

Si añadimos que a pesar del prestigioso secretismo con el que se suelen envolver las películas que los espectadores aguardan con interés, nos habían llegado puntuales noticias de que el protagonista de Tiro en la cabeza estaba inspirado en la vida cotidiana de un etarra que al día siguiente va a agujerear la cabeza de un desconocido en el parking de un restaurante, crecían los alicientes por ver cómo había contado historia tan pavorosamente repetida en la realidad un director que había demostrado tener una visión penetrante y original de las personas y de las cosas.

Por mi parte, acabo de despejar misterio tan acuciante. Creo que es la primera vez que no me ha parecido intolerable en una sala de cine el odioso sonido de un móvil o la incansable tabarra de las vecinas de butaca. Y no es que me haya vuelvo tolerante con la falta de respeto. Es que no existen diálogos audibles en ella. ¿Que si es cine mudo? Tampoco. De vez en cuando percibimos el sonido de ambiente, el tráfico de la calle, el chirrido de una puerta al abrirse, esas cositas que te transportan a la realidad y evitan que un público vulgar y no iniciado en la factura del gran arte amenace con quemar la sala porque el proyeccionista le ha quitado el sonido a las conversaciones de los personajes. No es un fallo humano. Es que el transgresor director ha decidido que no tiene el menor interés para los espectadores saber lo que piensa y lo que habla un tipo con una existencia aparentemente muy normal que va a quitarle la vida a una persona en nombre de su oprimida patria. Y por supuesto que la ausencia de diálogos no impidió en el nacimiento del cine comprender y admirar la trama que te estaban contando exclusivamente a través de las imágenes creadores como Murnau, Stroheim, Keaton y Chaplin. Pero aquí, Rosales, además de ahorrarse eso tan laborioso de tener que currar con las palabras, ha conseguido que tampoco fascine ni un poquito imaginar de qué coño está hablando el futuro verdugo.

¿Y qué hace este apasionante y trascendente personaje? Pues de todo, excepto las funciones fisiológicas relacionadas con la escatología. Si el director le retratara en el váter, a lo mejor aumentaba su dimensión dramática. Por lo demás, come en soledad, toma vinos con los colegas, visita oficinas, oye música en la Fnac, habla en un parque con una mujer y dos niños, creo que folla con una desconocida (o tal vez conocida, no se sabe), se cita con otro pavo, van a Francia, su mirada se mosquea (ése es al parecer el auténtico clímax, el momento cumbre, la leche) al reconocer a dos tipos que están en la mesa de al lado, les persiguen, les matan, secuestran un coche, atan a la dueña en un bosque. Y se acabó. Ahora, que el espectador encuentre el significado y el significante, el discurso moral y la metáfora.

A mí (¿necesito aclararos que hablo en primera persona, juglar del membrillo, fotógrafo de Estrasburgo y demás aguerridos mariachis de la nada?) todo lo que me cuenta Rosales me provoca un tedio excesivo, pero también lo que pretende sugerirme, o lo que me oculta. La visualización de la grisácea cotidianeidad de este profesional del horror me parece tan estéril como pretenciosa. Creo haber escuchado al autor en la rueda de prensa, aparte de sus ampulosas y farragosas convicciones sobre la evolución en el cine de formas y contenidos, la necesidad de la ética, la altura moral que poseerán los espectadores del futuro, su compromiso como artista y como ciudadano, etcétera, que Tiro en la cabeza está invitada a no sé cuántos festivales del ancho mundo y que su estreno en España va a ser simultáneo en las salas comerciales y en los museos. Lo último lo entiendo. Está realizada pensando en la fraternal acogida de los templos del arte. Seguro que es el sagrado lugar que le corresponde. Que se disfruten mutuamente.

