Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

16 de abril de 2009

En las últimas, de Joseph Conrad


Su leyenda ya es mucho mayor que él mismo. En los mapas existen islas que llevan su nombre y archipiélagos que llevan el nombre de los veleros que comandó, es elegante y silencioso, pasea con calma por los muelles, discretamente, envuelto en el respeto del que se hizo merecedor hace tiempo. Fuma pipa y viste de lino, supongo que lleva gorra azul y se sabe los mapas de memoria. El Capitán Whalley es el último hombre de honor que queda en los puertos. 

Se ha hecho viejo, pero conserva la dignidad intacta, como conserva el recuerdo de su amada mujer, muerta hace años, y la confianza y el amor de su hija, mal casada con un hombre incapaz de mantenerla y que, en las alejadas costas de Australia, decide, empujada por la necesidad, abrir una pensión que le permita vivir, aunque sea con la deshonra de una ocupación tan vulgar. 

El viejo Capitán Whalley, en lugar de gozar de la dorada vejez que le correspondería, debe enfrentarse a la triste situación de verse arruinado (y mantenerlo en secreto para evitar la humillación), y para obtener las 500 libras que le son necesarias a su hija para abrir la pensión se ve obligado a vender su pequeño barco, y trabajar en cambio para un ruin fogonero que se ha hecho rico de la noche a la mañana y ha comprado un barco indomable, viejo y desobediente, hecho una chatarra. El viejo fogonero se divierte molestando a los capitanes que contrata, hasta que se van enfadados o los despide por despecho, sólo como venganza por el trato recibido cuando trabajaba en los fogones de los barcos de vapor. Pero con Whalley es diferente, no lo puede echar, porque se han convertido en socios: en un intento de recuperar la fortuna perdida para su hija, Whalley ha invertido en el viejo vapor, que hace la misma ruta desde hace años, comunicando una zona selvática con la civilización, una ruta peligrosa pero que la pequeña embarcación conoce casi de memoria. 

La primera parte de la narración transcurre sobretodo en el interior del propio capitán (y es bastante aburrida). La vejez, la soledad, la culpa por no ser capaz de responder a la sencilla demanda de su hija, esos míseros centenares de libras. La segunda parte transcurre en el barco y con su curiosa tripulación, y resulta mucho más entretenida: el ruin propietario, el ambicioso primer oficial, el maquinista que sólo habla cuando está borracho, los marineros indígenas, a penas personajes en la narración, y los encuentros periódicos con el holandés Van Wik, europeo distinguido que vive en medio de la selva y que espera impaciente la llegada del maltrecho vapor para poder compartir un rato de civilización con el elegante capitán, aunque este se encuentre en las últimas. 

En las últimas, porque se trata del último viaje. Finalizan ya los dos años que estaban comprometidos con el fogonero, transcurridos los cuales, y con el barco a buen puerto, el capitán recuperará el dinero que necesita para su hija. Pero hay otra pérdida que el capitán necesita ocultar además de la pérdida de su fortuna, y que lo tiene con la soga en el cuello (y que no puedo desvelar). Un secreto que le haría perder el trabajo y también el dinero invertido, un secreto que pone en peligro su vida y la de su tripulación, a la que traiciona a cada minuto que calla su secreto en un terrible y desesperado intento de salvar el pequeño patrimonio que considera que ya es propiedad de su hija, antes de que su vida naufrague totalmente. 


En las últimas es el título de la traducción que yo leí de este relato de Joseph Conrad, incluido en el volúmen “El corazón de las tinieblas y otros relatos”, y titulado originariamente The End of the Tether, El final de la cuerda. A mí personalmente me gusta más el título elegido por otros traductores, Con la soga al cuello, por lo que tiene de apropiado y descriptivo de la situación en la que se encuentra el pobre y valiente Capitán Whalley. 

Se trata de un relato triste, aunque irónico en cierta forma, bastante cruel y un tanto aburrido. Transcurre con gran lentitud, como el pobre vapor a punto de encallarse en el lodo de las aguas poco profundas del estrecho, con esta lentitud a veces excesiva y a veces exasperante, como  la imposible situación en la que Conrad sitúa al pobre capitán. En ocasiones hubiera estrangulado a Conrad con mis propias manos, sobretodo en algunos episodios de en medio de la narración. Y sin embargo, más de tres semanas después de haber cerrado el libro, pienso en el capitán y pienso en el destartalado vapor y en el humillado fogonero, y sonrío. 

Yo creo que se trata sólo de una historia de barcos, pero de las tristes. Y, por si acaso, a continuación, cogí La Isla del Tesoro. No vaya a ser que los capitanes tristes llevaran el mando más de la cuenta. 

2 de junio de 2008

Hapworth 16, 1924, de J. D. Salinger


“There is a marvellous peace in not publishing.… I like to write. I love to write. But I write just for myself and my own pleasure”. J. D. Salinger, The New York Times, 1974.

