22 de julio de 2009

Alta fidelidad, de Nick Hornby

Nick Honrby es uno de esos escritores con los que aún mantengo una deuda enorme. En realidad no soy el único. Todos aquellos quienes durante el final de los años 90 y el comienzo del siglo han pasado –o están pasando- el paso de la juventud –la veintena- a la madurez –pongamos que a partir de la treintena- son deudores de sus novelas, de sus historias. Ellas contribuyen a una mejor transición y a la carcajada inteligente –más que a la risa- de uno mismo. Lo cual es muy sano, ya les advierto.

La deuda que el_situacionista tiene con este autor británico es que nunca reseñó debidamente un libro suyo. Cierto es que dos de sus obras fueron reseñadas en un ejercicio de aquellos, tipo pastiche, que practicábamos antes en el blog. Pero aunque estuviera tan bien acompañado en la entrada por Thurber y por Carroll, Hornby se merecía un espacio mucho más grande. Fever Pitch era suficientemente entretenido como para que alguna vez me anime a leer la traducción –Fiebre en las gradas- y En picado nunca será lo suficientemente bien reseñada por este que suscribe, pues la mezcla de diversión, humor negro y realismo crudo y dulce excede enormemente mis capacidades. Eso sí, al menos lo regalo –e invito a regalarlo- cada vez que puedo. Es una apuesta segura.

Pero vayamos a lo que nos ocupa; Alta fidelidad. La mayoría ya conoce el título por la estupenda película del genial Stephen Frears, en la que el papel protagonista recae en manos de John Cusack y que consagró a Jack Black como uno de los cómicos norteamericanos de la década. El guión cinematográfico es sorprendentemente fiel al libro, y eso dice mucho de una novela. Nick Hornby mezcla los clásicos temas de la crisis de los 30 –amor, compromiso, fracaso profesional, quiebra de las ilusiones juveniles- a ritmo de soul, rock y algo de blues. Y carajo qué divertido es.

Nos situamos en una tienda de discos, al norte de Londres. No una tienda de música cualquiera, no. De discos, de vinilos que tratan de sobrevivir en la época de esplendor del CD. En el momento donde aún convivían con nosotros los cassettes y, por tanto las cintas grabadas. Su dueño es un treintañero llamado Rob Fleming, quien montó la tienda como salida profesional tras abandonar la universidad y debido a su amor –hasta límites rayanos en la secta- por los vinilos y la buena música. Rob malvive como puede mientras sostiene una relación especial con su novia, Laura, una abogada de éxito pero que tampoco asume muy bien esta pequeña crisis de edad. Hasta que Laura lo abandona. Eso sucede al comienzo del libro. De hecho, el comienzo del libro es una carta de Rob a Laura que marcará el discurrir de gran parte de la novela.

En este primer capítulo, Rob muestra todo su resentimiento a Laura por haberle abandonado. Y, como lo primero en el rencor es restar importancia, Rob hace una lista con las cinco rupturas más importantes de su vida. Entre las que, lógicamente, no está Laura. Estas cinco chicas han marcado, con sus diferentes formas de romper, la vida de Rob de algún modo u otro. Le han transformado hasta lo que es hoy y, según su manera de verlo, le han abocado al fracaso que es hoy.

Rob se siente en el momento más dulce de su vida. Se ha vuelto a quedar soltero y aunque echa de menos a Laura, perdón, echa de menos tener a alguien, sabe positivamente que la mujer que revolucione su vida está a punto de aparecer. Además, la tienda de discos va francamente mal, pero tampoco tiene duda de que pronto habrá un golpe de suerte. Y él es un tipo inteligente que sabe de lo que habla, es un experto en música y gracias a sus conocimientos logrará salvar su vida. Hasta que se da cuenta de que no conoce a ningún grupo de música actual. Que hace tiempo que perdió el interés por la música que hacen los jóvenes y eso, inevitablemente, le coloca al otro lado. No en el de las personas mayores, claro está. Pero sí en un lugar medio a la deriva que, al no estar relleno de éxito profesional y personal tipo Mtv, ni le llena ni le vacía. Aunque puestos a sentirse medio lleno o medio vacío, Rob se encuentra completamente hueco.