18 de septiembre de 2008

Mar de fondo, Patricia Highsmith

Es curioso lo que me pasa con las novelas negras. O me encantan o me aburren solemnemente, así que no sé nunca qué contestar a la pregunta ¿te gusta la novela negra? Supongo que es como si te preguntan si te gusta el arroz: depende de cómo lo cocinen. Y Highsmith cocina que da gusto.
En la contraportada leí “Si es usted apasionado de las novelas policíacas, debería leer este libro. O quizás debería hacerlo si no lo es.” La verdad es que esta indecisión del editor (o del crítico de turno) hace saltar automáticamente en mi mente la idea “o no debería leerlo en ninguno de los dos casos”, pero qué le vamos a hacer. No siempre el editor puede estar a la altura, eso ya lo sabemos.
Victor y Melinda Van Allen son un joven y estándar matrimonio norteamericano, de clase moderadamente alta, educados, encantadores, amigos de sus amigos. Suelen ser invitados a fiestas y se toman copas con los otros matrimonios estándar, acomodados, educados y encantadores. Vic es buen vecino, de estos que te ayudan a quitar la ardilla muerta del jardín. Es amable, educado, inteligente, encantador. Melinda es aún más encantadora. Lo que pasa es que sobretodo lo es con los hombres jóvenes solteros. Siempre tiene algún que otro amante y todo el mundo lo sabe, incluido su marido, a quien, por otra parte, no parece molestarle mucho.
En una fiesta, con alguna copa de más, Vic explica en broma al amante de Melinda que mató a un hombre porque se entendía con ella. Obviamente, cuando corre el rumor todo el mundo sabe que es una broma, pero el asustado pretendiente huye, cosa que enoja a Melinda sobremanera. Así que consigue otro amante. Y hace evidente su infidelidad, delante de su marido y de sus amigos, que no entienden la actitud permisiva de Vic.
Cuando el nuevo amante aparece ahogado en una piscina todo el mundo está de acuerdo. Un lamentable accidente. El juez. El médico forense. Los amigos y los vecinos. Pero Melinda clama al cielo, es evidente que Vic lo mató. Pero claro, ¿quién va a creer a la alocada, infiel y bebedora Melinda? Quién va a pensar que el pobre Victor Van Allen, con todo lo que el pobre hombre ha tenido que soportar, el pobre y dulce y encantador Victor Van Allen, este hombre que tiene una pequeña editorial que publica poesía, que cría caracoles en un terrario, que lleva a su hija al zoo y al cine, que siempre tiene este aspecto pulcro, sano, ordenado y encantador. Quién va a creer. No digáis que no es para morirse de miedo. Sólo falta la señora Flecher.
Mar de fondo explica cómo pasa un hombre normal de pensar “Mataría a este tío” a “Cómo me gustaría matar a este tío” y a pensar “Demonios, me acabo de cargar a este tío, será mejor que disimule”. ¿Quieren ver la disección de la mente de un psicópata? Pasen y lean.
Y finalmente, porque la elección del título es sencillamente fenomenal, el apunte científico. El mar de fondo es un oleaje de longitud de onda larga, que se caracteriza por ser regular, aparentemente lento y de largo alcance, es decir, llega a lugares remotos de donde se produjo. Por esto, cuando se observa mar de fondo, normalmente no se corresponde con el viento en superficie, puesto que el mar de fondo se debe a una tormenta que se ha producido en otro lugar. Además, la profundidad a la que afecta el oleaje es la mitad de su longitud de onda, por lo que el mar de fondo suele mover aguas de profundidad moderada, arrastrando algas, plásticos y barro que normalmente están en el fondo, invisibles, provocando que el agua se enturbie y arrastrando la mierda hacia las playas.

14 de septiembre de 2008

David Foster-Wallace, 1962-2008

El viernes 12 de Septiembre de 2008, en su casa de California, el escritor David Foster Wallace se suicidó aprovechando la ausencia de su familia en el hogar. Se le acabó la broma.


Cuando, hace ya algún tiempo, me comentaron que Vonnegut era el autor vivo favorito de alguien, y al día siguiente éste falleció, sólo pude preguntar ¿y ahora quién? La respuesta fue clara, "Ian McEwan, porque David Foster Wallace es sólo mi autor postmodernista vivo favorito...".

Tras Kurt, tras David. ¿Le tocará el turno a Ian, o será momento de Pynchon? Se abren las apuestas. Aunque yo, por si acaso, he decidido que antes de publicar nada, mataré al ilustre librero que donde pone el ojo pone la espada de Damocles. Mejor curarse en salud.

Ahora David, después de dejarnos un poco más solos, me obliga a ir reseñando sus libros.