“Hapworth 16, 1924” es la última obra publicada de mi admirado Salinger. Para una ocasión tan excepcional, el excéntrico escritor utilizó una de sus ediciones favoritas. Y es que The New Yorker debe ser una de las pocas cosas en las que confía Salinger, es por ello que no es de extrañar que la eligiese para dar a conocer al mundo una “precuela de Seymour Glass. Revista que se ocupó la integridad de sus páginas con la publicación de este relato extenso a modo de carta que un Seymour de siete años escribe a su familia y en la que disecciona sus gustos literarios y musicales, sus opiniones sobre la religión, la sexualidad, la vida en general y ofrece pistas para el trágico final que este personaje tuvo años antes en “El pez banana”, relato corto que apareció tiempo atrás y que quedaría circunscrito a los “Nueve cuentos”. Hasta la fecha, y según me confirman la mayoría de las fuentes conocidas, este relato extenso no tiene más ediciones en España que aquellas personas que puedan contar con el número del 19 de junio de 1965 de The New Yorker (a un módico precio, por cierto). Sin una traducción al castellano, y sin ningún tipo de permiso del autor para hacer reproducciones, sólo existen circulando por la red un par de versiones piratas en nuestro idioma. Qué quieren que les diga. Pues eso, que ojala tengan suerte y se encuentren con un ejemplar por casualidad (y sin violar la ley de Derechos de Autor, por supuesto) y puedan leerlo, en el confort de su hogar, sólo para ver de quién es y devolverlo a su legítimo dueño: el Sr. Jerome D. Salinger.

¿Qué interés puede tener una carta que un niño de siete años llamado Seymour, y que se encuentra en un campamento de verano junto con su hermano Buddy, le envía a sus padres y hermanos? Seguramente, ninguno. Sin embargo, no se trata de una carta cualquiera y no se trata de un escritor cualquiera. Salinger, que domina el relato corto como pocos lo han hecho en la historia de la literatura, escribe una carta en la que disecciona la vida con una sencillez extraordinaria. Desde las palabras rebuscadas de un niño prodigio que se preocupa por su ortografía y gramática, y que pide ser corregido por su amada bibliotecaria al mismo tiempo que siente el rubor ante la idea de ser descubierto en un error, nos presenta de nuevo a la familia Glass. Intentando huir de su pesimismo habitual, Salinger nos ocupa con el esfuerzo de un crío que trata de demostrar más seguridad de la que le corresponde por su edad. Un esfuerzo que trasluce su enamoramiento de la Sra. Happy. Sin duda toda una revelación que sienta una profunda y conmovedora pasión por una felicidad que nunca podrá tener, pues él es un niño y ella una mujer, adulta y casada. Trágicamente inaccesible.

Un pesimismo que, como decimos, trata de vencer. Pero cuando lo reflexivo vence a lo superficial en esta carta, la verdadera naturaleza de los Glass aflora. Metódico en sus juicios, Seymour nos presentará un Dios respetado pero distante (al que busca y desafía), una familia a la que hace el centro del universo (y de su propia obra), la desesperanza ante la soledad o los estúpidos convencionalismos sociales que nuevamente se esfuerza en ridiculizar. Características de la obra de Salinger, que no podían faltar en este relato de su familia literaria. Del mismo que también recurre a sus habituales golpes al lector con puntillas que harán desear conocer un poco más a estos personajes a los que el escritor marcó con el signo de la maldición. Una prosa fluida, que posee varias velocidades perfectamente delimitadas por la temática de las palabras que el niño va escribiendo, da una nueva muestra de los Glass. Parecería que en lugar de escribirla la estuviese leyendo con distintas intensidades y estados de ánimo. Casi atropellando sus palabras al tiempo en el que arquease una ceja para emitir un juicio sumamente elaborado.

Buddy, considerado el alter ego de Salinger, centrará buena parte del contenido de esta misiva. Idolatrado por Seymour, tranquilizará a sus padres con una terrible mentira sobre el futuro de su hermano pequeño. Buddy llegará a convertirse en un gran escritor que envejecerá en un mundo que siempre imaginó. Una visión que relata a sus padres fruto de sus extraordinarias cualidades y que, sin embargo, se revela como falsa. Puede que Salinger trate de introducir el albedrío como una variable real en sus relatos, pues sabemos del final de Buddy gracias a “Teddy”. Conociendo al neoyorquino, parecería raro que tomase la bondad de mentir a sus personajes sobre su propio destino. Sería como si Unamuno le hubiese perdonado la vida finalmente a Augusto. Una licencia impropia de su estilo, franco y directo. Por lo que esta visión de un futuro ideal, en el que la realidad pesimista y cruel, que el propio Buddy nos contará en “Teddy” a modo de casualidades, se impone a cualquier lógica. No sé en qué modo encajará esta afirmación con la lógica del pensamiento oriental, a la que Salinger es tan aficionado, pero lo cierto es que siente una enorme debilidad por empujar a sus personajes hacia la tragedia, hacia la vida. Del mismo modo que llegará el inevitable fin de Seymour en “Un día perfecto para el pez banana”, y al que en “Hapwoth 16, 1924” se anticipa en el accidente que el pequeño relatará y en el que dejará entrever su incierto destino.

En suma, este relato que presentamos, es una pieza más en la complicada estructura que Salinger ha desarrollado en su obra literaria y que es fácilmente comparable con la propia vida. Sólo en las últimas páginas de esta carta, cederá algunas amables palabras a sus escritores destacados, no sé si se tratará se sus favoritos. Al igual que hiciera Cervantes en uno de los primeros capítulos de “El quijote”, Salinger compone su propia lista de autores y obras que merecen, no ser salvadas de la hoguera como en el caso del castellano, sino enviadas al campamento para ser leídas por Seymour y Buddy. Así, el propio “Quijote” es solicitado como la obra de “un genio mas allá de cualquier comparación fácil o barata”. Además, confiesa su admiración por Jean Austen, Tolstoy, “La plegaría de Gayatri” de autor anónimo, las obra completas de Dickens (“Mi Dios, ¡yo te saludo, Charles Dickens”, proclama), las hermanas Brönte, William Rowan Hamilton o Proust. Una lista que no tiene desperdicio y que encadena, de forma arbitraría afirma, al tiempo en el que disecciona, un poco más, sus martilleantes pensamientos.