Hueco pero no solo. Este Don Quijote de la música tiene dos lugartenientes que le acompañan por su tránsito a la acepción de su fracaso. Dick es un tipo tímido, que le tiene un cariño extremo a Rob, pero que sería incapaz de demostrárselo físicamente. Barry –sin duda mi preferido- es un tipo mezquino, que desprecia a quienes no saben de música y que siempre tiene el hacha preparada para cortarle la cabeza a la autoestima de Rob en cuanto se atreva a asomar. Y también la de Dick. Y esta vez no me refiero a la autoestima. Ambos trabajan para Rob en la tienda de discos. Su vida es aún más fracasada que la del Caballero Rob y quizás por eso se sienten tan unidos a la tienda y a él. Y juntos, los tres, se pasan las horas del día haciendo listas Top 5 o Top 10 de todas las cosas inimaginables. Las 5 canciones que sonarían en mi funeral, Los 5 mejores libros de la historia, Las 5 mejores caras A de la historia de la música

Y con estos andamios se construye el paso al resto de su vida. Rob ha de solucionar todo lo urgente que le acucia –la compañía íntima, la compañía no íntima, la supervivencia de la tienda, soportar a Barry- mientras trata de discernir qué es lo verdaderamente importante en su vida.

De un frikismo irremediable, pero sirviendo también como antídoto a este frikismo, Alta fidelidad es bien divertido y gamberro, candidato a clásico de una generación. Es una novela realmente original en cuanto a su modo de narrar aquello que pasa y por supuesto en cuanto a su discurrir divertido. Aunque se haya visto la película, su lectura debería ser obligatoria para poder pasar de los 29 a los 30.

5 de julio de 2009

The musical is back, por Baz Luhrmann

Han pasado ya unos meses desde que este número musical fuese estrenado en riguroso directo en la 81 gala de los Oscar. Pero como en este blog hemos rescatado algunos de los mejores videos de la historia de la música, cortos e incluso la presentación de unos dibujos animados, por qué no rescatar este montaje al más puro estilo Hollywood (sí, también al más puro estilo Broadway).

Tras unos años en los que los grandes estudios han vuelto a apostar por los musicales, los Oscar se rinden y recuperan una costumbre que tenían un tanto abandonada en sus últimas ediciones, la de colocar espectaculares números musicales para animar las transiciones de la entrega de premios. “The musical is back” es un montaje realizado por Baz Luhrmann, el creador de la admirada u odiada “Moulin rouge!”, y protagonizado por una Beyonce que, simplemente, debería ser elevada a los altares, y un Hugh Jackman, el hombre vivo más sexy del planeta que si bien puede hacer de hombre rudo como Lobezno o Van Helsing, no le llama el ritmo. Completan el número los insoportables siameses de “High school musical” y la pareja de “Mamma mia!”.

Como curiosidad, Lurman, después de ver el resultado pensó en hacer un musical con Jackman y Beyonce como protagonistas. Habrá que esperar. Mientras tanto disfruten de esta pequeña maravilla musical.

30 de junio de 2009

El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein

[Nota aclaratoria: Después de casi un año de lectura de este libro, procedo a la breve crónica de aquellos aspectos que aún recuerdo del mismo, no sin la ayuda de algún vistazo para copiar y pegar un par de chistes.]

Se presenta este libro como una obra muy modesta que se limita a recoger algunos de los chistes mas conocidos protagonizados por judíos mientras se desgrana la historia de Europa a lo largo del siglo XX. Evidentemente, la combinación de judíos y la historia de Europa en el siglo XX nos mostrará las cloacas de la Humanidad de forma inevitable. Pues aún cuando el objetivo de este libro no es otro que el humor, no puede evitar pasar por el Genocidio o las purgas soviéticas. Como decimos, en Europa, el siglo XX, la cloaca de la Humanidad.

Un personaje modesto, Isaac Jacob Blumenfeld, nos llevará de la mano a través de una vida cargada de anécdotas y de humor judío. Un estilo de humor hecho desde la más profunda de las amarguras que han padecido a lo largo de la historia y que no hace sino mostrar la mejor cara del espíritu de supervivencia. Sencillo, lleno de matices y totalmente descarnado en cualquier boca que no sepa recitar la Torá (el Pentateuco). Por eso nos hace tanta gracia escuchar de su propia voz todo tipo de chistes y chascarrillos sobre lo avaro, lo respetuoso con la ley de Dios o la enorme habilidad para el comercio de los judíos. Nos reímos y decimos, sí, es verdad, estos judíos….