13 de septiembre de 2008

Contigo una vez más, Lili Marleen

[Leído en El País, 13 de septiembre de 2008]

Mit dir, Lili Marleen”. “Contigo, Lili Marleen”. Así termina una de las canciones míticas del siglo XX, cantada por millones de soldados nostálgicos de ambos bandos durante la II Guerra Mundial, coreada al borde de las lágrimas en las extensiones de dunas ardientes del norte de África y en las heladas tundras de Rusia, en el vientre metálico de los submarinos y en la panza alada de los bombarderos. Una fascinante canción existencial de amor y muerte, de desasosegante melodía, que le gustaba al propio Hitler –“esta canción nos sobrevivirá a todos”, advirtió- , pero que Goebbels miraba con suspicacia porque nunca la pudo controlar. Una canción que el 8º Ejército de Montgomery tomó como botín de guerra tras El Alamein y que los Aliados, tommies y GI, acabaron haciendo suya en la voz inolvidablemente abrupta de Marlene Dietrich. Una canción con vida propia, misteriosa, terriblemente hermosa, romántica pero susceptible de ser desfilada, de una estremecedora ambivalencia, que cantaron, en castiza versión, los soldados de la División Azul, que las SS hacían tocar a los Sonderkommandos en los crematorios, pero que asimismo tarareaban las presas de Birkenau cambiándole la letra para darse una ínfima esperanza.

Acaso “única contribución positiva de los nazis al mundo”, como dijo John Steinbeck, pero, ay, la favorita de Pinochet, a esa canción, probablemente la que más define el siglo XX junto con La Internacional e Imagine, ha consagrado un libro apasionante la germanista Rosa Sala Rose. Lili Marleen: canción de amor y muerte (Global Rhythm) sale a la venta la semana próxima e incluye un CD con diferentes versiones, incluida la cantada en 1942 por Edda Göering, de tres años, la hija del mariscal del Reich.

La historia de la canción está oscurecida por las brumas de la leyenda: ¿fue dedicada a una sobrina de Freud, Lilly Freud-Marlé, y por tanto los nazis cantaban estrofas inspiradas por una judía? ¿Trató de suicidarse la cantante que la hizo célebre? No es el menor de los méritos de Rosa Sala Rose en esta auténtica biografía de una canción su esfuerzo para separar la verdad de la fábula.

El autor de la letra fue Hans Leip. La creó como un poemita y, pillastre, en su título unió a las dos chicas que le gustaban, la carnal Lili (Betty), hija de unos verduleros, y la sofisticada y liberal enfermera Marleen. Los versos, hijos de la experiencia de la I Guerra Mundial, fueron compuestos en 1915, mientras su autor esperaba para partir al frente de los Cárpatos. Cuentan la historia de un centinela que va y viene entre las jambas del portal del cuartel y, mientras observa la farola bajo la que se solía encontrar con su amada, evoca melancólicamente su amor. En una segunda fase, Leip incluyó dos estrofas más que le dan un remate sombrío y hasta macabro, con el soldado muerto. Ese final fantasmagórico aparece o desaparece en las distintas versiones, pero, significativamente, está en la que tanto les gustaba a los soldados de la Wehrmacht.

Es una canción de amor, pero también de muerte, una mezcla de Eros y Tánatos”, explica Sala Rose, apartando una mecha pelirroja de sus intensos ojos azules. La autora, que ha pasado 11 años recopilando material sobre la canción, no ha querido desmitificarla, algo que considera imposible, sino desvelar sus ambigüedades y paradojas y revelar hasta qué punto, hija de su época, no podía ser una canción inocente.

En su existencia son definitivos tres mentirosos oportunistas, sus tres progenitores: Leip, que vivió bien bajo el nazismo; el compositor definitivo, Norbert Schultze, miembro del partido, y la cantante Lale Andersen, una superviviente nata. Es curioso que Lili Marleen se haya hecho famosa cantada por mujeres porque estaba pensada para que la cantara un hombre. Esa ambigüedad sexual, sin embargo, es uno de sus encantos y ayudó a convertirla luego en icono gay. Schultze le dio el punto marchoso -y nunca mejor dicho-. De hecho, el despreciable tipo era un experto en marchas militares: apodado “Schultze el de las bombas”, fue el autor de la cancioncilla nazi que animaba a bombardear Inglaterra y también compuso ese simpático hit que fue el himno del Afrika Korps: Los panzers ruedan sobre África. Según la leyenda, Schultze improvisó los acordes de Lili Marleen al piano la Noche de los cristales rotos, el gran pogromo nazi. Más realista es la versión de que los fusiló de un anuncio de pasta de dientes.

