2 de noviembre de 2007

El país del Presidente Eterno, de Roger Mateos Miret

Un joven periodista barcelonés se apunta, vía Asociación de Amistad con Corea (KAF), a un viaje al corazón de la dictadura más hermética del planeta, el régimen de Kim Jong Il. Una aventura nada despreciable a la que más de uno nos habríamos apuntado y de la que, seguramente, difícilmente haríamos salido ilesos culpa de esa manía de preguntarlo todo con ese tonito tocapelotas que tanto nos gusta usar. Por tanto, desde el principio, uno se aproxima a este libro con la envidia lógica hacia el autor, por ser uno de los pocos occidentales que ha logrado acceder a Corea y, en segundo lugar, con la enorme curiosidad de descubrir un país casi desconocido más allá de la imagen del dictador y sus megalómanas representaciones artísticas.

El afortunado autor, politólogo y periodista, adolece de una cierta capacidad analítica en favor de una mayor capacidad descriptiva. No le culpo. Trabaja como periodista y eso se nota en cada uno de los capítulos de los que se compone el libro. Narrado en un estilo directo, sin grandes matices, pretende realizar una fotografía aséptica de lo que ve. Sin darse cuenta que no es posible lograr la objetividad desde el primer momento en el que se eligen las palabras para describir un hecho, desde el primer momento en el que se empieza a escribir. Por lo tanto, ese esfuerzo por reflejar lo que ve sin caer en el tópico, siendo fiel al original, es tan inútil como el ímpetu de los norcoreanos de parecer un pueblo abierto y moderno.

Los libros de viajes, narrados a modo cuaderno de bitácora, pueden escribirse de dos maneras: una en la que lo viajado es lo principal, es decir, el protagonista es el lugar que se va descubriendo, y otra, en la que el viajero es el protagonista, es decir, en la que uno se cree Livingston descubriendo el nacimiento del Nilo. Pues Roger Mateos no sólo elige la segunda sino que además no duda en perder hojas de su diario para demostrarnos lo mucho que sabe de Corea, apoyando algunas de sus descripciones con la narración de hechos históricos. Técnica habitual pero que en ese caso no va mucho más allá de la típica descripción de una guía de viajes comprada en los saldos del Vips. Lástima de la oportunidad pérdida. Y es que en el libro echamos de menos una mayor profundización en el conocimiento de Corea del Norte. Pocos son los que tienen la suerte de poder visitar el país, y si lo que nos cuentan es tan poco, en la vida tendremos mayor información del régimen que la proporcionada por la CIA. No digo yo que tenga que ofrecernos un detallado estudio del sistema de propaganda y socialización integral más potente del planeta, pero un poco más de contenido más allá de contarnos si hay fotos de los dos líderes en las paredes se hubiese agradecido. Incluso la visita a uno de los puntos más calientes del mundo, la frontera entre las dos Coreas, es absolutamente decepcionante. Y sin embargo, nos cuenta con todo lujo de detalles como uno de los compañeros de viaje, trabajador de un laboratorio, se le ofrece para olerle la mierda diarreica para averiguar qué tipo de infección padece. ¡Toma ya! Excusaremos, eso sí, y en lo relativo al fondo y no a los detalles escabrosos, el libro de Mateos debido a la injusta comparación audiovisual. Comprendiendo que la edición del reportaje de Jon Sistiaga para Cuatro pone de manifiesto que la potencia imagen está por encima de casi cualquier descripción escrita. Lástima de imaginación y de manejo de la palabra.

Respecto a los personajes centrales, reales todos, destaca Alejandro, el presidente de la KAF. [Incluso por encima del propio protagonista, que deja su impronta en cada una de las hojas de su diario.] Alejandro Cao de Benós es el presidente de la KAF. Célebre por su paso por el documental de Jon Sistiaga, en el que no sale muy bien parado, Alejandro tiene el empeño de enseñarle Corea del Norte a todas aquellas personas que lo deseen (y que consideren adecuadas) para acabar con los mitos que difunden los medios de comunicación occidentales. Esta empresa es la que le ha llevado a colar en Corea a todo tipo de periodistas que no le han traído más que problemas. De hecho, y tras ver el documental de Sistiaga o leer el libro de Mateos, uno se pregunta cómo es posible que las autoridades coreanas sigan confiando en una persona al que se le escapan los problemas a pares. Puede que sea por el desmedido amor a su tierra coreana, o simplemente porque al igual que en muchos otros lugares, los viajes de amistad se han convertido poco a poco en un lucrativo negocio.

Finalmente, el libro nos sorprende con una visita al mausoleo de Mao. Una visita nada casual en la que trata de establecerse una comparativa entre la mercantilización del corazón y el alma de la China comunista con el viaje al mausoleo de Kim Il Sung, lleno de devoción y respeto. Una sobriedad en la línea de un país encerrado en sí mismo frente a una China que se encuentra caminando por el fino alambre entre el comunismo y un mercado ultra neoliberal. Una comparación que resulta tan cutre como decepcionante todo el libro.

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