Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

17 de septiembre de 2012

Todo se desmorona, de Chinua Achebe


Okonkwo es un gran guerrero, fue el luchador más conocido por entre los poblados de su zona cuando era joven, tiene tres mujeres y un buen almacén de ñames. Es un hombre de éxito. Un hombre respetado. Comenzó de la nada, pidiendo prestados sus primeros ñames a un hombre respetable, arando y cultivando, esforzándose más que el resto. Tenía que salir adelante, porque su padre no le había dejado nada en herencia más que el miedo al fracaso, el miedo a ser como él. Con prudencia y esfuerzo,  Okonkwo se ha hecho con varios títulos de su comunidad y puede tener realistas aspiraciones de convertirse en un gran hombre de su poblado, guardián del orden y de las normas que heredaron de las generaciones anteriores.

A través de este personaje, que representa a un hombre cualquiera del África Occidental, Chinua Achebe es capaz de narrar la destrucción de un mundo. El sistema social y político que describe Achebe nos muestra unas comunidades perfectamente organizadas según normas y conceptos propios. Los matrimonios, las guerras, las cosechas, las fiestas, las creencias, todo está en perfecta armonía con el mundo que les rodea. El escenario de Okonkwo es un mundo nada idealizado, donde hasta la contradicción tiene cabida y donde la vida y la muerte –como en todos lados- tienen un sentido y un precio determinado. Un orden político, social, económico y religioso que permite continuar con la vida y asumir las dificultades inherentes que hay en ella.

Pero ¿cómo se acaba con un mundo perfectamente organizado? Las tres imágenes clásicas del colonialismo europeo -el soldado, el comerciante y el misionero- ejercen actividades perfectamente coordinadas en el relato de Achebe. Puede que no de manera premeditada, pero esta coordinación es capaz de fijarse en las incongruencias de los sistemas políticos, sociales y religiosos del periodo precolonial y utilizarlas para reventarlos. Como la dinamita que se coloca en las brechas de una montaña en la minería al aire libre. La montaña –los sistemas- queda hecha trizas a la espera de que un agente externo le proporcione un nuevo sentido.

El papel de la religión europea, del cristianismo británico en este caso, supuso la modificación de las costumbres autóctonas y la clave del conflicto colonial al suponer un reto a las creencias más firmes de la población africana. La figura de los africanos conversos, encarnados en su mayoría por los más desfavorecidos por el sistema político y social, es clave en este proceso. Avalados por el poder y la fuerza que la nueva religión les otorga se enfrentan a los poderes que antes les excluían y luego, cuando se convirtieron, les ignoraban. La revolución colonial, parece que nos dice Achebe, pudo comenzar con la llegada del misionero europeo, pero no hubiera tenido sentido sin la acción revolucionaria de parte de la sociedad africana, ya conversa. Frente a un sistema político, social y religioso africano que excluía a unos e integraba a otros, el sistema colonial otorga fuerza a los excluidos para ser ellos los nuevos excluyentes.

El comerciante, no tan presente en la novela de Achebe, es el que marca el camino y el sentido de la movilización europea hacia África Subsahariana. La oportunidad de ganar riquezas y materias con las que comerciar en nombre de la monarquía colonial es la punta de lanza de la intervención europea.

Por último el soldado es quien hace que la misión civilizadora y la misión comercial tengan éxito. La tecnología militar europea permite avasallar al enemigo africano -pacificarlo en términos coloniales- sin apenas resistencia y tan si quiera con la sensación de que el otro es un enemigo digno de llamarse tal. Su debilidad es casi insultante para el soldado, en constante y plena búsqueda de la gloria militar y colonial.

La sociedad africana que describe Achebe no fue capaz de prever ni prevenir lo que se le venía encima, oponiendo resistencia pero condenada a su fracaso. Desconocedora de la historicidad bélica europea consiente en permitir el asentamiento del misionero en su tierra, en parte aterrado por los relatos de pueblos que se han resistido y han sido masacrados, y en parte por una aparente cualidad de conformismo y prudencia que les hace esperar una reacción hasta que ya es demasiado tarde.

La novela de Achebe tiene el mérito de saber describir bien una poderosa vitalidad dentro de la sociedad precolonial y cómo la invasión europea fue capaz de subvertir el orden establecido mediante la combinación del poder de la convicción y el militar. Supuso un hito en la Historia de la Literatura cuando se publicó por primera vez, en 1958, y quizás por eso se le ha negado constantemente a su autor el Premio Nobel –autoconstituido como premio universal de las letras, pero de una evidente y aplastante europeidad. Inexplicablemente descatalogado desde hace años en el mundo editorial español, en 2010 la casa Random House Mondadori lo reditó dentro de la colección de bolsillo que dedicó a todas las novelas largas de Chinua Achebe. Su lectura se disfruta en lo literario y se sufre en lo político, siendo el sufrimiento el único camino posible para acceder a lo que Achebe desea que entendamos: cómo es posible destruir un mundo.

5 de agosto de 2012

Nosotros, de Yevgueni Zamiátin (releído)

Otra vez volvemos a analizar esta obra, con el fin de darla a conocer al gran público y para que una de nuestras colaboradoras (no digo nombres) se anime por fin a leerla.

Para analizarla vamos a prescindir de la analogía con otra de las obras cumbre de la literatura distópica escrita dos décadas después por el autor de "Homenaje a Cataluña". Y obviamos aquí toda referencia a esa obra, no porque no existan evidentes analogías, sino porque se ha escrito mucho ya acerca del tema y añadir obviedades está muy lejos del fomento del espíritu crítico, de éste, su blog.

Si no saben de lo que les estoy hablando, quizás sería bueno que se pasaran por el artículo de wikipedia o de este mismo blog escrito por el_situacionista sobre la obra a analizar y tras una lectura de ambos libros, extraigan sus propias conclusiones.

Hecho todo este preámbulo y con el fin de pasar a analizar el libro de marras, comenzaremos diciendo que debemos abandonar todo prejuicio instalado en nuestras mentes acerca de los regímenes totalitarios. De hecho, conceptos modernos como el "pensamiento único" o lo "políticamente correcto", son tanto o más cercanos al Estado Único que plasma Zamiátin, que aquel régimen al que pretendía caricaturizar, en el cual, la disidencia era uno de los pilares en los que legitimaban su existencia.

En las sociedades modernas, a pesar de lo que nos quieran hacer pensar acerca del individualismo y de la preeminencia del "Yo" frente a la colectividad, la heterodoxia y el pensamiento crítico se han convertido en productos de consumo que están orientados y definidos para determinados públicos integrados en aquello que llamamos sociedad. esto es, el "Nosotros". La diferenciación con los "otros" ha adquirido otros ámbitos que van más allá de la ideología, toda vez que ésta ha muerto según defiende Francis Fukuyama en su libro "El Fin de la historia". El nuevo poder hegemónico neoliberal  encuentra ahora su enfrentamiento en el choque civilizatorio huntingtoniano y la lucha, desde este punto de vista reduccionista, trata de convertir a los "otros" a una serie de valores, que "Nosotros" creemos, son los correctos.

Precisamente, en 2012, estamos más cerca, aunque de una manera más sutil, del "Nosotros" de Zamiátin que lo pudiera estar la Unión Soviética de aquellos tiempos. Muestra de ello es, que en la edición de la editorial Akal, nos presenta una carta del propio Zamiátin al propio Stalin, para que éste le diera permiso a áquel para abandonar la URSS con el fin de poder escribir su novela. Zamiátin, que había escrito obras para alabar los progresos del socialismo, se encontraba en una situación complicada cuando sus obras pasaron a perder el favor de los cuadros dirigentes de la URSS. El régimen soviético, prefería enviar al extranjero a un posible disidente, que mantenerlo dentro de sus dominios. En algunos casos, como en el del recordado Trotsky, incluso procuró su eliminación física una vez en México. Por analogía, en "Nosotros", esa disidencia recibe un castigo ritual dentro del Estado, aunque se prefiere la reeducación del díscolo y enamoradizo protagonista, evitando así convertir en mártir, a quien por equivocación o por influencia de otros ha cuestionado el sistema.

En la época actual, donde supuestamente ha triunfado el individualismo frente a lo social, se permite que por ejemplo, uno pueda vestir de manera diferente a los cánones establecidos, incluso se permite pensar de manera distinta y se reservan espacios para su desempeño y su desarrollo. También se permite un espacio para la protesta, siempre dentro de unas normas preestablecidas. Son precisamente esas normas y el respeto a los valores de la ideología dominante, lo que permite la homogeneización de la sociedad y el no cuestionamiento al régimen en el que vivimos. Mientras uno no se salga de la cúpula de cristal donde están asentados nuestros estados todo estará bien. Sin embargo, si a uno se le ocurre salirse de esa cúpula de cristal, vivirá en entre los bárbaros y la única salida que le quedará, será rendirse, porque "Nosotros" somos más fuertes.