Quizás por ello en lugar de sentir interés alguno por la historia que este polaco, austriaco, alemán o ruso, depende del momento de la historia en la que se encuentre, nuestro verdadero interés está en la búsqueda del próximo chiste. Cómo hará para encajar uno más. Despreciando, en gran medida, el verdadero interés de este libro que intenta, en cierto modo, contar algunas de las persecuciones que durante todo el siglo XX vivieron los judíos. Y es lo malo de esta obra, que no llega a ninguno de los dos extremos. Ni termina siendo un libro de historia ligero, en el que se presenten una serie de hechos históricos de una manera novelada en la que el lector tenga un seguimiento constante de ver a dónde te lleva la acción pese a conocer de sobra el destino. Y tampoco es un gran libro de humor. Es decir, no se trata de un libro cómico en exceso. Sí, la historia es amable, el tono es entrañable y los detalles más dramáticos se dejan al recuerdo del lector, pero no termina de entrar en el terreno del humor para convertirse en una historia desternillante que nos enganche. Son más bien golpes de una narración demasiado larga para un monólogo de los viejos club de comedia estadounidense.


Dos judíos de dos pueblos cercanos que ponen a discutir sobre cuál de sus rabinos respectivos tiene relaciones más estrechas con Dios y, por lo tanto, es más capaz de hacer milagros. “Por supuesto que es el nuestro”, dice el primero, “El pasado sabbat nuestro rabí se encaminó a la sinagoga, pero de repente empezó a llover a cántaros. No es nuestro rabí no tuviera paraguas, pero ya que el sábado no se debe hacer nada: ¿cómo lo iba a abrir? Miró al cielo, Jehová lo entendió enseguida y se hizo el milagro: por un lado, lluvia, por el otro, lluvia, y en el medio, ¡un pasillo seco hasta el propio templo! A ver, ¿qué me dices sobre esto?”.
Pues escucha lo que voy a contar: el sabbat pasado nuestro rabí regresaba a casa después de rezar. En el camino se encontró un billete de cien dólares. ¿Cómo recogerlo, si es un pecado tocar dinero? Mira al cielo, Jehová se dio cuenta y se hizo el milagro: por un lado, sabbat, por otro lado, sabbat, y en el medio, no me lo vas a creer, ¡era jueves!”.

2 de junio de 2009

Pulp, de Charles Bukowski

Inevitablemente. Las experiencias que uno tiene registrando la librería de un amigo cuando éste ha ido al baño terminan por marcar tu visión de ciertos autores. Sin duda, ver juntos en la misma estantería a Vargas-Llosa, Ruiz Zafón y –al genial- Chesterton te hace preguntarte qué clase de amigo tienes hasta el punto de caer en el ensimismamiento y no darte cuenta de que ha vuelto del lavabo, te está viendo cotillear en su colección de libros y sabe que le estás juzgando por ella.

-¿Se puede saber qué estás haciendo?- es su reacción más habitual –lo que revela que ya me ha pasado más de una vez. Y ante esta evidente falta de educación y modales no cabe la negación, así que se toma el camino más español que se conoce -la huída hacia delante- y se contraataca con un rápido y veloz -¿Cómo puedes tener tanta literatura de kiosco junto a tan buen libro? Otra vez te has librado y escuchas el clásico –Es que estos me los regalaron y…- En fin, no es excusa. Cada uno es culpable de los libros que le regalan. Dudo mucho que mis correligionarios me ofrecieran como halago un ejemplar de la tuercelíneas Etxebarría. Y si lo hicieran escucharían tras las risas un –Vale, vale… ¿dónde está el de verdad?-.

