15 de octubre de 2008

El niño con el pijama de rayas, de Mark Herman

No leí el libro. No me llamó la atención lo suficiente y la portada con las rayas cantaba demasiado. Cuando la obra de John Boyne se convirtió en todo un éxito quedó desechada definitivamente de mi lista de libro. No por una cuestión de esnobismo (social), sino por el poco sentido que le encuentro a leer una novela de éxito rápido que ha tenido una más rápida compra de los derechos de autor para su adaptación al cine. Sí, en este caso está claro, para qué leer el libro si la película tardará unos poco meses en llenar las mantas junto a los acceso al Metro de Madrid.

La película arranca, como no podía ser de otra manera tratándose de un pseudodrama infantil, con la mirada de un niño alemán. Una óptica que no abandonaremos a lo largo de toda la cinta y que se convierte en el soporte de toda la historia. La cálida e inocente mirada del muchacho mostrará una realidad distinta, a la que no encuentra lógica y de la que sólo se hace preguntas. Hijo de un militar de alto rango de la Alemania nazi, su familia se traslada a un campo de concentración del que se hará cargo. El niño, que no entiende en qué consiste su nueva vida, se cuestiona sobre el campo de concentración, al que él llama granja, y por qué los granjeros van siempre en pijama. Quizá sea esta la parte más decepcionante para todos aquellos que han leído el libro. Todos ellos, casi a la vez, resuenan en mi cabeza como si se tratase de un cerebro esquizofrénico, repitiendo una y otra vez, que en el libro, en ningún momento, se da pistas sobre el lugar en el que el niño está, componiendo, desde la inocencia del niño y sus preguntas, la realidad por la que se transita. Como es obvio, en una obra literaria, la imaginación la pone el lector, mientras que en una película, la imagen, casi siempre, mata la poca que nos queda. ¿Cómo podía haber evitado el director esta pérdida de la sorpresa? No había manera.

Puede que por ello lo único que le queda a la película sea el simbolismo. No deja de ser más o menos evidente que el niño protagonista, en su constante intención de explorar el entorno que le rodea, no es sino un sencillísimo símil de alguien que desea conocer qué pasa en realidad en un mundo que no estaba preparado para lo que vivió. Una cierta licencia, a mi modo de entender, pues si se supone que el niño hace de Humanidad, y va enterándose de que la granja no es una granja, o de que los pijamas son en realidad uniformes, hasta toparse con un niño al otro lado de la alambrada, todo resulta una inútil prolongación de la fábula en la que vive Occidente y según la cual nadie sabía lo que pasa en los patios traseros de media Europa.

La estructura recuerda a “La vida es bella”. Dos niños en medio de un conflicto que, a través de sus juegos, diseccionan materias tan trascendentales como el bien y el mal, la razón y la sinrazón, la cobardía… fácil, facilón. Puede que el director Mark Herman, tras matar a con el objetivo de la cámara la sorpresa de descubrir que la película va sobre el genocidio, renunciase, víctima de texto de Boyne, a construir una verdadera fábula sobre el tema. Algo que pudiese poner un punto de calidad en una colección de títulos que, con la excusa de tratar un tema tan delicado como el holocausto, se sirven de todos los recursos al uso para con, la lágrima fácil, seducir a una audiencia que ya no distingue matices ni colores entre tanta homogeneidad. Por ello, “El niño con el pijama de rayas” resulta una película ramplona que podía haber tenido casi tanta trascendencia cinematográfica como mediática. Sin embargo, los tópicos y usos habituales a los que se recurre, próximos a un fácil sentimentalismo, evitan que pueda convertirse en una gran película. Lástima que a Herman le flojeasen las fuerzas a la hora de agarrar el timón. No es que la película sea mala. Se trata sólo de que en ningún momento tiene más rumbo que el que el espectador imagina.

Como siempre que se trata de una película con protagonistas infantiles, el trabajo de casting es notable. Debe resultar especialmente sencillo elegir a los niños que encarnen un papel entre miles de candidatos, pero aún así, no deja de ser meritoria la mirada del niño protagonista (al que ya vimos en "Son of Rambow"). Unos ojos que nos conducen a un final precipitado e imaginado desde el mismo momento en el que ronda por la alambrada. Un final impuesto a modo de último golpe a un espectador que ya está demasiado acostumbrado. Una pena que no brille más esta película.

1 comentario:

  1. No te pierdes nada por no leer el libro. Y antes de ver la peli, vuelvo a ver King Kong contra Godzilla.

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