Del disco, lanzado en 1939, en el que Lili ¡iba en la cara B!, sólo se vendieron 700 copias. El éxito le llegó de manera casual a la canción cuando la emitió en 1941 para todos los frentes la emisora militar alemana de Radio Belgrado. Ése fue su nacimiento como mito. Desde ese momento, los soldados no dejaron de pedirla masivamente. El fenómeno inquietó a las autoridades alemanas: por incontrolable y porque, desgarrada historia de pena y muerte que se regodea en el dolor, no parecía una canción muy optimista, precisamente. Vamos, que si ya es triste oírla ahora cuando se acaba una relación, imagínense en Stalingrado. Es cierto que también sublimaba la muerte en combate.

En torno a la canción se desarrolló, como documenta Sala Rose, una durísima lucha de propaganda. Conscientes de que no tenían nada así y de que sus soldados estaban peligrosamente seducidos por la canción enemiga, los Aliados trataron de apropiársela. En 1943, la canción se internacionaliza completamente al cantarla para el ejército de EE UU Marlene Dietrich, que eliminó la dimensión soldadesca y desnazificó Lili Marleen para convertirla en una chanson sentimental, cambiando la trompeta por el acordeón.

Hoy, Lili Marleen sigue haciendo llorar a los viejos veteranos y fascina e intriga a los adultos, pero resulta desconocida para los jóvenes. Inmortal, resonará siempre en la banda sonora del más atroz de los siglos: “Vor der Kaserne / vor dem grosen Tor...”.

11 de septiembre de 2008

The day that never comes - Metallica



Después de cortarse el pelo hace 12 años, después de pasarse al hard rock más comercial, los 4 hombres de negro de la bahía de San Francisco se desmelenan y vuelven a los orígenes. The day that never comes es el primer single de Death Magnetic, mañana día 12 en su distribuidor habitual [guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño]. Preciosa canción y precioso solo. Volvemos al trash metal. Dios bendiga al trash metal, y a la madre que parió a Hetfield, Ulrich, Hammet y Trujillo (Jason jodeté!!!). Y como no sé qué más escribir, pues me voy a comprar tabaco...

Que Cliff Burton os bendiga!!!

31 de agosto de 2008

Black Ice, de AC/DC

Han pasado 8 años desde su último disco. Largo tiempo sin saber de ellos. Pero no nos ha importado, pues hemos podido sacar tiempo para revisar todos esos riffs históricos, para aprendernos mejor dónde van los gallos en cada frase ladrada por esa voz de diablo. Hemos podido tomarnos whiskeys ahuyentando al perro de dos cabezas que nos vigilaba la puerta. Hemos podido olvidar a muchas novias que nos parecieron la misma, pues no teníamos nuevos riffs que las hicieran únicas. Pero, ahora, ya podemos estar tranquilos. Y sólo falta que nos confirmen la fecha de llegada a Madrid o Barcelona -por que la habrá- para que toda nuestra vida gire en torno a ese maldito día. Pasen y vean, lo último de AC/DC.





9 de julio de 2008

Contrato con Dios, de Will Eisner

Kilgore Trout es un hombre. Pero también, y a la vez, es sólo un nombre. Es alguien mitad ficción, mitad real. Colmo de multitud de vicios. Es aquél a quien todo el mundo va a buscar cuando se siente aburrido de lo que lee. Y a veces se deja caer por este blog. Muy buenas veces. Desde su observación militante nos incita y nos invita a bucear obras que él ya ha conocido. Se piensa que es demasiado vago para comenzar un blog cuando, verdaderamente, lo complicado es mantenerlo. Cree que no tiene blog, pero en realidad él ya forma parte de este blog en tanto en cuanto introduce variables que modifican el comportamiento de los que aquí escribimos algo más que comentarios. Así, un día del mes de enero, Kilgore me dijo aquí: “Yo terminé hace poco un gran cómic (o novela gráfica). A ti, situacionista, te gustaría mucho. El único pero es que es un poco caro”.