He leído la obra de Zamiátin durante estos días y en varias ocasiones se me han puesto los pelos de punta. Quizás haya identificado muchas de las cosas que suceden en nuestra sociedad actual, con aquellas que se cuentan en esta distopía. Quizás estemos viviendo nuestra propia distopía. Creo que merece la pena echar un vistazo a las páginas de este libro y sacar nuestras propias conclusiones. Desde aquí invito a todo el que quiera, a comentar y a los que lo deseen a releer o leer por primera vez este libro (estoy convencido de que a ti te va a gustar). También recomendaría leer el de Orwell. Créanme, hay bastantes diferencias y dependiendo de la persona, a alguno le parecerá uno más atractivo que el otro. En lo personal, ambos me gustaron, me inquietaron y me pusieron los pelos de punta. Creo que ese era el objetivo.

31 de julio de 2012

Cuna de gato, de Kurt Vonnegut


La marea de libros de las estanterías de lo nuevo hace muchas veces olvidar que entre todos aquellos libros abandonados por las editoriales en los cuchitriles que acostumbran a ser las librerías de lo viejo se encuentran grandes obras –y en ocasiones geniales autores enteros- abandonados a su suerte. Vonnegut es uno de esos autores abandonado por las editoriales españolas. El día que lo redescubran habrá alguien que se lleve mucho dinero con las ventas de los libros. Mientras tanto, sólo queda rebuscar intentando hacerse con una copia desvencijada de Cuna de gato, una de las obras cumbre de su bibliografía.

El argumento, como casi todos los de las obras del genial Kurt, es simple: John, un periodista que tras 250.000 cigarrillos y dos ex–esposas quiere ser llamado Jonás, decide emprender una tarea nueva: escribir un libro sobre el fin del mundo. En realidad, lo que Jonás pretende es escribir una historia sobre la vida real de Felix Hoenikker el día en que se lanzó la primera bomba atómica. Lo curioso de esta historia reside en que el tal Felix es el padre de la Bomba. Las indagaciones sobre los sucesos familiares de ese día le llevarán al conocimiento de la existencia de una cosa llamada hielo nueve. Ésta es una nueva sustancia, inventada por el Dr. Hoenikker, que congela cualquier cosa que esté por debajo de 45º.

Con esto sólo nos queda en esta reseña presentarles a otro de los protagonistas de la novela: el bokononismo. Es una religión ideada por Bokonon, falso mesías de una isla caribeña donde reina la dictadura de papi y a donde Jonás se acercará intentando escribir un artículo para una revista. El bokononismo es una religión pretendidamente falsa, cuyos preceptos consisten en una serie de mentiras y rituales, contradictorios entre sí, surgidos de la imaginación de un náufrago. Si alguna vez pensó que Vonnegut era previsible, es que no vio su profundidad.

En Cuna de gato el fin del mundo está cerca. Ya te lo dice Jonás al empezar. Vonnegut tiene ese estilo peculiar a través del cual cuenta las cosas en presente, que es pasado, y sobre el que los acontecimientos no importan. Esta técnica no llega en Cuna de gato al extremo de Galápagos, donde incluso señalaba con un asterisco al final del nombre a todos los personajes que fallecerían a lo largo de la historia. En el estilo de Vonnegut* también había otra constante: ningún personaje, ninguna persona, es insustancial a la historia. Todos tienen una historia detrás de él que le hacen ser como es y que provoca que tengan tanta importancia como los personajes. Es una opción ética de Kurt* constante en cada línea.

Vonnegut* se empeña por mostrarnos el cinismo del mundo moderno. El hecho de que en esta historia cuente con un arma militar –el hielo nueve- y una religión inventada por él –el bokononismo- le permiten jugar con los hilos que sostienen nuestras realidades. No importa cuánto traiga Ud. en su mochila, disponga a arrojarlo por la borda y comencemos una carrera nueva, ya que la vida, para el amigo Kurt* era sólo una pequeña ironía donde lo importante era amar y ser amado, y no el competir, luchar, herir o pasar desapercibido.

El humor absurdo, otra constante en sus libros, también nos acompaña en Cuna de Gato. Desde el dialecto de la isla caribeña, que se trata del inglés, pero con un acento raro –divertidísimo ga-a-a-nchuh- hasta la constatación de que todo esto -la vida, la suerte, la novela- es sólo una broma infinita de dios contra nosotros. O quizás fuéramos nosotros los bromistas de un dios sin sentido del humor.

Mire mis manos. ¿Ve la cuna? ¿Ve el gato? Pues eso.

31 de marzo de 2012

La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon


Existe una máxima vital que dice que cualquier vida se puede dar por completa si se ha plantado un árbol, tenido un hijo y escrito un libro. Pues bien, en una zona de la región sur de Turquía existe no uno, sino varios árboles plantados por mí y que además crecen año a año –los sigo por Google Maps. Además este año ha nacido nuestro primer hijo. Para completarlo sólo faltaría escribir un libro, y aunque uno ha participado con varios capítulos diversas obras colectivas, es esta una cosa que no todos los mortales somos capaces de hacer debido a la extrema complejidad y disciplina que requiere la escritura de una obra. En su defecto podríamos variar la máxima vital hacia algo así: toda vida se puede dar por completa si se ha plantado un árbol, tenido un hijo y leído un libro de Thomas Pynchon. Pues bien, sólo queda decir Mission Accomplished.

No vamos a ocultar que este era nuestro segundo intento de leer a Pynchon. Ya hace unos años la disoluta vida a la que nos conducía el trabajo impidió completar Vineland. Y desde entonces ahí la tenemos, aparcada en la estantería. En espera de que nos olvidemos de las geniales imágenes californianas que en sus primeras 85 páginas –las leídas- nos brindó Thomas para volver a retomarla. 

Mientras, como uno es un hombre de retos, decidió que las horas de sueño robadas por el neonato se dedicarían a la lectura de la obra de Pynchon que parecía más asequible. Soy hombre de retos, pero no un suicida que se decida a leer obras postmodernas de más de mil páginas el mismo mes que ha de estar pendiente de una personita de cuatro kilos y de una heroína a la que colmar de atenciones.

El disparo de salida de La subasta del lote 49 consiste en la designación de Edipa Maas como albacea testamentaria de un examante que se ha hecho rico con el tiempo. Edipa no es más que un ama de casa, recién llegada de su reunión de tupperware semanal, pero no se amilana por nada. Abandona a su marido y se va a cumplir sus funciones de albacea sin siquiera sospechar que éstas la introducirán en una compleja trama de conspiraciones norteamericanas y europeas con varios siglos de historia.

El descubrimiento, y posterior obsesión, de un símbolo dibujado en la puerta de un lavabo público conduce a Edipa a preguntarse por ciertos interrogantes relacionados con la subasta. Conocerá así la existencia de Tristero, una agencia de correos clandestina que ya en siglos pasados resultó clave en guerras europeas y cuyas claves se relacionan con diferentes versiones de una misma obra de teatro.

El símbolo que encontrará Edipa Maas.
Un delirio, una invención de catastróficas e hilarantes consecuencias, lo que tuvo Pynchon con esta novela. Delirio porque la trama y la narración tienen esas particularidades de quienes describen mundos oníricos o desestructuran la literatura. Catastróficas e hilarantes consecuencias para el lector porque, además de ser extraordinariamente divertida, la obra deja en la retina del lector imágenes y mundos que se reproducen en otras obras. La catástrofe, la de verdad, consiste en llegar al final con la sensación de no haber entendido nada, pero de haber pasado por varios de los mejores pasajes que se han leído. Nada de bromas fáciles, nada de referencias culturales sencillas. Pynchon es un reto en sí mismo. Un reto de altura que muy pocos están en disposición de alcanzar. Yo, por ejemplo, no he podido alcanzarlo. Sé que se me han escapado millones de pequeños detalles. Sé también que esos detalles no son la alegoría de ningún poso de realidad, porque Pynchon no habla de los mismos temas que hablan otros escritores. ¡Es la postmodernidad, estúpido! Y así sigue, durante sus cortas 200 páginas, que se hacen largas en muchas ocasiones y cuyo final abierto se presta a cualquier tipo de interpretación.