Pero obviemos lo que de clasista tiene esta anécdota y la falta de educación de esta afición tan mía por escrutar las estanterías ajenas –confieso una adicción rayana en la obsesión que consiste en diseccionar cualquier foto que alguien cuelgue en Internet, ya sean blogs o facebooks, para ver qué títulos reconozco, así como también confieso que pierdo el interés por esa fotografía en cuanto encuentro un número indeterminado pero suficiente de libros que no me gustan. Olvidemos, por tanto, los calificativos que podemos ponerle a esta afición para analizar aquella estantería que una vez encontré a mi paso. Tan importante como los títulos y autores que conoces son los títulos y autores que no conoces. Y por culpar de obviar esto último, los autores que no conozco, y centrarme en los autores que sí conocía –y con los que tenía un conflicto abierto y personal-, me perdí durante años los libros de un tal Charles Bukowski.

Constantemente el nombre de este autor aparecía en las estanterías y labios de quienes compartían sus días y sus noches con libros de Vázquez-Figueroa o Ken Follett, que son como el César Vidal y la Carmen Posadas de la novela de aventura. De manera que me resultaba imposible discernir qué hacer con Bukowski. ¿Lo clasificaba de literatura de kiosco o me arriesgaba a adentrarme en una novela de él? Podrán decirme que no es tan grave empezar una novela sin estar seguro de si te gustará, pero cuando uno tiene la bandeja de entrada tan absolutamente cargada de títulos que esperan impacientes, el fracaso de una elección se mide por el nivel de carcajadas que aún te esperan en la estantería de siguientes.

Pero un buen día a uno le da por aventurarse y resultó que no siempre los cálculos razonables pueden llevar razón. Al menos en literatura. Y al final nos acercamos a nuestra primera novela de Bukowski que, por cierto, fue la última que escribió: Pulp.

El título, ya por sí mismo, gusta. Las pulp eran revistas populares que contenían muchas historias dentro de sí mismas y cuyo mayor equivalente en la España de nuestros días -¡vive dios cuánto tiempo llevaba queriendo escribir esta expresión!- tendrían su equivalente en los fanzines. Pero además el argumento con el que Bukowski comienza la novela provocó que sintiera ganas de sentarme a leer.

Nos situamos en la piel de un detective de Hollywood, más bien el único superviviente del verdadero Hollywood, llamado Nick Belane. Su negocio de detectives no va bien. Su vida amorosa no va bien. Su acierto en las carreras no va bien. Y para colmo la botella se ha acabado. Le van a echar del despacho por no pagar el alquiler y con ello se pondría fin a su trabajo. Un detective sin despacho no es un detective. Consigue evitar el desahucio con una brillante técnica que le lleva dando resultado muchos años: patada en los huevos al casero. Sin embargo sabe que esta técnica pronto perderá su eficacia –el vital elemento sorpresa se ha perdido- y es por eso que Nick anda preocupado. Por eso y porque la botella sigue estando vacía. Es entonces cuando aparece una nueva cliente. Ella, recomendada por un misterioso hombre, le hace un encargo realmente extraño. Habrá de buscar a Louis-Ferdinand Celine, escritor francés aparentemente muerto en París el 1 de Julio de 1961. Y digo aparentemente porque existen razones de peso para pensar que Louis-Ferdinand consiguió seguir con vida. Y es que la nueva cliente no es otra que la Sra. Muerte en carne y hueso.

La única pista a seguir será una librería en donde Celine se ha dejado ver últimamente y a la que Belane se acercará para escuchar cómo el autor francés se queja de Faulkner y afirma que Thomas Mann le aburre hasta la extenuación. Mientras Belane trata de avanzar en la investigación, la cual inevitablemente le conduce hasta la barra de cualquier bar, otros casos comienzan a aparecer en la agenda de este detective privado. Un marido rico y celoso piensa que su nueva y joven mujer se la está pegando con otro. Un tanatopractor que desea quitarse de en medio a una escultural mujer que lo persigue y lo domina. Y ese misterioso señor que le recomienda por toda la ciudad como un detective de confianza también tiene para él un caso, el más extraño de todos, encontrar al Gorrión Rojo.