Las hormigas de fuego son unos bichos un tanto siniestros. Se diferencian de otro tipo de hormigas en que son muy agresivas y atacan en masa todo lo que se encuentran a su paso. Su gran número provoca que sea casi imposible acabar con el hormiguero. Pero tienen un gran enemigo mortal. Existe una mosca en su hábitat que ha evolucionado para atacar a estas hormigas. No se las come, pero las utiliza para otra cosa más importante que la alimentación: continuar la vida de su especie. La mosca, ataca a las hormigas insertándolas una larva en su interior. Esa diminuta larva va creciendo dentro de la hormiga hasta que logra hacerla morir y, finalmente, sale de su cuerpo convertida en una nueva mosca enemiga de las hormigas de fuego. Bien, Kilgore Trout es esa mosca. Y todos los bloggeros que nos cruzamos con él mirándonos los zapatos, las hormigas de fuego.

Ese cómic que Kilgore había mencionado no era otro que Contrato con Dios. La vida en la Avenida Dropsie. Ciertamente, como la hormiga con una larva dentro, la recomendación había sido olvidada por mí. La sola mención al alto costo del cómic me hizo descartarla. Por entonces uno ya se había gastado todo lo posible en autoregalos navideños –es realmente dañino pasar por una librería en busca de un libro para regalar… todos serían perfectos para mí, supongo. El caso es que meses después, bastantes meses después de que ese comentario se me hubiera olvidado, aparecí en una librería de barrio frente por frente a la última novedad de la estantería de cómic: Nueva York, la vida en la gran ciudad. Atraído por lo que parecía un interesante cómic sobre la ciudad de los rascacielos abrí el libro por una página cualquiera. La escena, de dos chicos tratando de rescatar una moneda dentro de una alcantarilla, con un vagabundo al lado que bien parecía estar muerto, me dejó sin habla. No era el hecho en sí de narrar una historia aparentemente banal, aún a pesar del muerto. Era la combinación entre el trazo del dibujo en blanco y negro, la expresividad de los rostros que dejaban ver la alegría, la ilusión del dólar cazado y la incertidumbre, el miedo a la muerte que el hombre que será ese niño acaba de contraer al ver al vagabundo en estado catatónico.

El libro era de un tal Will Eisner que, para un analfabeto del cómic como yo, no significaba nada. Sin embargo, la pequeña larva comenzó a escavar para salir a la superficie. Will Eisner era el de Contrato con Dios. Y como si hubiera estado esperándome durante tanto tiempo en la estantería de la librería, allí estaba un único ejemplar, bien conservado a pesar de los meses. Se vendría conmigo y veríamos qué cosas teníamos en común Kilgore, Will y yo.

El libro es en sí mismo una trilogía. Contrato con Dios, que sería la primera parte y la que da nombre al libro completo; Ansia de vivir y La Avenida Dropsie. Es llamada la primera novela gráfica de la historia, publicada en 1978 tras varios rechazos editoriales y, sin lugar a dudas, la obra cumbre de Will Eisner.

Este dibujante criado en Brooklyn en una familia judía, decidió componer una obra donde se reflejara el Nueva York de su vida. Eisner nos enseña en cada una de las partes la extrema dureza vital de esa ciudad y sus gentes así como la inamovible felicidad que acompaña a esa dureza. La vida allí era un drama que a cada paso vislumbraba alegría, desesperación, optimismo y crueldad a partes iguales. El libro trata de ser una autobiografía del propio Eisner sin que él aparezca por ningún lado. Todos somos parte de aquellos con los que nos cruzamos. El lugar donde vivimos nos forja el carácter, nos ayuda a ser prevenidos y confiados según las situaciones y nos hunde o nos ensalza según la suerte con la que nos hayamos cruzado. Eisner lo sabía, y da muestras de ello.

La historia que se nos cuenta no es la historia de Nueva York, sino de una de sus pequeñas venas, la Avenida Dropsie. Situada en un barrio como Brooklyn, el microcosmos de Dropsie hace inteligibles los acontecimientos de la historia norteamericana por todos nosotros conocidos. Y también muchos de la historia mundial. Dropsie está poblado por gentes de diferentes etnias –judíos, negros, hispanos, italianos, irlandeses, etc.- aunque Eisner, como es lógico, nos muestra más historias de familias judías.