Harold Bloom dice, al parecer, que para comprender algo de La subasta del lote 49 se ha de leer dos veces seguidas. Yo sólo le puedo responder dos cosas al gran Bloom. La primera, que ya son ganas de fastidiarle a uno los retos personales que se autoimpone. Y la segunda, que se la lea él un par de veces, si puede, mientras cambia pañales a las 4 de la mañana. Eso sí que es ser postmoderno.

Yo, por mi parte, me voy estudiando la historia de América, a ver si cuando lea algo de Maxon & Dixon entiendo algo más a parte de pasármelo como un enano.

1 de febrero de 2012

El talento de Mr. Ripley, de Patricia Highsmith


Tanto tiempo allí, sobre la mesa, que Ripley se había convertido en un asiduo a los debates titulados ¿Qué voy a leer ahora?. Pero su peor enemiga, la pereza, siempre acababa por relegarle a puestos más oscuros aún a pesar de que todos me hablaban bien de él. Acostumbrado a su lugar secundario dentro de la bandeja de entrada, acurrucado entre los ejemplares que continuaban su saga, el talentoso Señor Ripley esperaba su oportunidad sin apenas creérselo. Cómo imaginar que el día que ésta llegara él iba a reaccionar tan rápidamente, asesinando los recuerdos de los libros leídos inmediatamente antes que él, comportándose como si fuera un amigo de toda la vida y viviendo a lo grande -¡ser leído!- por una maldita primera vez.

Su creadora, Patricia Highsmith, también tuvo parte de culpa en este deliberado olvido. Aquel horrible Pequeños cuentos misóginos había hecho de Ripley una oferta menos tentadora a pesar del atractivo de su oscura y negra alma de novela. Apenas abiertos, los retraídos y miedicas cuentos de Highsmith tiraron por tierra las expectativas del que los leía y de la que los escuchaba. Más se perdió en Cuba, otras historias nos traerá la mar.

Con todo, la sola posibilidad de ver la película de la novela nos animó definitivamente a rescatar el ajado ejemplar de entre la pila y darle esa oportunidad que toda obra merece. 

Siempre pasa. En esas libros que fueron película el punto de partido se lo lleva la obra que primero conociste. Pero frente a esta constante hay otra, que nos dice que la profundidad alcanzada con un libro aún no es posible de alcanzar con una película, te la vendan en HD, 3D o en edición de lujo de siete discos.

Hay, durante toda la película, un poso de obra destinada al fracaso que sólo se puede entender si se piensa que su director y guionista aceptó desde el inicio del proyecto que jamás lograría alcanzar a la novela. Pero no sólo es el fiasco de la traducción de los lenguajes literarios al cine lo que hace decepcionante la adaptación cinematográfica. A este objetivo se consagran desde cuestiones menores, como la fotografía o la excesiva sobreactuación de sus protagonistas –en el caso de Matt Damon diremos más bien infractuación-, hasta cuestiones tan graves que son dignas de consejo de guerra literario, como el imbécil final, los absurdos personajes sacados de la chistera del director o los inútiles comienzos de la historia. Soldados, apunten, fuego.

Aunque siendo justos, alcanzar a la novela de Highsmith es complicado. El talento de Mr. Ripley no será una de las grandes obras de la literatura, pero sí es una gran obra de novela negra. Y lo es sencillamente porque encuentra el peso adecuado a cada escena y gira en torno a un personaje, Tom Ripley, con anchas espaldas sobre las que descansar múltiples historias.

Ésa es una de las diferencias entre el cine y la novela. El Ripley del cine es un chico poco inteligente, trabajador, dominado por su sexualidad y más bien plano. El Ripley de Highsmith, el verdadero Tom Ripley, es por el contrario un tipo inteligente, talentoso –como refiere el nombre de la novela-, que se odia a sí mismo no por su sexualidad inapropiada, sino por ser un fracasado. Es un tipo incapaz de hacer nada bien, de comportarse, sin el valor suficiente para delinquir ni el coraje suficiente para vivir honradamente. Él es víctima de su propia indefensión ante el mundo, de su ausencia de personalidad. No envidia los lujos o los caprichos de los más ricos. Envidia la personalidad de éstos y por ende, entiende que el dinero, o cualquier tipo de posesión personal, otorga por sí mismo una personalidad definida. Un pecado muy común, por cierto, en la sociedad occidental de hoy que en origen hace de Ripley uno más entre nosotros.

Se puede destacar también el ambiente de la novela. Alejado de los clásicos estereotipos de la oscuridad y la nocturnidad, El talento de Mr. Ripley es en realidad la historia de un crimen a pleno sol, un bronceado y hedonista crimen con persecución, fuga y recontrafuga. Si hubiera sido escrito en tono humorístico, la historia de Ripley sería una estupenda comedia de enredos. Pero los miedos de éste a ser descubierto en cualquier ocasión, de estar siendo engatusado para caer en la trampa preparada en su contra o sus sospechas sobre cualquier compañero de viaje le hacen moverse sobre el fino hilo de la desesperación culpable y la serenidad.

Gran historia en la que uno se puede sorprender sufriendo por un ser tan detestable como Tom, odiando a la amistosa Marge, temiendo a los botones de cualquier hotel o pensando qué habría pasado si ese remo, precisamente ese remo, no hubiera estado allí.

12 de enero de 2012

Crónicas de Jerusalén, de Guy Delisle


A nadie le gustan las novelas. O los libros. A todos nos gusta tal o cual autor. Tal o cual libro. Pasa igual con los géneros. Te puede gustar la literatura policiaca en general, porque te gusten los temas que suelen tratar. Pero existirá mucha literatura policía a la que ni te acercarías por miedo a que fuera ella quien te destripara a ti.

A mí me pasa lo mismo con el cómic. No es que me guste, en términos generales. Es que existen unos autores que sí me gustan lo que cuentan y cómo lo cuentan. Un estilo determinado de cómic. Me pasa con Jason y también con Eisner. Pero sobretodo me pasa con Guy Delisle. 

Si me acerqué a Pyonyang más por la curiosidad del lugar que por la aventura de la novela gráfica fue sencillamente porque no sabía quién era Guy Delisle. Una vez conocido ya me daba lo mismo qué o dónde lo contara, porque tenía seguro que me lo iba a pasar bien.

Leído Pyonyang, leído Crónicas Birmanas –a la que volveremos algún día para reseñarla- y pendientes de leer Shenzhen, la aparición de un volumen bastante amplio sobre Jerusalén trajo nuestra atención desde el principio.

Las claves de este nuevo trabajo de Delisle son claras. En las tres obras suya que me he leído tiene la costumbre de no adoctrinar ni interpretar según sus propios criterios. Todas las situaciones a las que hace referencia son explicadas bajo el mismo prima de la ingenuidad y la inocencia –en el buen sentido-, incluido aquellas en las que él deja de ser la excusa para contar la historia para pasar a ser el protagonista de la misma. El resultado es una sucesión de continuas anécdotas que en conjunto dan una visión global de la situación, con diferentes puntos de vista y un gran y desacomplejado sentido del humor.

Delisle vivió durante un año en Jerusalén sin hacer nada. Su mujer, empleada de Médicos Sin Fronteras, fue destinada a Palestina –en concreto se desplazaba a Gaza- y eso le situó en la ciudad santa con la única responsabilidad de atender a sus dos hijas. El resto del tiempo lo podía dedicar a trabajar en una nueva obra o a pasear por la ciudad. Y escogió esto último.

La visión de Delisle sobre Jerusalén es la de una ciudad ahogada por sus propios conflictos. Los religiosos y los políticos. En relación al religioso, Delisle explica la curiosa correspondencia entre las tres religiones y sus diferentes sectas –si bien no hace distinción ninguna entre la población musulmana. Pero es en relación al conflicto político en el que Crónicas de Jerusalén destaca por encima de todo.

Delisle no escribe desde un posicionamiento único. Es evidente que refleja una situación de presión y colonización de la población y territorio palestino por parte de diversas fuerzas israelíes. ¿Es eso posicionarse? En realidad no. Posicionarse consistiría en la defensa de un único punto de vista, justificando cualquier acto por salvaje que sea. Lo que realiza Delisle es un ejercicio de honradez narrativa que habla por sí solo, por encima de cualquier documento de denuncia.

El resultado es una muestra de la complejidad del conflicto entre dos poblaciones que viven unidas aunque separadas por multitud de barreras –sociales, religiosas y físicas. Tan pronto pueblan sus páginas los kilómetros del muro de separación, los checkpoint y la explanada de las mezquitas como judíos que creen que Jesucristo era el mesías judío que esperaban, ultraortodoxos que insultan a las mujeres disimulando que se atan un zapato o árabes que entran a comprar en los supermercados de los colonos. 