Todos los casos se van entrecruzando de la manera más desordenada. Belane sólo trata de dar con la clave que los desenmarañe de una vez todos y cada uno de ellos y sin duda ésta habrá de estar en el culo de una botella. Mientras se pasea por todos los bares de la ciudad encontrando pelea, se escapa de caseros furiosos, vecinos psicópatas o cobradores con profundas raíces literarias –no obstante se llaman Dante y Fante-, Belane no hace absolutamente nada. Como si fuera un Bartleby de los barrios sucios, Belane no es capaz de avanzar en ninguno de los casos y sólo se queda sentado frente a la botella mientras se asegura a sí mismo que la solución a todo está a punto de llegar. Aunque en el fondo no es un Bartleby ya que dentro de él late un ímpetu por ponerse a actuar ya, ya mismo, lo que pasa es que la botella pesa más que la voluntad. Cuando por fin termina por actuar, sin duda para conseguir más dinero para bebida o para pagar más apuestas, Belane no hace más que enmarañar más el asunto. No es cómico por cuanto todo apunta a una conspiración de final trágico, pero lo podría ser.

Un libro de fácil lectura, de esos que se puede encajar entre dos lecturas más exigentes para desengrasar pero que sin embargo ofrece más de lo que aparenta. Como Belane, Pulp es una novela que engaña. Bajo su aparente género negro y sucio late una valerosa despedida del mundo de los vivos de su autor –Bukowski incluso se llega a describir dentro del ataúd a sí mismo- y una reflexión sobre la vida y la muerte que me encantaría poder explicar en estas líneas, pero es que se ha acabado la botella.

20 de mayo de 2009

Pedro y el Capitán, de Mario Benedetti

Para ser verdugo hay que nacer verdugo. Y yo nací otra cosa. Pero alguien lo tiene que hacer.
El lunes pasado Clara vio las noticias en la tele por la mañana, y se acordó de traerme un libro que hace tiempo que me había recomendado. Pedro y el Capitán, de Mario Benedetti. No es extraño que Clara se acordara precisamente el lunes, como si fuera nuestro sencillo homenaje, mira, aquí tienes, hoy sí me acordé de él

Y el lunes mismo, entre un viaje de metro y un rato de lectura antes de dormirme leí las 70 u 80 páginas de esta obra de teatro. Os lo cuento: por la portada, una especie de dibujo abstracto, uno no sabe de qué va a ir el libro, y de hecho Clara se pensó que sería alguna cosa de un niño y un marino, algo así como Elliot y el Dragón. Pero yo no. Porque Clara ya me lo contó: Pedro es un preso político, de izquierdas, sometido a tortura y el Capitán, que en realidad es Coronel, es su torturador. 

Estoy en Sagrera y me siento en el vagón, abro el libro, medio acordándome de qué va la historia (oigo en mi cabeza la voz de Clara que me lo cuenta), me salto el prólogo porque sospecho que va a contarme demasiado. Al cabo de cuatro páginas tengo que levantar la vista y removerme inquieta en el asiento, la violencia me incomoda, estoy en Camp de l’Arpa y suena el pitido que avisa del cierre de puertas. Después del trasbordo casi he acabado la primera parte y Pedro aún no ha abierto la boca. Sólo oigo la voz estentórea del Capitán, la manera como seguro de si mismo suelta su monólogo, inculpador, inquisidor, condescendiente, cruel, injusto. Casi me ha convencido de querer que Pedro diga lo que sabe. Al fin y al cabo, acabará cediendo y quizás pueda ahorrarse el sufrimiento, y de paso, mi incomodidad. 


Pero Pedro, encapuchado, inmóvil, mudo, tenaz, me imagino, cuando salgo al Paral•lel para ir hacia casa, sólo mueve lentamente la cabeza en señal de negación. 

Después el Capitán le retira la capucha, y Pedro empieza a responder algunas preguntas. Muy sencillas. ¿Hablarás? No. Y explica: Con capucha no abrí la boca porque hay un mínimo de dignidad al que no estoy dispuesto a renunciar, y la capucha es algo indigno.

El Capitán sólo interroga a Pedro. Los que lo hostian son otros. En cuatro sesiones de conversación, que siguen a las correspondientes sesiones de golpes, la violencia es únicamente verbal (dejando a un lado el estado que presenta el torturado, a cada sesión un poco más demacrado), pero es igual o peor. La violencia está más presente en las palabras que en los puñetazos. Dice Benedetti en el prólogo que así como la violencia puede ser un buen recurso para la novela o el cine, en el teatro supone una agresión demasiado fuerte para el espectador. Seguramente así es. Quiero decir que basta con lo dicho por el Capitán para el ejercicio que propone Benedetti: intentar entender qué pasa por la mente de un ser humano que tortura a otro ser humano. Dice el Capitán: si te dejara de ver como a un ser humano, del que conozco y comprendo el sufrimiento, no te podría torturar. Sólo el saber que eres humano, que tienes un límite, que tienes esperanzas y deseos me permite saber que podré dejar de pegarte en cuanto me digas lo que quiero. 