Hay libros que empiezan flojos para ir, poco a poco, creciendo en el sentimiento del lector. Sin embargo Eisner no disimula y capta al lector con todo su talento desde la primera historia, la que da nombre al libro, la del Contrato con Dios. Puede ser muy buena prueba para que sepa Ud. si le va a gustar el libro. Cójalo en una librería, abra la primera historia, la del rabino Frimme Hersh. Si no se estremece al contemplar el rostro de dolor del rabino mientras le chilla a dios por haberle abandonado, si la sutil manera de Eisner de llevarnos por el dolor de este hombre de buen corazón, ahora desgarrado, no le conmueve, cierre el libro y olvídese de emocionarse alguna vez en su vida. Eisner nos pone ante situaciones de extremo dolor dejándonos atrapados en la guillotina, salvándonos la vida por los pelos o asumiendo nuestra muerte como lectores al final de cada historia.

La historia del rabino centra la atención en el primer libro de tal manera que el resto, aun a pesar de su calidad y emotividad, nos deja fríos. Sin embargo, los otros dos libros que componen la trilogía levantan el vuelo por no verse herederos de dolor de Hersh. Ansia de vivir nos enseña una Nueva York en mitad de la crisis del 29. Desesperación, ese es el tema de este segundo libro. Los personajes que por aquí desfilan urden todo tipo de tramas para escapar de su destino apocado. Poco a poco, las historias individuales de cada uno de ellos se van entremezclando, con el discurrir del barrio. Unos conocen a otros y entre todos ellos componen la historia de un barrio que, como todos los barrios, sufre la Historia como un peso que le arrastra al fondo del río.

Mención aparte merece La Avenida Dropsie, el tercer libro de este volumen. En esta brillante obra, Eisner nos enseña la Historia genérica del barrio Dropsie, de Brooklyn. El llevar de los años provoca cambios poblacionales, étnicos, urbanísticos, sociales. Cada nueva variable introducida por Eisner modifica a los personajes, al barrio, a la globalidad del libro. Sin embargo, como bien nos enseña Eisner en esta visión de su vida, todo en realidad permanece inalterable. Los holandeses no quieren vivir al lado de los ingleses. Los ingleses quieren echar a los nuevos vecinos irlandeses, quienes terminan por reclamar la expulsión de los inmigrantes italianos, enfrentados por la llegada de judíos al barrio. Estos, curiosamente, son los únicos que no se enfrentan a nadie en toda la novela. Al menos como grupo social. Sí que se levantan todos frente a la llegada de la población negra. Aunque toda esta serie de quejas sociales termina siendo siempre sofocada por un atisbo de inteligencia, por una pérdida de miedo ocasionada por una crisis social –puede ser el crack del 29, pero también la guerra de Vietnam- que termina uniendo a todos los grupos sociales presentes en cada momento definiendo y redefiniendo la identidad del barrio una y otra vez.

Quizás sea esa la moraleja de este libro. Quizás, Eisner nos enseñe que es el miedo lo que provoca los males de ese pobre barrio. Cuando Eisner publica Contrato con Dios, Nueva York es una ciudad sin ley, dominada por los grupos mafiosos. Son los miedos individuales los que, según nos enseña Eisner, permiten a los malos recolocar al barrio, hacer de él lo que quieran y manipular a las personas a su gusto propio. Eisner señala sobre todo a los mafiosos, a los delincuentes, pero no me cabe duda de que en la ciudad de hoy, quienes señalan el destino del barrio no son sólo los criminales. Son los políticos y las ideas empresariales las que modifican nuestro entorno. Y Eisner tiene toda la razón a la hora de mostrarnos en el libro que, desde la voluntad de diálogo y la unidad de los vecinos, nadie puede acabar con lo que todos hemos construido.

6 de julio de 2008

La ladrona de libros, Markus Zusak

“La ladrona de libros” es una de las novelas que aparecieron en mi estantería el pasado Sant Jordi (gràcies, Mama). Leí que “La ladrona de libros” es la historia de la niña que le robó las palabras a Hitler. Pero creo que no es verdad. Ella de Hitler no se habría llevado nada. Además, el que le robó las palabras fue Max. No Liesel Meminger.

*Quien es entonces Liesel Meminger*

Liesel Meminger es la ladrona de libros. Esto lo sé yo, lo sabes tú, lo sabe su Papá, lo sabe Rudy, el que un día se disfrazó de Jesse Owens protagonizando el escandaloso incidente, incluso lo sabe Ilsa, la mujer del alcalde y dueña de la biblioteca en la que Liesel acostumbra a robar. Y lo sabe La Muerte.