Pero el gran protagonista de esta historia es el humor. Un sentido del humor cotidiano, capaz de hacernos reír con la historia más tonta y que permite contar fácilmente historias duras y dramáticas, difíciles de digerir. El resultado es una novela gráfica genialmente dibujada y narrada por Delisle, tremendamente recomendable y altamente adictiva que, afortunadamente, podemos revivir y revisar a través del blog que el autor tuvo abierto durante su estancia en Jerusalén y que acaba, como la novela, con las mismas maletas con las que llegó, pero cargadas de un poco más de luz sobre el eterno conflicto israelo-palestino.

5 de septiembre de 2011

Lamentaciones de un prepucio, de Shalom Auslander

Admitámoslo. Con un título como éste es casi imposible que tu espíritu gamberro, ese que aún te anima a contar chistes escatológicos en cuanto tienes la oportunidad, no te obligue a abrir el libro. Dicho y hecho.

La librería era un nido de silencio. Esos silencios que sólo albergan ciertas librerías los días después de las grandes compras. Claro, si haces el Sant Jordi una semana más tarde de lo que corresponde parece que ha pasado un huracán por la librería. Estanterías semivacías, con los ejemplares apilados en algunas esquinas, otros torcidos, apoyándose en sus compañeros como si necesitasen reposar de tanto esfuerzo, las mesas casi vacías y desordenadas.

El ambiente post catastrófico se había trasladado a los pocos clientes que allí nos juntamos una tarde. Pocas miradas y muchas menos palabras, con un único y constante sonido de fondo del teclear del ordenador de la dependienta. Y, casi sin querer, te topas con un libro Lamentaciones de un prepucio. Se activa entonces ese espíritu gamberro que abre el libro, lee la primera página y enciende dentro de ti ese pequeño saco de la risa. Te sacudes en mitad de unas carcajadas incontroladas y comienzas a pensar que tu vida no estará completa hasta que hayas podido leer y reírte este libro.

¿Qué es lo que explica esa primera página de Lamentaciones de un prepucio? Explica la obsesión de su autor, Shalom Auslander, con dios. Pretendidamente autobiográfico, este libro escenifica la violenta relación del autor con un ser superior al que imagina manipulador, vengativo y a la vez paciente en la planificación de su venganza. Un ser capaz de esperar a que la felicidad total y plena alcance a sus criaturas para castigarla de la manera más cruel que uno se puede imaginar.

Auslander procede de una comunidad ortodoxa judía de Nueva York. Sin embargo él no encaja en la infinidad de normas contradictorias que le intentan meter en la cabeza. Un tema que ya ha sido muy tratado tanto en la literatura como en el cine. Sin embargo la novedad del libro de Auslander reside en la ya mencionada relación con dios. Auslander, de espíritu gamberro, sigue atreviéndose a contravenir las reglas de la fe que ya no profesa, y a cambio piensa que dios va a por él. Que le espera a la vuelta de cada esquina para enviarle una maldición o asesinar a su ser más querido de la manera más irónica concebible. Por eso, cualquier buena noticia se convierte en seguida en un temor irracional dentro de él que lo lleva a intentar compensar su felicidad con el cumplimiento aislado de alguna regla religiosa.

Escrito con un gran sentido del humor, el libro no termina de ser más que un chiste. Un chiste contado a lo largo de 298 páginas, que se extiende más de lo que uno desearía ya que, una vez que has entendido el sentido del chiste, lo que quieres es que acabe.

Por el contrario, más allá del chiste podemos encontrar un gran contenido de cultura religiosa judía. Al menos en este país –que no se dice “este país, que se dice España”- la cultura judía está poco menos que escondida. Frente a los cursos de cultura árabe, china, japonesa y tantas otras, la divulgación de las tradiciones judías y, sobretodo, de su cultura religiosa –con sus normas y sus concepciones del mundo- están ausentes del conocimiento colectivo. Auslander, siempre en clave de humor, nos explica la extrema complejidad que entraña la bendición de la mesa para un judío. También cuenta la dificultad de vivir un Sabbath sin poder encender una bombilla –y el porqué de no poder encender una bombilla en Sabbath. De manera que, al mismo tiempo que se conoce la religión judía, uno se puede reír de sus normas y comprender la dificultad de la existencia de Auslander hasta que logró salir de su comunidad.

Es este es uno de los méritos del libro de Auslander. Que te hace reír de una cultura que no conocías, algo que todo adolescente que llevamos dentro es capaz de apreciar y de valorar. Algo que toda cultura debería hacer de sí misma, aunque en ocasiones sea doloroso. Algo que, por desgracia, la mayoría de las culturas considera sagrado y termina por ser castigado. Por suerte para Auslander, dios de momento sólo le ha castigado con una colaboración habitual en la gran The New Yorker, la publicación de este libro, un matrimonio feliz con una mujer judía con la misma carencia de fe que él y el nacimiento de su primer hijo. Y sí, como ya supondrán, la venganza de dios que Auslander imagina contra él será de carácter bíblico. O talmúdico, como prefieran.

30 de junio de 2011

La última noche en Twisted River, de John Irving

La cantidad de grandes autores con una extensa bibliografía sobre la cual aún no nos hemos adentrado ha hecho que uno se busque excusas para entrar en una librería un día determinado -pongamos, por ejemplo, Sant Jordi- decidido a llevarse consigo una pieza de dicha colección. El Sant Jordi de este año pilló lejos de casa, muy lejos de casa, pero sin embargo uno ya tenía hecho los deberes. Meses atrás, con la excusa del cumpleaños, alguien me regaló La última noche en Twisted River, mi primera novela de John Irving. La tarea estaba completada y sólo quedaba ponerle fecha al comienzo de la lectura.

De manera que perdido en un hotel en la capital de la revolución, se abre la primera página y se encuentra una historia compleja y sin embargo capaz de atrapar al lector. La historia de dos protagonistas que, en realidad, son tres. Dominic, un cocinero de un campamento de leñadores; Danny, el hijo de éste; y Ketchum, leñador y mejor amigo de Dominic.

Lo que pronto parece una road novel, o una novela de huida destinada, obviamente, a complicarse sobre sí misma, deja pronto de aspirar a dicho título para convertirse en una novela compleja de personajes y de paisajes interiores.

Son 660 páginas -”aquí hay mucha lectura”, diría la madre de nuestro amigo Kilgore-, por lo que la manida expresión gran novela americana adquiere tintes verídicos. Irving es uno de esos autores capaz de pasarse la vida escribiendo dicha novela. Sin embargo, por lo que parece, ha decidido hace tiempo que mientras termina de escribir la novela definitiva, bueno será sacarse unas perrillas con los derechos de adaptación para el cine. Son varias las novelas suyas rodadas para la gran pantalla, y suelen ser pequeñas obras maestras o, cuanto menos, de ese tipo de películas que te dejan poso a pesar de que no te sientas identificado con la historia. Algo meritorio.

Siguiendo por aquí podríamos encontrar la primera crítica hacia la novela. Twisted River está muy pensada para ser llevada a la pantalla. Cuenta con un lenguaje visual muy cinematográfico que, en ocasiones, se aleja de la realidad literaria y hace previsibles ciertas acciones de los personajes. El abuso del lenguaje cinematográfico hace del flashback más que un recurso una norma, lo que en ocasiones despista y confunde al lector.

También en este sendero encontramos la que sería la mayor crítica a la novela: Twisted River no es sólo un libro, no es sólo una historia, sino que son tres o cuatro metidas ahí dentro. La novela que prevalece durante las 660 páginas es la de la contraportada: el cocinero Dominic y su hijo Danny huyen de Twisted River. Sin embargo, y esto parece algo habitual en las novelas de Irving, esta historia se complejiza más y más, llegando a puntos de credibilidad tan baja que casi podríamos estar hablando de una novela de Auster y su maldita casualidad. Es evidente que Irving, al contrario que Auster, tiene pensado un por qué que justifica tener que explicar todos los rincones de las vidas de sus personajes, sin embargo esta tarea dificulta la agilidad lectora y provoca que la novela reverbere en el lector hasta el punto de que no entienda por dónde le quieren llevar.

Pero no se dejen amedrentar por el esfuerzo que requiere introducirse en Twisted River. Como decimos, Irving sabe hacia donde va y, como en el senderismo, llegar a la cima de la montaña cuesta, pero cuanto mayor sea la montaña mayor será la recompensa.