Y aunque a partir de la tercera parte la situación pierde un poco de credibilidad, Pedro se vuelve excesivamente valiente y el Capitán excesivamente manipulable, me gusta el giro que propone. Al final, la tortura es tan terrible para el propio torturador que sólo su éxito la justifica:
Si usted muere sin nombrar un solo dato, para mí es la derrota total, la vergüenza total. Si en cambio dice algo, habrá también algo que me justifique. Ya mi crueldad no será gratuita, puesto que cumple su objetivo. Es sólo eso lo que le pido, lo que le suplico... 
Es la flaqueza del argumento de que el fin justifica los medios: que queda uno obligado a tener éxito. Porque si no consigues el fin, entonces ya no queda nada que justifique los medios, y sólo queda la crueldad, desnuda, injustificable, desamparada, perdedora. Por esto es tan importante que los medios se justifiquen por ellos mismos. 

24 de abril de 2009

Destripando el juego III


Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco.
Es fácil o muy fácil. Qué se le va a hacer. Arrancamos el juego y tratamos de engañar a los lectores como unos trileros cualquiera que luego se guardarán la bolita... En cualquier caso, sean buenos y no recurran al amigo Google que todo lo sabe. Las pistas son lo suficientemente esclarecedoras.

1- El texto del juego lo propone Ottinger, y eso ya es mucho para descubrir el autor.

2- En la imagen, las claves son dos: los patos del lago y la ciudad de Nueva York.

Espero que les sea fácil y que el premio, que muy atentamente concede el_situacionista, les guste.

16 de abril de 2009

En las últimas, de Joseph Conrad


Su leyenda ya es mucho mayor que él mismo. En los mapas existen islas que llevan su nombre y archipiélagos que llevan el nombre de los veleros que comandó, es elegante y silencioso, pasea con calma por los muelles, discretamente, envuelto en el respeto del que se hizo merecedor hace tiempo. Fuma pipa y viste de lino, supongo que lleva gorra azul y se sabe los mapas de memoria. El Capitán Whalley es el último hombre de honor que queda en los puertos. 

Se ha hecho viejo, pero conserva la dignidad intacta, como conserva el recuerdo de su amada mujer, muerta hace años, y la confianza y el amor de su hija, mal casada con un hombre incapaz de mantenerla y que, en las alejadas costas de Australia, decide, empujada por la necesidad, abrir una pensión que le permita vivir, aunque sea con la deshonra de una ocupación tan vulgar. 

El viejo Capitán Whalley, en lugar de gozar de la dorada vejez que le correspondería, debe enfrentarse a la triste situación de verse arruinado (y mantenerlo en secreto para evitar la humillación), y para obtener las 500 libras que le son necesarias a su hija para abrir la pensión se ve obligado a vender su pequeño barco, y trabajar en cambio para un ruin fogonero que se ha hecho rico de la noche a la mañana y ha comprado un barco indomable, viejo y desobediente, hecho una chatarra. El viejo fogonero se divierte molestando a los capitanes que contrata, hasta que se van enfadados o los despide por despecho, sólo como venganza por el trato recibido cuando trabajaba en los fogones de los barcos de vapor. Pero con Whalley es diferente, no lo puede echar, porque se han convertido en socios: en un intento de recuperar la fortuna perdida para su hija, Whalley ha invertido en el viejo vapor, que hace la misma ruta desde hace años, comunicando una zona selvática con la civilización, una ruta peligrosa pero que la pequeña embarcación conoce casi de memoria. 

