20 de mayo de 2009

Pedro y el Capitán, de Mario Benedetti

Para ser verdugo hay que nacer verdugo. Y yo nací otra cosa. Pero alguien lo tiene que hacer.
El lunes pasado Clara vio las noticias en la tele por la mañana, y se acordó de traerme un libro que hace tiempo que me había recomendado. Pedro y el Capitán, de Mario Benedetti. No es extraño que Clara se acordara precisamente el lunes, como si fuera nuestro sencillo homenaje, mira, aquí tienes, hoy sí me acordé de él

Y el lunes mismo, entre un viaje de metro y un rato de lectura antes de dormirme leí las 70 u 80 páginas de esta obra de teatro. Os lo cuento: por la portada, una especie de dibujo abstracto, uno no sabe de qué va a ir el libro, y de hecho Clara se pensó que sería alguna cosa de un niño y un marino, algo así como Elliot y el Dragón. Pero yo no. Porque Clara ya me lo contó: Pedro es un preso político, de izquierdas, sometido a tortura y el Capitán, que en realidad es Coronel, es su torturador. 

Estoy en Sagrera y me siento en el vagón, abro el libro, medio acordándome de qué va la historia (oigo en mi cabeza la voz de Clara que me lo cuenta), me salto el prólogo porque sospecho que va a contarme demasiado. Al cabo de cuatro páginas tengo que levantar la vista y removerme inquieta en el asiento, la violencia me incomoda, estoy en Camp de l’Arpa y suena el pitido que avisa del cierre de puertas. Después del trasbordo casi he acabado la primera parte y Pedro aún no ha abierto la boca. Sólo oigo la voz estentórea del Capitán, la manera como seguro de si mismo suelta su monólogo, inculpador, inquisidor, condescendiente, cruel, injusto. Casi me ha convencido de querer que Pedro diga lo que sabe. Al fin y al cabo, acabará cediendo y quizás pueda ahorrarse el sufrimiento, y de paso, mi incomodidad. 


Pero Pedro, encapuchado, inmóvil, mudo, tenaz, me imagino, cuando salgo al Paral•lel para ir hacia casa, sólo mueve lentamente la cabeza en señal de negación. 

Después el Capitán le retira la capucha, y Pedro empieza a responder algunas preguntas. Muy sencillas. ¿Hablarás? No. Y explica: Con capucha no abrí la boca porque hay un mínimo de dignidad al que no estoy dispuesto a renunciar, y la capucha es algo indigno.

El Capitán sólo interroga a Pedro. Los que lo hostian son otros. En cuatro sesiones de conversación, que siguen a las correspondientes sesiones de golpes, la violencia es únicamente verbal (dejando a un lado el estado que presenta el torturado, a cada sesión un poco más demacrado), pero es igual o peor. La violencia está más presente en las palabras que en los puñetazos. Dice Benedetti en el prólogo que así como la violencia puede ser un buen recurso para la novela o el cine, en el teatro supone una agresión demasiado fuerte para el espectador. Seguramente así es. Quiero decir que basta con lo dicho por el Capitán para el ejercicio que propone Benedetti: intentar entender qué pasa por la mente de un ser humano que tortura a otro ser humano. Dice el Capitán: si te dejara de ver como a un ser humano, del que conozco y comprendo el sufrimiento, no te podría torturar. Sólo el saber que eres humano, que tienes un límite, que tienes esperanzas y deseos me permite saber que podré dejar de pegarte en cuanto me digas lo que quiero. 

Y aunque a partir de la tercera parte la situación pierde un poco de credibilidad, Pedro se vuelve excesivamente valiente y el Capitán excesivamente manipulable, me gusta el giro que propone. Al final, la tortura es tan terrible para el propio torturador que sólo su éxito la justifica:
Si usted muere sin nombrar un solo dato, para mí es la derrota total, la vergüenza total. Si en cambio dice algo, habrá también algo que me justifique. Ya mi crueldad no será gratuita, puesto que cumple su objetivo. Es sólo eso lo que le pido, lo que le suplico... 
Es la flaqueza del argumento de que el fin justifica los medios: que queda uno obligado a tener éxito. Porque si no consigues el fin, entonces ya no queda nada que justifique los medios, y sólo queda la crueldad, desnuda, injustificable, desamparada, perdedora. Por esto es tan importante que los medios se justifiquen por ellos mismos. 

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