4 de abril de 2011

Una tarde con Thomas Pynchon

Thomas Pynchon es, según dicen algunos, el mejor escritor norteamericano vivo. Para deshonra de Philip Roth. Sea como fuere, sobre lo que todo el mundo está de acuerdo es que, además de ser uno de los grandes de la literatura norteamericana, también es el escritor estadounidense vivo más misterioso. Y decimos vivo porque ya murió J.D. Salinger. De él no se sabe absolutamente nada. Tan sólo un par de fotografías de cuando era joven y el dato de que asistió a clase del gran Vladimir Nabokov. Aunque él no lo recordaba.

Jamás se le ha visto, por tanto, en ningún acto de promoción de sus libros. Jamás concede entrevistas -salvo aquella telefónica a la que accedió por lo que se podría considerar un chantaje. Cuando recibió el National Book Award no sólo no fue a recoger el premio, sino que envió en su lugar a un payaso profesional. De él se dicen muchas cosas pero sólo dos son ciertas, aunque yo dudo de una de ellas: que participó en dos capítulos de Los Simpson y que yo no soy Thomas Pynchon.

Con motivo de la celebración del día de Sant Jordi, se organiza en Barcelona una charla con sus traductores y editores. Se hablará de su obra, de su figura y de su misterio. Así que la cosa promete. Además, nadie te garantiza que al acto no asista el propio Thomas Pynchon.

Si quieres más información, la tienes aquí.

18 de febrero de 2011

Margarita, está linda la mar, de Sergio Ramírez

Me costó entrarle a la literatura de acá, lo reconozco. Había tanto que leer y no sabía por dónde empezar, y también, por qué no decirlo, algunas dificultades con el idioma. Parece mentira, pero a pesar de que hablamos el mismo idioma, las palabras, las expresiones y el tono no son los mismos. Prefería conocer un poco más el paisito, embeberme de su cultura y su historia, antes de emprender la aventura de leer algo de la literatura nicaragüense contemporánea. No hablo de Rubén Darío, al que me obligaron a leer en la asignatura de Literatura cuando estaba en el colegio, y al que le tomé un poco de manía como a todos aquellos autores que nos obligaban a leer. Mi contacto con los libros se limitaba a libros que me había traído de España, algunos libros de historia nicaragüense y una biografía de Sandino que alguien me regaló cuando trabajaba haciendo diagnóstico comunitario. Fue cuando terminé ese trabajo, y al celebrar con los compañeros, un amigo secreto que me dedicó la portada y por tanto dejó de ser secreto, me regaló un libro cuyo título me evocaba cierto poema de Rubén Darío que yo bien conocía. Y digo que yo bien conocía, porque cuando era pequeño, en el colegio y para una representación escolar nos hicieron recitar el poema “A Margarita Debayle”. Por aquel entonces no sabía que el poema era de Rubén Darío, ni tampoco que iba a vivir en Nicaragua, pero no tuve más remedio que aprendérmelo porque la nota me iba en ello. Después, en alguna ocasión, la he recitado bajo los efectos del alcohol, o para impresionar a otra Margarita, con la que me casé y por la que estoy aquí, en Nicaragua. “Eso es de Rubén Darío, que es un poeta nicaragüense”, me dijo. “Si tú lo dices…”, contesté.

Antes de meterme a comentar el libro, que por cierto, no he dicho cómo se titula, hablaré de su autor. Sergio Ramírez Mercado, al que ustedes conocerán por sus artículos en El País y en otros periódicos conocidos, fue vicepresidente de Nicaragua allá por los 80 durante la revolución, se salió del FSLN en el 96 y fundó el Movimiento de Renovación Sandinista. Se ha ido retirando de la política y es un famoso escritor con varios premios a sus espaldas.

El libro, se titula como el primer verso del poema antes mencionado, “Margarita, está linda la mar” y narra dos historias que están entrelazadas pero que ocurren en dos épocas diferentes del siglo XX en la ciudad de León. Una, en 1907, donde Rubén Darío regresa a su país natal para la celebración de un homenaje; y la otra, en 1956, año de la muerte del dictador Anastasio Somoza García a manos del poeta Rigoberto López Pérez, el cual formaba parte de una pequeña conspiración. Las dos historias, la que habla del regreso a Nicaragua del “Príncipe de las letras castellanas” y su posterior muerte a causa de una cirrosis; y la que nos relata la conspiración que conduce al asesinato de Somoza; son presentadas de forma alterna, ya sea desde la perspectiva uno de los personajes, el capitán Agustín Prío quien será uno de los conspiradores, o desde las notas sobre el pasado de Darío escritas por Rigoberto López Pérez, quien será finalmente el verdugo del general.

El autor nos va llevando, con un lenguaje preciosista en la mejor tradición modernista del propio poeta Félix Rubén García Sarmiento; por la historia de Nicaragua entrelazando pasado remoto y pasado, quizás, un poco más reciente, a partir del poema escrito en un abanico de una niña, como eje la ciudad de León y como telón de fondo la corrupción política, la intervención norteamericana y la violencia de la dictadura somocista.

En mi opinión, el libro se hace difícil de entender si uno no está acostumbrado al habla nicaragüense, sin embargo, poco a poco uno se va enganchando a unos personajes y a una trama que recuerdan a las mejores novelas latinoamericanas. Sin duda, este libro es una buena manera de acercarse a la literatura contemporánea nicaragüense y una invitación para leer más acerca de este autor.

1 de diciembre de 2010

Harry, revisado, de Mark Sarvas

Antes de cruzar el Atlántico, las personas que me lo enviaron debieron pensar que con dicho título, el libro tendría algo que ver conmigo. Tras cinco años escribiendo bajo el mismo pseudónimo, aquellos que me han leído, o incluso quienes me conocen, me identifican más bajo el nombre de Harry, que por el mío propio o por el diminutivo. Sin duda, aquellos que me lo enviaron y según lo que me indicaban en la dedicatoria, pensaron en mí cuando lo vieron en la estantería de la librería. Un Harry, revisado, no puede hablar sino de una persona que se revisa continuamente, como tengo por costumbre hacer en mi blog personal. Con mis antecedentes y la casualidad del título del libro, supongo que fue el acicate que a mis queridos amigos les bastó para comprármelo y enviármelo a Nicaragua.

Ni que decir tiene, que tengo la mala costumbre de leerme los libros de una sentada. En este caso fueron dos días, porque no sé qué pasó, que tuve que dejar de leer, me fui a la cama y tuve que dejarlo para el día siguiente. A pesar de mis voracidad lectora, el libro se deja leer bastante bien e incluso podría afirmar que me lo hubiera leído en una tarde, si no fuera, como dije antes, porque tuve que dejar de leer.

Antes de empezar a leerlo, me tomé un rato para averiguar quien lo había escrito. Al parecer, su autor, Mark Sarvas es un bloggero muy famoso en los EEUU, y esta es su primera novela. Supongo que es el sueño de algunos bloggeros, el ver publicado en papel lo que uno escribe. Digo supongo, porque a veces he pensado escribir algo para que me lo publiquen, pero soy demasiado vago e inconstante para terminar un proyecto semejante, toda vez que voy de una idea a otra, tengo dificultades con los párrafos y cierta tendencia a repetirme. Parece que Marc Savas lo ha conseguido y se puso a escribir, supongo también que animado por el éxito de su blog, las suculentas ofertas de las editoriales ávidas de nuevos talentos v. 2.0 y algún que otro piropo de alguna groupie de los blogs. Para ser su primer intento, no le ha ido mal, pues ha sido traducido a varios idiomas y ha tenido buenas ventas. El caso es que se lee bien, es entretenido y tiene algo de humor negro.

Sobre la trama, decir que se trata de un tipo, de nombre Harry, que horas después del fallecimiento de su esposa, se pone a coquetear con una camarera. Harry, que quiere ligársela, sabe que siendo él mismo, no va a conseguir nada de nada, y se reinventa a sí mismo, siguiendo el modelo del Conde de Montecristo. Durante el transcurso de la novela, Harry va repasando la tormentosa relación con su esposa y definiendo la estrategia para conquistar a la camarera, lo cual le lleva a situaciones absurdas y rocambolescas. La vida anterior de Harry, basada en las mentiras que continuamente marcaron su relación conyugal, dará paso a una nueva vida que irá definiendo a través de su revisión y transformación en una nueva persona.