La primera parte de la narración transcurre sobretodo en el interior del propio capitán (y es bastante aburrida). La vejez, la soledad, la culpa por no ser capaz de responder a la sencilla demanda de su hija, esos míseros centenares de libras. La segunda parte transcurre en el barco y con su curiosa tripulación, y resulta mucho más entretenida: el ruin propietario, el ambicioso primer oficial, el maquinista que sólo habla cuando está borracho, los marineros indígenas, a penas personajes en la narración, y los encuentros periódicos con el holandés Van Wik, europeo distinguido que vive en medio de la selva y que espera impaciente la llegada del maltrecho vapor para poder compartir un rato de civilización con el elegante capitán, aunque este se encuentre en las últimas. 

En las últimas, porque se trata del último viaje. Finalizan ya los dos años que estaban comprometidos con el fogonero, transcurridos los cuales, y con el barco a buen puerto, el capitán recuperará el dinero que necesita para su hija. Pero hay otra pérdida que el capitán necesita ocultar además de la pérdida de su fortuna, y que lo tiene con la soga en el cuello (y que no puedo desvelar). Un secreto que le haría perder el trabajo y también el dinero invertido, un secreto que pone en peligro su vida y la de su tripulación, a la que traiciona a cada minuto que calla su secreto en un terrible y desesperado intento de salvar el pequeño patrimonio que considera que ya es propiedad de su hija, antes de que su vida naufrague totalmente. 


En las últimas es el título de la traducción que yo leí de este relato de Joseph Conrad, incluido en el volúmen “El corazón de las tinieblas y otros relatos”, y titulado originariamente The End of the Tether, El final de la cuerda. A mí personalmente me gusta más el título elegido por otros traductores, Con la soga al cuello, por lo que tiene de apropiado y descriptivo de la situación en la que se encuentra el pobre y valiente Capitán Whalley. 

Se trata de un relato triste, aunque irónico en cierta forma, bastante cruel y un tanto aburrido. Transcurre con gran lentitud, como el pobre vapor a punto de encallarse en el lodo de las aguas poco profundas del estrecho, con esta lentitud a veces excesiva y a veces exasperante, como  la imposible situación en la que Conrad sitúa al pobre capitán. En ocasiones hubiera estrangulado a Conrad con mis propias manos, sobretodo en algunos episodios de en medio de la narración. Y sin embargo, más de tres semanas después de haber cerrado el libro, pienso en el capitán y pienso en el destartalado vapor y en el humillado fogonero, y sonrío. 

Yo creo que se trata sólo de una historia de barcos, pero de las tristes. Y, por si acaso, a continuación, cogí La Isla del Tesoro. No vaya a ser que los capitanes tristes llevaran el mando más de la cuenta. 

2 de abril de 2009

Destripando el juego II

Había una vez…

“¡Un rey!”, dirán enseguida mis pequeños lectores.

No, muchachos, se han equivocado. Había una vez un pedazo de madera.

No era una madera lujosa, sino un simple pedazo de leña, de esos que en invierno se meten en las estufas y en las chimeneas para encender el fuego y calentar las habitaciones.
Este juego me encanta. No sé si será demasiado fácil. Aquí van mis pistas, a parte del texto y el dibujo...

1- Me sé el inicio del libro de memoria desde que tenía 9 años, cuando nos sentamos Anna, Pere, Benjamí y yo alrededor de este libro. Me refiero a que deberían pensar en un libro que nos dieron al corrillo de niños de 9 años.
2- Si entrecomillan en google un trozo del texto copiado, encontrarán de qué es. Me refiero a que es un clásico nada complicado de encontrar (y a que sería divertido que trataran de adivinarlo sin google!)

el_situacionista ya describió las reglas del juego, así que esperamos respuestas en destripandoeljuego@gmail.com. Y no dirán que no es fácil!

26 de marzo de 2009

Destripando el juego I - Solución


"Hace un tiempo se me ocurrió que el 6 de mayo de 1998 se cumpliría el quincuagésimo aniversario de la publicación de Los desnudos y los muertos y que entonces tendría yo setenta y cinco años. Cincuenta y setenta y cinco no son malos números cuando se trata de despertar el interés de un editor. Pronto hubo un acuerdo en que hiciera una retrospectiva literaria."

"América"
Norman Mailer.

Muchos sois los lectores y lectoras de Destripando Terrones que habéis probado suerte y aguzado el ingenio. Todos los acertantes ya pueden esperar al cartero cual perro guardián para ver si hoy les llega el premio en forma de postal.

Muchas gracias a todos y a todas por participar. ¡Os esperamos en el próximo Destripando el juego!

