19 de octubre de 2008

El ruido y la furia, de William Faulkner

Ya me advertía el_situacionista que Faulkner no era fácil, nada fácil. Mucho menos si tienes de fondo de coro a un grupo de octogenarias haciendo aquagym con los grandes éxitos del verano pasado a todo volumen. “El ruido y la furia” es un libro complejo. Su estructura no da tregua al lector y constantemente se necesita hacer memoria de la historia leída hasta esa línea con el objeto de entender lo que está pasando y encajar todas las piezas. Se agradece el acierto de Cátedra, bajo la edición de Mª Eugenia Díaz Sánchez, de incluir el estudio previo que desgrana gran parte de los secretos que esconde el texto (disculpen que no se la portada promocionada). En este estudio se incluye una pequeña guía de los apartados que componen esta obra. Lejos de querer facilitar las cosas a los futuros lectores, yo les recomendaría que dejasen de lado estas notas para leer el primer apartado sin ningún tipo de referencias. Si son capaces de leer la totalidad del capítulo, no tendrán problema en acabar el resto del libro. Eso sí, una vez terminen con cada uno de los días (así divide su obra Faulkner), lean la guía correspondiente y relean el día para entenderlo en su totalidad. Disfrutarán mucho más de esta tormenta.

El ruido y la furia” no es el retrato de la familia Compson, protagonista de la novela, sino la disección del Sur de los Estados Unidos en toda su miseria. Desde el núcleo de una familia sureña tremendamente religiosa y supersticiosa, términos redundantes, se descubre una sociedad puritana que apura su estilo de vida al compás de cambio marcan los nuevos tiempos. Frente a una madre recluida en su habitación, avergonzada por no haber podido parir un “hijo normal”, el entorno se vuelve cada vez más hostil, hasta el punto de no poder controlarlo y verse en la necesidad de borrar todos aquellos recuerdos que le resultan incompatible con su manera de pensar.

A Faulkner le encanta someter a la máxima presión al Sur. Probablemente, la mayor parte de las cosas que la familia Compson vive en esta novela (y en otras obras, pues fue desarrollando parte de su historia a lo largo de los años), se toman con toda naturalidad. Algo propio a su sociedad. Sin embargo, tras el cristal de este escritor, que realiza una hipérbole de su descripción, y en nuestro propio entender, todo resulta tremendamente exagerado, caótico, cruel y desgarrador. Para empezar nos encontramos con el relato del menor de los hijos de esta familia. Un deficientemente mental en cuya mente indaga Faulkner en busca de la percepción que tiene de lo que le ha tocado vivir. Supongo que ante hechos sin mucha lógica, una perspectiva tan aparentemente sencilla puede ayudar a mostrar la intolerancia de la sociedad ante la diferencia. Ya sugeríamos en el anterior párrafo el inmovilismo de la madre, un personaje que encarna como nadie la rigidez de la hermética sociedad sureña hasta el punto de cambiarle el nombre a su propio hijo por la vergüenza que siente ante él. Algo a lo que Benjamín (así se llama el pequeño de la familia) permanece ajeno en la descripción de los hechos, que aparecen desordenados y confusos. Sólo la permanente atención al texto nos permitirá desgranar una historia que será refutada por los siguientes relatos.

La tragedia no necesita llamar a la puerta en esta novela. Está presente desde el primer momento y se deja notar a cada paso. Presa de la superstición más pueblerina, la familia Compson deambulará por todo tipo de desgracias. En parte puede que debido al asfixiante ambiente, algo que está presente en todo el texto. Sin embargo, Faulkner se apresura a juzgar a sus personajes, rescatando su inocencia primitiva (como por ejemplo hace con un Benjamin al que castran siendo inocente de toda culpa) y haciendo culpable a la socialización de todos sus pecados. Una perspectiva que puede resultar convincente a juzgar por la presentación que hace de los elementos socializadores, como la familia (una madre ultrarreligiosa y conservadora, un padre pastor y alcohólico) o el entorno. No obstante, al descubrir el sueño en el que vive Quentin (otro de los hijos), en el segundo de los relatos, y su incestuosos deseos respecto a su hermana, uno se pregunta si el Sur es el estercolero de Dios. Tanta concentración de desgracias no la consigue ni Céline en sus mejores momentos de inspiración. Pero ya es tarde para valorar la respuesta a esta pregunta, el segundo día está acabando y la novela ya te ha atrapado hacia el desenlace de cada uno de los personajes.