Puedo decir que en algunos momentos me identifiqué con el personaje y en otros momentos lo detesté profundamente por lo patético y mezquino que es. No obstante, si algo tiene de bueno Harry es que no se da por vencido y trata de cambiar todo aquello que le ha hecho infeliz en su anterior existencia.

Quien tenga curiosidad por saber qué le pasó a Harry y por qué está revisado, que se lo lea. Aquí siempre animamos a la lectura, aunque no nos haya gustado el libro, y en esta ocasión, sí que lo ha hecho. De nuevo, agradecer a mis queridos amigos el hacerme llegar este libro, que he disfrutado, a pesar de habérmelo leído de una sentada.

21 de noviembre de 2010

Jernigan, de David Gates

Escoger un libro por su contraportada. Todo el mundo sabe que esa técnica tiene un riesgo muy alto. Pero, a la hora de la verdad, todos lo hacemos. Es más, los hay incluso que eligen un libro por la portada adecuada. ¡Malditos editores con gusto! En este juego, los de Libros del Asteroide se llevan la palma. Portadas como la de Calle de la Estación, 120 hacen que te lances irremediablemente a su lectura. Además, cuando la historia acompaña, como en dicho libro de Leo Malet, todo parece perfecto.

Sin embargo, sea como sea, a veces no se acierta. O al menos no del todo. Eso pasa con Jernigan de David Gates. Este norteamericano de 67 años logró publicar a los 44 su primera novela y llegar con ella a ser finalista del Premio Pulitzer en 1991. La novela triunfó como un libro de personajes y de perdedores, dos cosas que están especialmente valoradas en la literatura norteamericana contemporánea. La manera de contar la historia de David Gates es adictiva, entretenida y de trazo ágil. Sin embargo, la historia no aguanta las expectativas que sobre él crearon.

Jernigan es el nombre del protagonista de esta historia de autodestrucción. Proveniente de un ámbito social y cultural elevado, tiene una relación especial con el alcohol que domina por completo su estado vital, así como dominó el de su esposa. Con el recuerdo de la tragedia familiar vivida por él y por su hijo, Jernigan se lanza a tratar de recuperar su vida de la única manera que sabe: no haciendo nada y esperando que todo se resuelva solo. Su inapetencia por su vida y su despreocupación por la de su hijo adolescente, Danny, y todo lo que rodea a éste parece que milagrosamente le está siendo recompensada al verse, de repente, reconvertido en un nuevo cabeza de familia. Sin embargo, Jernigan es alguien capaz de destruirse muchas veces seguidas y a un ritmo aún mayor del esperado.

Como se podrá observar, Jernigan es el arquetipo del personaje moderno de la literatura norteamericana de hoy día. Algo que funciona comercialmente muchas veces pero que literariamente es mucho más complejo. Sólo es un borracho, pero con un nivel cultural muy elevado que permite al autor demostrar cuantísimo nivel cultural tiene a través de la inclusión en el relato de diversas referencias a la cultura pop o literaria. Jernigan, el personaje, es sencillamente el medio que David Gates ha utilizado para poder pavonearse de toda aquella cultura que está en los márgenes de la masificación y que a él le encanta o simplemente le hace gracia. Y por lo que parece, funciona hasta el punto de que la editorial le ha abierto un My Space propio a la novela. Todas las críticas del libro son muy buenas, pero en realidad le cuesta pasar del aprobado.

Por lo demás, Jernigan es un borracho que, como tal, no es lo suficientemente cuerdo como para entender y afrontar que sus compañeros de relato –su hijo Danniel, su nueva pareja y la hija de ésta- tienen más problemas que él. Es un tipo –perdedor por naturaleza- que puede caer simpático al comienzo, pero que no aguanta el relato largo, convirtiéndose en un tedioso insoportable.

Como decimos, es un libro divertido que está bien contado, de una manera divertida, que provoca una adicción a su lectura lo suficientemente grande como para pelearle al sueño unos minutos más cada noche.

20 de octubre de 2010

La piel fría, de Albert Sánchez Piñol

Existen libros a los que resulta complicado acercarse precisamente por todos los elogios que se han escuchado sobre ellos. “El corazón de las tinieblas catalán”, le llamaban. Un libro de aventuras capaz de soslayar la moral puritana y complaciente de la mentalidad occidental de comienzos del siglo XXI. Y cosas por el estilo. Pero, además, los susurros sobre libros que a todos nos llegan decían que La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, era un relato emocionante, terrorífico e impactante que te dejaba pegado a la silla desde el primer momento. Demasiados elogios para atreverse con él así como así. Demasiadas decepciones anteriores como para soportar una nueva. Y así, acumulando miedo sobre la decepción, el ejemplar de La piel fría se fue haciendo más y más pequeño dentro de la estantería. Fue perdiendo peso rápidamente a favor de otras lecturas que prometían menos y de las que, por tanto, su decepción iba a ser menor.

Pero como siempre en esta vida, al final uno termina por decidirse, dejar de mirar a aquella morena que se sienta en la cuarta fila de clase de Etnología Regional -por ejemplo- y acercarse a decirle al oído lo que durante meses llevas pensando que le dirías de tener el valor suficiente. Puede que te suelte el bofetón. Puede que no te haga caso. O puede, incluso, que te cuente un relato emocionante, una fábula moral y psicológica que te tenga varias semanas después aún pensando en ella. Sánchez Piñol es esa morena.

La piel fría, premio Ojo crítico de RNE, comienza con un oficial atmosférico llegando en barco a una remota isla del Atlántico Sur. La isla, en forma de L y de apenas unos kilómetros cuadrados, no está habitada y sólo cuenta con dos construcciones: un faro construido en una de las puntas y una casa habilitada para el técnico, en la otra. El técnico ha llegado para pasar un año entero de trabajo en solitario midiendo la intensidad y dirección del viento en una época en la que no existen ni ordenadores ni teléfonos. Es un trabajo para alguien que huye de algo y que no tiene miedo de sí mismo.

Sin embargo los acontecimientos se precipitan. El técnico deberá compartir la isla con un habitante del faro, huraño y poco dado al diálogo. Y además también deberá sobrevivir a ellos.

Este ellos constituye el verdadero tema de la novela. Son muchos, más de los que jamás nadie hubiera podido imaginar, y tienen motivos inexplicables. Bárbaros y salvajes unas veces, lógicos cartesianos otras, no dejan de insistir en sus empeños contra estos dos habitantes extraños de la isla. No conceden un solo descanso a la mente del técnico, quien intenta interpretar la realidad con todos los principios que le entraron en el baúl de equipaje.

Sánchez Piñol es antropólogo y conocedor de la realidad africana a través del Centre d’Estudis Africans de Barcelona. Las simetrías entre la conquista de la isla por estos dos personajes y la colonización de África o los discursos del encuentro colonial y el barbarismo son evidentes. Existen muchos puntos de reflexión sobre la interpretación del otro –o en este caso del ellos- a través de puntos de vista europeos. Es por este motivo por lo que se compara la novela con la genial obra de Conrad. El técnico atmosférico sería el equivalente al personaje de Conrad llamado Marlow, mientras que en el arisco farero se pueden encontrar rasgos de un Kurtz alejado hace tanto de la civilización que es incapaz de volver a pensar como ella.

Evidentemente la obra de Sánchez Piñol ni es una copia de la de Conrad ni tiene la envergadura de ésta. Sin embargo, a la disquisición moral y de encuentro que le son comunes a las dos, La piel fría añade un componente humano de deseo, miedo y venganza. Esta fábula nos pone en el pellejo del técnico atmosférico y nos hace comprender los giros, al comienzo tan absolutamente impensables y sorprendentes, que su mente termina dando, enseñándonos cómo el deseo es el arma más potente que existe, el que abre guerras, continua luchas y no concede ningún respiro a la mente.

Al terminar la lectura, una lectura que ya aviso es difícil abandonar, las imágenes de terror, ternura y las discusiones morales que nos ha proporcionado el libro son difíciles de olvidar. Resulta complicado hablar más de este emocionante relato sin descifrar nada más de la emocionante trama, por eso tan sólo añadiremos que nunca volveremos a mirar con los mismos ojos una gatera [glups]. Que la disfruten.

24 de agosto de 2010

Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer

De vez en cuando, y a trompicones, la literatura va cambiando. Muchas de esas veces, los nuevos autores que proponen formas diferentes de expresión literaria o novedosas maneras de estructura narrativa son incomprendidos y vilipendiados por sus coetáneos para, en el momento de triunfar, ser adulados por las mismas bocas. Eso no pasará con Jonathan Safran Foer.