18 de marzo de 2009

Destripando el juego I

La literatura consiste en copiar y modificar sobre esa copia. Sin ideas originales bajo el sol, lo que hacemos casi todos los que escribimos -ya sea ficción, no ficción, ciencia o botes de champú- terminamos por desplegar un sin fin de textos escritos que hemos leído nosotros o frases e ideas pensadas por otros y dichas cerca de nuestras orejas. Así se hace la cultura. Modificando sobre lo ya modificado. A la mierda la esencia y a la mierda todo. La cuestión es acumular, no para avanzar, sino para producir nuestros restos de cultura.

Durante todo el día de hoy he jugado a un juego tremendamente divertido. Consistía en leer el inicio de un libro y, con alguna pista más dada por el bloggero de turno, adivinar de cuál se trataba. Lo lógico hubiera sido pensar que las reglas estipulaban la obligación de conocer la obra, de adivinarlo sólo con esas dos pistas y el breve texto. Sin embargo, mi frustración cultural ha sido bárbara y no he tardado en abrir el buscador de turno y lanzarme a lo que prometía ser un paso fácil a la hora de lograr identificar la dichosa respuesta. Pero no. ¡Ah, cuán equivocado estaba yo! El buscador no facilita la búsqueda si no se tienen muchos recursos propios a los que acudir. Y ese pique medio cultural medio de habilidad en la red me ha provocado una infinita curiosidad por saber los títulos de esos 100 libros que se ofrecían al juego.

Para mayor dificultad, el juego estaba en un idioma que no es el mío y, por tanto, la mayoría de referentes culturales a los que acudir se me veían negados. Esto no ha sido óbice para disfrutar de una tremenda diversión, pues buscar un libro, más aún cuando no se sabe por dónde, siempre resulta entretenido. Durante mi época de librero me las tuve que ver con cuestiones más rocambolescas y, a pesar de que me pagaban por aguantar aquello, incluso logré disfrutar con muchas de ellas. Así pues, me decido a iniciar en este blog un juego parecido o, para qué engañarnos, igualito igualito. A copiar la idea, pero a hacerla en castellano, con libros que puedan ser fácilmente localizados en las estanterías de cualquier librería. ¿Se animan?

Bueno ya, claro... y me dirán: ¿qué premio tiene el acertar? El autor de la idea original, el genial Jesús M. Tibau, al ser escritor regala libros. Como aquí ninguno gozamos con esa capacidad creativa, el regalo habrá de ser diferente. He pensado en algo que pueda ser enviado fácilmente a cualquier rincón del planeta, que pueda ser coleccionable incluso, aunque sin tener que dedicar necesariamente una habitación de la casa a la colección, y que al tiempo haga ilusión recibir. Una postal. Pero no una cualquiera, sino una postal que garantizo que casi no tiene nadie en este planeta tierra -lo sé porque las perpetré yo mismo este verano-, enviada por correo postal ordinario, con su sello y todo -para el que los coleccione, también me comprometo a buscar algo que no sea siempre la estirpe real borbónica. ¿Mejor ahora?

A continuación viene el juego de hoy. Lo trataremos de hacer de manera quincenal -para lo que pido la ayuda a mis compañeros destripadores- y las respuestas habrán de enviarse a la siguiente dirección de correo electrónico: destripandoeljuego@gmail.com

Por ser el primero, obtendrán premio todos los acertantes que de aquí al día 25 de Marzo de 2009 -una semana- acierten lo siguiente:

Autor del libro:
Título del libro:

Suerte, aunque lo he puesto bien fácil para ser la primera vez.

"Hace un tiempo se me ocurrió que el 6 de mayo de 1998 se cumpliría el quincuagésimo aniversario de la publicación de Los desnudos y los muertos y que entonces tendría yo setenta y cinco años. Cincuenta y setenta y cinco no son malos números cuando se trata de despertar el interés de un editor. Pronto hubo un acuerdo en que hiciera una retrospectiva literaria."

Pista 1. Autor americano.
Pista 2. Plata no es. Vamos, que no creo que sea necesaria.

Gracias a todos y a todas.

PD. Por favor, absténganse de dejar la respuesta o incluir pistas nuevas en los comentarios del blog.