Será en la tercera división en la que Faulkner se vuelva más convencional a la hora de escribir. Después del ejercicio de ordenación que supone el relato de Benjamín y la indagación que requiere el de Quentin, los hechos que relata Jason, el menos agraciado de los Compson (excluimos a Benjamín, al que nunca valoraron), suponen un descanso para la mente del lector. Lleno de rencor por lo que cree que podía haber sido y lo que es, condenado a vivir una vida que no siente suya, se ve atrapado en una serie de engaños que le permitan intentar aproximarse a aquello que su madre (viuda ya) deseaba de sus hijos. Hombres respetables del Sur. De este modo, Jason se enfrenta a su personaje público, que en realidad sólo interpreta ante su madre, y su verdadero yo. Una nueva muestra de la necesidad de cubrir las apariencias, mucho más cuando te ha tocado cuidar de la hija de una hermana a la que su marido abandonó. Una falsa moralidad por la que habitualmente uno siente vergüenza de lo que se supone que sienten de los demás, pero que termina pasando por alto al tratarse de uno mismo. Pero la carga religiosa, latente en toda la obra, ha hecho que la madre no sea ni capaz de mencionar el nombre de su hija, enfrentando la educación de su nieta como la salvación de sí misma. Ella le ha fallado a Dios y este es su castigo.

Disley, la esclava negra que trabaja para la familia desde que era pequeña, siendo ya una anciana, será la encargada de llevar a Benjamin a la Iglesia el día de Pascua. Relato final que se centrará en un servicio religioso que condenará el comportamiento de toda la familia, convirtiéndose este último día en una especie de Juicio Final. Una prueba que los actos no superan pero que, sin embargo, no obtienen una condena. En el Sur, a pesar de lo vivido, todo sigue igual.

Faulkner se esfuerza en construir un escenario al que ya no se puedan sumar más desgracias. Condena a los protagonistas por sus comportamientos heredados del ambiente que respiran, liberándolos de su culpa, de su Pecado Original. Del mismo modo en el que, tras realizar una disección precisa del comportamiento de esta sociedad, finalmente termina por olvidarse de sus intenciones. Poco o nada importa. Igual que Benjamin, viejo y cansado, llora y grita cada vez que alguien cambia un ápice sus costumbres diarias, el Sur se protege y lucha por perpetuar su estilo de vida. Independientemente de las víctimas que puedan originarse, esta confusión en la que está escrita esta novela, las historias forzadas, la tensión buscada… todo queda olvidado si el orden natural de las cosas sigue su paso. Si el Sur sigue siendo el Sur. Muy probablemente, lejos de odiar este instinto de conservación, Faulkner permanecía fascinado.


7 comentarios:

  1. ¿Por qué libro empezar a leer a Faulkner?. Eso le pregunté a mi amigo Kilgore, especialista en Faulkner y resultó que la respuesta coincidió con vuestro regalo de cumpleaños: Santuario.

    En cuanto descubra cómo me tengo que pelear con él, me pongo con "El ruido y la furia".

    Ya saben Uds. que en este pueblo lo que hay es verdadera adoración por Faulkner.

    Saludos.

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  2. Nunca he leído a Faulkner, pero, a menos que se me diga lo contrario, comenzaré con este libro reseñado aquí. Lo único que desconozco e el cuando, pero imagino que en algún momento de este año casi recién estrenado.

    Un saludo.

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  3. Yo te lo digo: empieza por Santuario, para ir poco a poco.

    Saludos y bienvenida.

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  4. Justo esa respuesta buscaba, gracias!

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  5. Me parece que el comentario de las "octogenarias haciendo aquagym" es de tono despectivo y está fuera de lugar. Ya basándome en esto consideré que no valía ni más mínima molestia leer su análisis de la obra.

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  6. Me parece que el comentario de las "octogenarias haciendo aquagym" es de tono despectivo y está fuera de lugar. Ya basándome en esto consideré que no valía ni más mínima molestia leer su análisis de la obra.

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  7. Por mi parte me sentí identificada con el aturdimiento que provoca la música a todo volumen de las clases de aquagym en general, y la culpa es de sus profesores. Muy bueno y ameno el análisis de la obra. Saludos

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