Cuando escribió Todo está iluminado en 2002 apenas contaba con 25 años y le sobrevino el éxito de crítica –premios National Jewish Book Award y Guardian First Book Award- y público. Algo inusual para un libro en donde la manera de contar la historia no es tradicional, aunque sí que se rige por el continuo planteamiento-nudo-desenlace. Más tarde, en 2005, se rodó una película, que ya veremos si veremos. De manera que contamos con un joven prodigio de la literatura, estadounidense de origen judío –como si eso resumiera su única historia- y cuyo primer libro se extiende rápidamente por las estanterías de toda librería que se precie.

Todo está iluminado trata la persistente historia de la represión nazi del pueblo judío. Meterse con un tema tan manido tiene de malo que hay que saber enfocarlo para aportar algo verdaderamente diferente. Pero también tiene de bueno que el autor no necesita ser capaz de montar la escena perfectamente para que el lector sienta el terror, la desesperación o la esperanza en cualquier momento. Miles de películas y libros nos han tatuado a fuego los estereotipos de esta clase de historia y las imágenes de los buenos, los malos y los que pasaban por ahí.

Esta historia es una historia de buenos. Safran Foer nos lleva al corazón de Ucrania, se utiliza a sí mismo como uno de los personajes principales del libro y se sitúa como provocador de toda la historia que se irá desencadenando. Nieto de judíos que huyeron del nazismo llegando a Estados Unidos en uno de los convoyes de salvación, Safran Foer decide investigar la vida de su abuelo en Ucrania, los días en que se salvó de la persecución nazi y que nunca le pudo contar, pues murió cuando apenas había pisado suelo americano. Su abuela, que cuando perdió a su marido ya estaba embarazada de su madre, no ha hablado jamás de la historia del abuelo, y eso le provoca la curiosidad por encontrar a una persona, Agustine, una mujer de la que sólo tiene una fotografía de hace 50 años y un dato: fue quien salvó a su abuelo.

En Ucrania, Jonathan se encontrará con los otros dos personajes que dominan el libro. Como no sabe moverse por este país, contrata los servicios de una agencia de viajes que se encarga de buscar las pistas del pasado judío y ayudar a las personas a reconstruir su historia familiar. Como buen negocio del Este improvisado, todo es un desastre y, lejos de encontrar a los profesionales que cabría esperar, Jonathan se topa con Alex, un universitario ucraniano que habla inglés de una particular manera, y su abuelo Alex, un viejo malhumorado ucraniano, que dice que está ciego pero que hace las veces de conductor.

Esta será la historia principal, la de la búsqueda por parte de este trío de Agustine. En apenas un par de noches, el grupo de tres andará buscando sus pasos con la única pista que han podido encontrar: el nombre del shtetl en el que nació su padre es Trachimbrod.

Intercalada con esta historia, encontramos la del propio pueblo de Trachimbrod o, más concretamente, la de la comunidad judía del pueblo. Nos situarán en pleno siglo XVIII, pero no será una historia al uso. La manera de contárnosla, llena de personajes hilarantes y de curiosísimas situaciones que van modificando los usos y costumbres de la gente que allí vive vuelven loco al lector y, en ocasiones, le harán partirse de risa. Hombres que, por mucho que o intentan, no pueden perder cierta nota en la que está escrito su recuerdo más doloroso. Congregaciones judías separadas y escindidas por un simple problema de planos verticales y horizontales en donde creen que han de rezar. En definitiva, historias con interés y que merecen ser leídas y que avanzan irremediablemente hasta los tiempos del abuelo de Jonathan.

El entrecruzamiento de estas dos historias irá desgajando momentos de humor, como decimos, al tiempo que se entrevén las diferentes tragedias que Safran Foer nos quiere relatar. Es un juego un tanto elaborado que, en ocasiones, provoca el aburrimiento en el lector pero que no permite que éste pierda un ápice de interés por la historia.

Pero, como venimos señalando, el libro no se queda sólo en sus historias. La forma de contarnos éstas es una de las cosas que en ocasiones despista y en ocasiones asombra. La búsqueda de Trachimbrod está contada a través de las cartas que Alex, el nieto, escribe a Jonathan meses después de que haya ocurrido todo y de un relato de dichos acontecimientos que Alex está escribiendo. El inglés de Alex –y en la traducción que yo leí, el castellano- es particularmente extraño, utilizando palabras que no corresponden pero que, sin embargo, hacen que el lector sea capaz de entender lo que quiere decir. Este juego es muy divertido y hace de Alex un tipo con más interés del que cabría esperar.

Por el contrario, la historia de Trachimbrod está contada a través de un relato que el propio Jonathan –el personaje de la novela- comparte con Alex. Éste goza de una escritura más formal y habitual en cualquier relato aunque, cada cierto tiempo, la forma de narrar gira por unos derroteros que el lector no comprende y que denotan cierta pretensión por escribir diferente sólo por el mero hecho de hacerlo. Poco justificable, en definitiva.

Sin embargo, y a pesar del sabor agridulce que el libro nos deja –por su estructura y por su historia- , merece la pena que se le eche un vistazo y se le recomiende, como hacemos aquí. Dicen por ahí que su segundo libro Tan fuerte, tan cerca, aún teniendo todo este tipo de estructuras narrativas poco habituales, se hace mucho más intenso y conmueve más al lector. No nos cabe duda de que el segundo será mejor que el primero, y el tercero que el segundo, y así sucesivamente, pues Jonathan Safran Foer, al acabar la lectura de su libro, se muestra como un escritor interesante al que seguir hacia donde nos quiera llevar. Alguien con historias que contar y capacidad para hacerlo de manera interesante e inteligente.

12 de marzo de 2010

Miguel Delibes, 1920-2010


Fallece Miguel Delibes Setién, autor de Cinco horas con Mario, El camino, Las ratas o Los santos inocentes.

Varios años después de que hubiera fallecido el escritor, murió el hombre.

11 de febrero de 2010

Matar a un ruiseñor, de Harper Lee

Existen novelas que, por haber sido llevadas al cine con basante éxito, desaparecen con el tiempo de las estanterías de obras imprescindibles. El mundo editorial las camufla como vetustas novelas de quisco y las termina arrinconando en aborrecibles ediciones de bolsillo con baratas portadas que hacen referencia a la película. Son productos pensados más para la nostalgia del cinéfilo que para el avezado lector. Así es como se abandonó Matar a un ruiseñor, de Harper Lee.

La novela, ganadora del Pullitzer en 1961, es la única obra de su autora. Haper Lee pertenecía al círculo de Truman Capote y, en parte, éste tuvo que ver con el desarrollo de la novela. Pero de eso hablaremos más adelante. Lee, como otros grandes escritores, optó por desaparecer de la vida pública tras el éxito de Matar a un ruiseñor. Sin entrevistas ni nuevos textos de ella, la obra se ha convertido en un clásico de lectura obligada en Estados Unidos. Magistralmente llevada al cine por Robert Mulligan –con Oscar para Gregory Peck como protagonista-, la fuerza del medio cinematográfico ha hecho que se le reconozca al director la valentía por plantear los temas de la película en un momento como el que vivía los Estados Unidos en la década de los 60, olvidándose de la propia autora. En parte, es una novela fagocitada injustamente por la película. Porque si es cierto que en el cine la historia está extraordinariamente llevada, tampoco nos faltará razón si decimos que el libro es uno de los más impresionantes que hemos leído.

Lee cuenta la historia de Atticus Finch, abogado de la ciudad sureña de Maycomb. Hombre de bien, correcto con todos sus vecinos e de inquebrantables principios morales, Atticus es consciente de la época y el lugar que le ha tocado vivir –la gran depresión-, pero no por ello está dispuesto a renunciar a lo que considera correcto. Tiene dos hijos, el mayor es Jem, y la pequeña se llama Jean Louise, pero todos le dicen Scout. Ella es el alter ego de Harper Lee y quien nos cuenta la historia de su infancia y el caso más importante que llevó su padre durante aquellos años.

A través de estos personajes, y de la sirvienta de color llamada Calpurnia que hace las veces de madre para los dos pequeños, Lee nos desmenuza los conflictos vecinales de una población donde no todo el mundo podía encontrar un trabajo. Atticus se muestra comprensivo con todo aquello que no alcanzan a entender los dos pequeños y muestra su saber estar y consideración para con todos sin renunciar por ello a su firmeza. Es un personaje que, visto a los ojos de Scout, se nos aparece como interesante y esperanzador. Siempre que nos parece reconocerle en algún arquetipo, Atticus termina por mostrarnos un nuevo perfil aún más enigmático que antes y su presencia llena la novela incluso cuando está ausente.