Tiene 8 años y vive en la Alemania nazi. Sus padres eran comunistas y por esto ella y su hermano tienen que ir a vivir a la calle Himmel, la calle que tiene un nombre que significa cielo, donde les esperan sus padres de acogida. Lamentablemente, La Muerte se lleva al pequeño hermanito de Liesel en el tren de camino al nuevo hogar, así que cuando ella llega a la nueva casa lo hace sola, triste y desamparada, y con un secreto escondido debajo de la ropa. El primer libro robado. No sabe leer.

*Lo que tienen y lo que no tienen*
los personajes de esta historia

Los padres de acogida, Hans y Rosa, o Papá y Mamá, son muy especiales. Rosa tiene un carácter terrible y una bocaza enorme por la que sobretodo salen insultos, y un corazón todavía mayor. Tiene una cuchara de madera con la que proporcionar watschen a Liesel. Hans tiene las manos sucias de pintura, un cigarrillo colgando en los labios, un acordeón muy viejo y un judío escondido en el sótano. El judío, sobretodo, tiene miedo. Los cuatro tienen hambre y no tienen dinero, porque en plena guerra nadie necesita los servicios de un pintor de paredes. Rudy tiene 5 hermanos, es el vecino y mejor amigo de Liesel y no tiene miedo. Liesel, por su parte, tiene mucha suerte. Ilsa tiene una bilioteca llena de libros, los libros tienen un dedo de polvo, el polvo sólo tiene los recuerdos del pequeño hijo de Ilsa, muerto años atrás. También tiene ropa para lavar y planchar, y Liesel tiene un saco con el que recoge esta ropa para que Mamá la lave. Andadora de ciudades. Ladrona de libros.

Quizás “La ladrona de libros” sea un típico relato sobre qué le pasa a la población civil en una guerra. Miseria, bombardeos, mucho miedo, solidaridad y recelos. Y sin embargo tiene algo de especial.

Su estilo es particular. Directo, sencillo. Limpio.

Urgente.

Un poco surrealista, el narrador que explica lo acontecido es la propia Muerte. Ya sabes, el personaje de la capucha y la guadaña. Que, bien pensado, en un relato sobre guerra no está tan fuera de lugar. La Muerte, esta que nunca va con prisa porque siempre llega, estaba en el año 42 bastante atareada. Atareadísima, se diría. De ahí la urgencia, creo. Y aún así se paró unos segundos a mirar a los ojos de la niña que le llamó la atención tres veces, en el tren, junto a la hoguera en la que se quemaban libros, y entre las ruinas del bombardeo. Se paró, y no se la llevó. Quizás, sólo, se llevó su historia. Y por esto La Muerte tiene un relato, un mensaje, una historia urgente para explicar, la historia que Liesel escribía en el sótano y que le salvó la vida.

Durante un rato estuvieron sentados juntos.
El humo trepó por el hombro de Papá.
Diez minutos más tarde, las puertas del latrocinio se abrirían un poquito de nada y Liesel Meminger las abriría un poco más y se deslizaría entre ellas.
Se cerrarían detrás de ella? O tendrían la buena voluntad de dejarla volver a salir?
Tal como descubriría Liesel, ser una buena ladrona requiere muchas cosas.
Sigilo. Valor. Rapidez.
Y en todo caso, y por encima de todo, hay un requisito definitivo.
La suerte.

¿Sabes qué?
Olvídate de los diez minutos.
Las puertas se abren ahora mismo.

Smells like a teen spirit, interpretado por Paul Anka

Todos asociamos "My way" a la voz del mítico Frank Sinatra, pero lo que pocas personas saben es que fue Paul Anka, quien adaptó la canción francesa "Comme d'habitude" al inglés, transformándola en la bella canción que todos conocemos. Y es que Paul Anka ha sido uno de los compositores más grandes, así como un intérprete extraordinario. Bien lo saben en Las Vegas. En esta ocasión, Anka, hace suyas las letras del grupo Nirvana, dándole ese toque swing tan característico de las veladas en esa ciudad del estado de Nevada. Una joyita que no podíamos dejar escapar para resarcirles de las peores versiones de la historia ofrecidas por el_situacionista. Va por ustedes