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12 de febrero de 2007

Sara Lazarus

Después de la entrada “un gitano en la corte del Jazz” debíamos continuar con una actualización de este estilo con alguno de los nuevos valores que han aparecido en los últimos tiempos (sin, por supuesto, olvidarnos de los grandes). Este es el caso de Sara Lazarus que, como veremos, está encadenada a la entrada dedicada a Reinhardt por lo colateral.

Joven estadounidense cuya personalidad vocal dice mucho del buen momento del que goza este nuevo jazz que podemos escuchar en los últimos tiempos, cada vez más fusión con el blues, el pop, el rock, el chillout, música de ascensor… algunos toques de R&B y muchos de comercialización directa. Rebajando la pureza y aspereza de los grandes (como el mencionado), Lazarus nos presenta un primer disco, “Give me the simple life”, en el que combina el más puro jazz vocal con unos arreglos adecuados para transportarla desde la melancolía al romanticismo (el camino es ciertamente corto) sin dejar pasar por alto algunos temas más líricos en los que muestra todas sus tonalidades, bien medidas y controladas. Acompañada en lo musical por una banda más que solvente, destacan de este disco su versión del tema de Cole Porter (autor que se merece una entrada en este blog) “He was too good to me”, además de la estupenda “Once upon a summetime” o “Smile”. Habitual el recurso a las canciones de siempre para un primer trabajo, que con suerte te repesca alguna para la banda sonora de alguna película o anuncio de publicidad y te dan a conocer al gran público.


Dos años después publica “It’s all right to me” del que el primer tema que escucho es “Cheek to cheek”, (en realidad es la última del disco) versión animada de otro clásico, que esta vez se queda a años luz del maravilloso dúo que protagonizaron Ella Fitzgerald y Louis Armstrong y del que siempre quedará el recuerdo de aquella emocionada actuación de Stanley Donen en el agradecimiento de su Oscar honorífico. Pero como no se trata de una colección de anécdotas sino de una crítica de este disco aún sin publicar en España [guiño, guiño -Teddy Bautista- guiño, guiño] sigamos. Es esta ocasión Lazarus se alía con Bireli Lagrene, el más notable de los discípulos de Django Reinhardt y él único al que consideran medianamente capaz de seguir la estela de su maestro. Una combinación con la que la cantante cede gran parte del protagonismo vocal a la guitarra de Lagrene, que suena no como un acompañamiento sino como un auténtico dúo. (Si les ha gustado Django no pierdan la ocasión de hacerse con cualquier material disponible de su discípulo.) Como ya hemos dicho, con alguna que otra versión de temas clásicos, además de la mencionada, destaca “Embraceable you”, con un elegancia que recuerda a Diana Krall, y “Gipsy in my soul”, otras de las grandes en la que el guitarrista se luce en todos y cada uno de los punteos que acompañan a una sensacional Lazarus.

5 de febrero de 2007

Un gitano en la corte del Jazz

“Esa guitarra que se ríe y llora, guitarra con voz humana”

Jean Cocteau sobre Django Reinhardt

No me resisto a caer en la tentación de hablar de Jazz en este blog aprovechando la ocasión que El País me ha dado con su colección de clásicos del Jazz. Colección que, sin embargo, ni siquiera he sopesado comprar; los recursos hoy día dan para más y la ingente cantidad de grabaciones que esos monstruos que salen en la colección dejaron tras de sí permiten optimizar de mejor manera [guiño, guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño, guiño].

Hoy nos vamos a meter con una maravilla de guitarrista; Django Reinhardt. A quienes hayan visto la película de Woody Allen Acordes y Desacuerdos, el nombre de Django les sonará de algo. El protagonista de la película –perfectamente representado por Sean Penn-, músico de Jazz, es llamado el “Segundo mejor guitarrista del mundo”, delante de él sólo está Django y, cada vez que lo ve, el protagonista sufre un desmayo. No cabe duda de que la admiración que Allen tiene a Django es más que justificada.

Nacido en tierra belga en el año 1910, este gitano pronto recorrió el mundo de la mano de su familia. El espectáculo gitano de la cabra y el oso era amenizado por un niño de 9 años y su banjo. Django parecía destinado a ser recordado como un músico de banjo, pero cuando la caravana donde duerme sufre un incendio sus manos se queman y es trasladado al hospital. Allí le regalan su primera guitarra y el milagro ocurre. Django Reinhardt se hace amigo de ese nuevo instrumento, inventa una nueva manera de tocar más acorde con sus capacidades –debido a las quemaduras su movilidad era limitada- y, a través de Duke Ellington y Louis Armstrong, se acerca a la música Jazz que en esos días copaba París. En este estilo encontró la seriedad de la música clásica con el divertimento de la popular. El Jazz no volvería a ser el mismo tras su paso.

Django conoció al violinista Grapelli en una de sus funciones y, junto con un hermano y dos músicos más, formaron el Quintette du Hot Club de France, una banda de Jazz tenazmente dirigida por Django que asombraría a toda Europa.

La Segunda Guerra Mundial separó a la banda y Django vio cómo su gente, los gitanos, eran perseguidos por las tropas nazis. Sin embargo, en una de esas carambolas que sólo las guerras provocan, Django coincidió con un oficial nazi enamorado de su música, el cual lo protegió en el París alemán. Allí, prosiguió su carrera amenizando clubes y fiestas privadas. Cuenta la Historia que, en una de esas fiestas privadas organizada por las señoras ricas de París, Django tocaba tras el maestro Andrés Segovia. Allí llegó Django, tarde y sin guitarra, pues se le había olvidado en la habitación del hotel. Preguntó al maestro si le prestaría la suya para la actuación pero, ante la negativa de éste, Django tuvo que mandar a buscar en taxi la suya. Cuando llegó, Django tocó de tal manera que al acabar Andrés Segovia se le acercó rogándole que le prestara las partituras de tan brillante actuación. Django sólo pudo decirle la verdad: no había partituras, era una improvisación. Nuestro gitano no sabía leer ni escribir, así que mucho menos sabía interpretar una partitura. Todo lo hacía de memoria, con el sentimiento puesto en una guitarra que sonaba como si fueran dos o tres.

Su personalidad era la de un genio propio de una música como el Jazz. Cuentan que, en 1946 durante su gira americana, Django tenía que acudir a un concierto con el mismísimo Duke Ellington. Por el camino se toparon con unos billares, juego al que naturalmente era aficionado y partida tras partida Django olvidó que tenía una actuación. Cuando llegó al teatro, ésta ya había dado comienzo sin él. En esta gira americana sufrió alguna decepción que otra al no sentirse tan querido como le habían hecho creer. Regresó a su Paris donde retomó la Quintette du Hot Club de France y donde solía tocar con cualquier grande del Jazz que pisara sus calles.

Tras una carrera de fama, Django decidió descansar de nuevo en su localidad natal en territorio belga, pintando y disfrutando de lo conseguido. Sin embargo el Jazz lo perdió en 1953, a los 48 años de edad, por culpa de una hemorragia cerebral. Dejó tras de sí una infinidad de grabaciones, en estudio y en directo, en donde las generaciones siguientes hemos podido comprobar que la perfección con una guitarra existe.

Django Reinhardt representó la genialidad y el sentimiento del Jazz. Vivió la música como sólo los de su raza saben hacerlo, sabiéndose libres de interpretaciones y logrando que aún hoy sus conciertos revolucionen los oídos de muchos y sirvan de inspiración a los más grandes. Si no lo conocían antes, descúbranlo, se harán un favor a sí mismos. Ahí les va una primera pieza.





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