El libro nos cuenta las peripecias de los dos niños, junto con su amigo de los veranos, el intrigante Dill, sobrino de una de las vecinas y personaje que está inspirado en Truman Capote. Esta parte de la novela, que podría parecer insustancial, es realmente dulce y se disfruta por todas partes. Los viejos fantasmas que nuestra infancia nos ha dejado a todos, son recordados y traídos a colación en cada una de las páginas de Scout. Las distintas travesuras de este trío de chavales pasan más allá de la novela de aventuras para dejarnos un mapa claro de los conflictos sociales, económicos y políticos que se respiraban en cualquier pueblo o ciudad durante la gran depresión.

Y así llegamos al punto central de la novela. Dentro de su trabajo de abogado, Atticus se encontrará ante la oportunidad de defender a un hombre de color, un negro al que un hombre blanco de condición baja acusa de haber violado y golpeado a su hija mayor. Harper Lee es capaz de reflejar la tensión social que termina por revestir el pueblo en la cara de todos los personajes. El racismo latente de una sociedad, que aún no había sabido ver a los hijos de los antiguos esclavos como hombres libres e iguales a ellos, marca las relaciones de todo el vecindario y modifica las percepciones de Scout y de su hermano.

El desarrollo de esta trama, ya tan manida por películas de serie B o producciones millonarias, sigue sorprendiéndonos al ritmo que Lee nos va desmenuzando la historia. Por mucho que uno crea que “esto ya lo he visto”, la novela nos sigue sorprendiendo hasta llevarnos a situaciones, como la del juicio, de verdadera crudeza y de una gran tensión.

Un libro que merece mejor trato por parte de las editoriales españolas, una película que merece ser vista aunque sólo tras haber leído el libro. Su paso a la gran pantalla –guión que mereció otro Oscar- no le resta protagonismo a un texto por el que no pasan los años. La película, y el genial Gregory Peck, no desmerecen la altura de la obra de Lee. Tampoco los niños, casting siempre difícil de realizar, aunque el personaje de Dill resulta repelente en la película y emocionante en el libro. Una gran manera de comenzar una nueva serie en Destripando Terrones, la de los Libros que fueron película.

9 de febrero de 2010

Jimmy el Nen, de Donald Westlake



LEY DE MURPHY:
«Si algo puede salir mal, saldrá mal.»

Jimmy The Kid cuenta la historia de un secuestro. El secuestro más bien planeado de la historia… y el peor ejecutado. Kelp ha estado en prisión por un delito menor, y en el aburrimiento de la celda ha visto la luz, el plan perfecto. Ha leído una novela de ladrones y policías. Concretamente, una de Richard Stark, que es uno de los pseudónimos utilizados por Westlake.

En El joven Heist, una novela (que nunca fue escrita) de Richard Stark, una pandilla de delicuentes secuestran a Bobby, un niño de 12 años, hijo de una familia rica. El secuestro sucede durante un viaje en coche, cuando el chófer está llevando al niño de vuelta a casa, y esconden al niño en una granja a las afueras de la ciudad. Exigen un suculento rescate, que el padre de Bobby lanza en una maleta desde un puente de la autopista, siguiendo instrucciones precisas entregadas de una manera anónima y segura consistente en un complicado sistema de llamadas cruzadas desde varias cabinas telefónicas y al teléfono portátil del coche durante el trayecto. Una vez conseguido el dinero, liberar al chaval en el centro de la ciudad a pleno día, desde un coche robado y con la seguridad de que el niño no reconocerá ninguna de las caras de los secuestradores, que han tenido siempre la precaución de esconderlas bajo unas máscaras de Mickey Mouse, especialmente pensadas para no asustar al niño. El plan es perfecto.

Dortmunder, el jefe de la banda de la novela de Westlake, no se parece nada a Parker, el jefe de la banda de la novela de Stark. Para empezar, no confía para nada en el plan: todas las actuaciones que ha hecho con Kelp han terminado en desastre, y no está dispuesto a continuar tentando a la suerte con un tío tan gafe. Pero Kelp está tan convencido de la infalibilidad del plan y es tan tenaz que finalmente consigue que Dortmunder acepte participar, sin ningún entusiasmo y además convencido de que la aventura acabará fatal. En lo que Kelp no se equivoca es en que si Dortmunder acepta, May Dortmunder, su mujer, y Murch y su madre taxista acabarán también por participar. May se tiene que ocupar del crío, Murch y su madre de conducir los coches, Kelp de encontrar la granja abandonada y la víctima, y Dortmunder de adaptar los detalles del plan a las circunstancias. El plan es perfecto.

Sin embargo, es en el momento de ejecutarlo que las cosas se empiezan a torcer. Los secuestradores siguen el plan a la perfección, pero ni Jimmy, ni su padre, ni el chófer, ni el FBI parecen haber leído el libro e insisten en salirse del guión, desbaratando todos los planes descritos en la novela, provocando situaciones divertidísimas frente a la perplejidad de Kelp y la resignación de Dortmunder. Westlake abusa un poco de la mala suerte de los personajes, antihéroes de pies a cabeza todos ellos, sometidos a una versión estricta de la Ley de Murphy y de todos sus corolarios, pero incluso esto resulta divertido en el contexto. Jimmy es un niño superdotado que va a sesiones con su psicoanalista y que detesta las cosas de críos, incluyendo, por ejemplo, las máscaras de Mickey Mouse. El padre de Jimmy es un analista de la bolsa, acostumbrado a negociar y regatear, que se toma el secuestro de manera muy tranquila y profesional. El responsable del FBI constata la enorme profesionalidad de los secuestradores, que no paran de dejar pistas falsas que confunden a los investigadores. Mientas tanto, Murch y su madre discuten sobre la mejor ruta a tomar para evitar los atascos, Kelp repasa los capítulos del libro, Jimmy trata de escapar y Dortmunder, presintiendo el desastre, maldice el momento en que volvió a dirigirle la palabra a Kelp.

El plan era perfecto. Pero… si alguna cosa puede salir mal, saldrá mal.

NOTA: Como una última broma de Murphy, no he encontrado ninguna versión en castellano de este libro. Creo que no existe traducción, así que si les ha gustado mucho la reseña tendrán que buscarlo en inglés o en catalán.

28 de enero de 2010

J. D. Salinger, 1919-2010

De sobra es conocida mi admiración por J.D. Salinger, uno de esos escritores que aún mal envejecido en muchos de sus textos, no esconde su talento a los años que se le puedan echar encima. No así la edad, que ha terminado por ganarle la partida en esa siniestra y compleja lucha que mantenía con la muerte y sus fantasmas.

Descansa en paz, por fin, un escritor.

Fragmento de “Teddy” [leer texto completo], dentro de la colección “Nueve cuentos”.

[…]

-Pero no es cierto que yo les dije cuándo se iban a morir. Es un rumor totalmente falso -dijo Teddy-. Podría haberlo hecho pero sabía que en el fondo no lo querían saber. Lo que quiero decir es que aunque enseñan religión y filosofía y cosas así, siguen teniendo bastante miedo de morir -Teddy, sentado, o reclinado, guardó silencio un minuto.- !Es tan tonto! -dijo-. Lo único que pasa es que cuando uno muere se escapa del cuerpo. Caramba, si todos lo hemos hecho miles y miles de veces. El hecho de que no se acuerden no significa que no haya ocurrido. Es tan tonto.

-Tal vez. Tal vez -dijo Nicholson-. Pero lo lógico sigue siendo que por mucha inteligencia que...

-Es tan tonto -dijo Teddy otra vez-. Por ejemplo, tengo una lección de natación dentro de cinco minutos. Podría bajar a la piscina y encontrarme con que no tiene agua. Podría ser el día en que cambian el agua, por ejemplo. Podría pasar, por ejemplo, que yo caminara hasta el borde, como para mirar el fondo, y que mi hermana viniera y me diera un empujón. Podría fracturarme el cráneo y morir instantáneamente -Teddy miró a Nicholson-. Podría ocurrir -dijo-. Mi hermana solo tiene seis años, y no hace muchas vidas que es ser humano, y no me quiere mucho. Podría pasar, desde luego. -Pero ¿qué tendría de trágico? ¿De qué podría tener miedo? Después de todo, yo no estaría haciendo más que lo que debo hacer, ¿verdad?

[…]
Hablamos de él en:

- “Hapworth 16, 1924”

- “Nueve cuentos”

No dejen de leer “El corazón de una historia quebrada”, traducido por Javier Marías.